China, entre la guerra comercial y el temor de acabar como Japón

Detrás de la guerra comercial entre EEUU y China está la disputa por el nuevo factor del poder mundial: el dominio de las nuevas tecnologías

China
Xi Jinping y Donald Trump. en un acto de 2017 afuera del Gran Salón del Pueblo, en Pekín

Por Sebastián Ibarra y Francisco Uranga.

La comparación obvia lleva pensar a China como una nueva Unión Soviética. Una superpotencia oriental y comunista. Pero los chinos prefieren mirarse en otro espejo: Japón. “Están convencidos de que EEUU forzó a Japón a implementar reformas que frenaron su crecimiento y quieren evitar que a ellos les pase lo mismo”, explica Bruno Fanelli, asesor de la Dirección de Análisis Estratégico de la Nación. Esta interpretación, aclara el especialista, está muy presente en el debate público de la República Popular. La guerra comercial promovida por Donald Trump es leída como un intento de EEUU de repetir la jugada.

El establishment de la relaciones internacionales pronosticaba en los ochenta que Japón iba a convertirse en la primera potencia mundial. EEUU presionó en aquellos años al país asiático para que implementara reformas que minaron la competitividad. “Muchos creen que son la causa del estancamiento de casi tres décadas de la economía japonesa; los chinos están convencidos de eso”, sostiene Fanelli y subraya que Trump decía en los ochenta sobre Japón lo mismo que dice hoy sobre China: que provocaba la pérdida de empleos americanos, que realizaba espionaje industrial y que practicaba la competencia desleal.

La guerra comercial entre China y EEUU sacude la economía mundial. La devaluación del yuan este lunes es el último capítulo de un largo tira y afloja. Fue la respuesta al anuncio de Washington de la imposición de nuevos aranceles a las importaciones chinas. Los analistas coinciden en que el problema de fondo es profundo y duradero: está en juego el liderazgo de la economía mundial y dominio de las nuevas tecnologías. “Si el conflicto se pone muy pesado, existe el riesgo de ir hacia globalizaciones separadas”, sostiene Fanelli. 

EEUU recupera el liderazgo mundial

Golpear primero, negociar después. Esa es la regla de Trump para las relaciones internacionales. El estilo del presidente norteamericano subió el volumen a la pelea con China, pero no es la única razón del aumento de los decibeles. EEUU busca recuperar terreno. “Desde que llegó Trump a la Casa Blanca, se desató un crecimiento excepcional de la economía norteamericana, lo que le permitió recuperar el liderazgo y volver a ocupar el lugar en el mundo que tenía antes de la crisis de 2008”, afirma el analista internacional Jorge Castro. 

El conflicto tendría que haber estallado varios años antes, según el historiador Eduardo Oviedo. George W. Bush impulsó al comienzo de su primer mandato una política similar a la de Trump, explica Oviedo, autor del libro Historia de las relaciones internacionales entre Argentina y China (Dunken, 2010),  pero el atentado del 11 de septiembre hizo que desviara lo cañones hacia el combate contra el terrorismo islamista. 

Detrás de la guerra comercial está la disputa por el dominio de las nuevas tecnologías. Por eso Huawei quedó en el centro de la escena. EEUU incluyó a la tecnológica china en la lista de empresas que considera peligrosas para la seguridad nacional, por lo que prohibió a las firmas norteamericanas que le vendieran software y componentes. La acusa de robo de tecnología, violación de la privacidad de los datos que circulan en sus redes y espionaje. Las alertas se encendieron ante la posibilidad de que la firma asiática tendiera la red de 5G en países de la Unión Europea, el principal aliado de EEUU en la OTAN. Es una opción lógica, ya que Huawei es la líder mundial en 5G. 

Tras una reunión bilateral con Xi Jinping en la cumbre de junio del G20 en Japón, Trump levantó en forma temporaria las sanciones contra la empresa china. Aunque no es una garantía de nada. El presidente norteamericano también se había comprometido a no imponer nuevo aranceles a los productos chinos, pero el jueves pasado anunció una tasa del 10% para importaciones chinas que suman un valor de 300.000 millones de dólares.

La disputa por el 5G

El 5G cobró notoriedad pública a raíz de la pelea, pero Nicholas Negroponte, fundador del Media Lab del Massachusset Institute of Technology (MIT), resta gravedad al asunto. “El 5G es importante, pero no para tanta fanfarria como la que se ve actualmente”, opina el ingeniero, uno de los expertos en tecnología más reconocidos a nivel mundial. Para Negroponte, la llegada del 5G será comparable con lo que significó el paso del 3G al 4G y tendrá un impacto similar, o tal vez menor. Las críticas a Huawei reflejan que EEUU se ha vuelto “gravemente antichino”, según el científico. Negroponte considera que el retraso de su país en el desarrollo de las telecomunicaciones se debe a una visión cortoplacista del sector. “EEUU importa hoy el 90% de su infraestructura de telecomunicaciones. Cuando la administración Trump sugiere que el país es líder en 5G, parece una burla”, concluye.

Huawei es la joya de la corona de la República Popular. El nombre ya lo advierte: quiere decir “logro de China”. Por eso el veto de Trump puso al país en pie de guerra. El presidente chino, Xi Jinping, anunció en el momento de mayor crispación que impulsará un plan para garantizar la autosuficiencia tecnológica. La sanción había desnudado la dependencia de EEUU: sin la apps de Silicon Valley, los equipos de Hawei tienen poco valor. El desafío planteado por Xi es enorme, pero el liderazgo en el desarrollo del 5G demuestra que no es imposible. “Es la primera vez en milenios que Asia llega antes que Occidente a un desarrollo tecnológico”, destaca Fanelli.  

Aunque se mire en el reflejo de Japón, China está lejos del grado de desarrollo de su vecino. El PIB per cápita chino es el 40% del japonés, según los datos del Fondo Monetario Internacional (FMI). Es la segunda economía del mundo, pero tiene un ingreso por habitante similar al de los países de Latinoamérica. “China tiene terror a caer en la trampa de ingresos medios, como le pasó a los países de América Latina. Los economistas chinos tienen esta idea en la cabeza hace 20 años”, plantea Fanelli. Para sortear la trampa, el país tiene que dar un salto en la productividad y generar un sistema de innovación que lo ponga en la vanguardia del capitalismo moderno. Por eso tiene una política agresiva de incorporación de tecnología y conocimiento. “China no permite la inversiones extranjeras, salvo que las empresas entreguen la tecnología. El objetivo es el desarrollo de las corporaciones nacionales para que crezcan y puedan competir en el mundo”, detalla Fanelli.

Globalizaciones separadas

Trump tiene razones para quejarse de China. El déficit comercial de EEUU con la República Popular creció exponencialmente desde 2001, cuando el país ingresó a la Organización Mundial del  Comercio (OMC). A pesar de la retórica trumpista, la balanza comercial norteamericana alcanzó en 2018 el mayor saldo negativo en una década: 621.000 millones de dólares. Casi el 70% de ese déficit lo explica el comercio con China. 

Pero las cosas no son tan sencillas como se las plantea desde el Salón Oval. China y EEUU son economías interdependientes, con demasiados intereses en común. China, por ejemplo, es el mayor tenedor de bonos del Tesoro Americano. El comercio bilateral entre ambos es, pese a todo, el más intenso del mundo.  Y existen corporaciones con intereses que cruzan las fronteras. “Las cadenas de producción están tan internacionalizadas que hay que ver empresa por empresa. Algunas se benefician con un mayor proteccionismo y otras se perjudican”, explica Fanelli. Sobran argumentos para creer que una escalada de la guerra comercial es poco probable. Pero no imposible.

El riesgo de una agudización del conflicto está latente. “Muchos analistas creen que el mundo puede ir hacia globalizaciones separadas”, comenta Fanelli. No se pronostica un mundo dividido en bloques territoriales, sino en redes globales complejas que comercien entre sí. 

China trabaja desde hace años en el tejido de esas redes. Lo hace a través del proyecto OBOR (por las siglas en inglés de One belt, one road), también conocido como la nueva ruta de la seda. Se trata de la mayor iniciativa del país para extender su influencia a escala global a través del financiamiento de obras de infraestructura. Ya 19 países latinoamericanos han firmado memorandos de entendimiento con la República Popular para incorporarse al OBOR, destaca Eduardo Oviedo. Argentina, Brasil y México aún no han avanzado en estas negociaciones.

Frente a las turbulencias internacionales, Oviedo recomienda que la región mantenga el equilibrio entre ambas potencias. “Un país como Argentina no tiene que alinearse con ninguna de las dos, tiene más para perder que para ganar si lo hace”, coincide Fanelli, aunque considera que la geopolítica viene ganando terreno sobre los vínculos puramente económicos y el pragmatismo en la política exterior. Y advierte: “Podemos estar bien con los dos, pero como todo en la vida: si el conflicto sigue escalando, en algún momento no vamos a poder mantenernos al margen”.

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