Crítica al pensamiento de Raúl Prebisch, por Rogelio Frigerio

“El camino del desarrollo”, por Rogelio Frigerio

Respuesta a algunas nociones teóricas formuladas por la CEPAL (en rigor, por el economista argentino Raúl Prebisch)

Artículo publicado en Clarín, el 20/9/64. (e incorporado a la obra ¿Hacer el desarrollo o remendar la vieja estructura?)

EL DESARROLLO DE AMÉRICA LATINA

Nos proponemos, en este trabajo, examinar los caminos de la lucha contra el subdesarrollo en América latina. La discusión en este ámbito cuenta con una valiosa contribución realizada por la CEPAL, el organismo regional económico de las Naciones Unidas, identificado en la figura de su fundador y máximo expositor, el economista argentino Raúl Prebisch, cuya actuación ha superado ya el cuadro latinoamericano y se proyecta al escenario más vasto del comercio y el desarrollo mundiales. En torno de la CEPAL y sus trabajos se ha formado, prácticamente, casi toda la generación de economistas latinoamericanos. Por eso no puede prescindirse de Prebisch y la CEPAL cuando incursionamos en el campo de la política del crecimiento en nuestra región. Partiendo del reconocimiento de la excelente participación de este grupo en el tema que abordamos, queremos señalar sus aciertos, y nos atrevemos también a descubrir los puntos débiles, que, a nuestro juicio, impiden que los análisis y proyectos de la CEPAL y de Prebisch configuren una base efectiva para orientar la lucha práctica de las naciones latinoamericanas contra los factores que se oponen a esa auténtica liberación.

Estos puntos débiles, estas contradicciones de fondo, yacen disimuladas bajo un repertorio de ideas y proposiciones que tienen toda la apariencia de una teoría orgánica y eficiente, sin duda, muy bien inspirada. Pero dudamos fundadamente que su aplicación nos guíe hacia el más directo y verdadero camino, por el que tanto Prebisch como todos los latinoamericanos queremos avanzar. De ahí la importancia que asignamos a una revisión detenida de toda la política del crecimiento económico en América latina, tendiente a superar las debilidades de la literatura originada en un grupo de tanta influencia en nuestro continente. Confiamos en que estas fallas surgirán de la exposición de fines y medios de la política que propugnamos para América latina y de la comparación que haremos con las tesis de la CEPAL.

PREMISAS BÁSICAS

Algunas proposiciones básicas servirán para fijar nuestro criterio. Desarrollaremos estas proposiciones al estudiar cada aspecto parcial del problema.

1) No hay una economía política del desarrollo como categoría distinta a la economía política general. Las leyes de esta última rigen toda la vida económica mundial, y la deliberación que se ponga en la adopción de una política del desarrollo debe partir del reconocimiento de esas leyes. Por consiguiente, están condenadas al fracaso las medidas que pretendían eludir o torcer la gravitación de las leyes de la economía, partiendo de la base que ellas pueden ser objeto de un tratamiento subjetivo dictado por consideraciones políticas. En esta falacia se incurre cuando se invoca la “comprensión”, la “buena voluntad”, hacia los países subdesarrollados para preservarlos de una u otra desviación ideológica o política, o simplemente como deber humanitario hacia ellos. El crecimiento económico del mundo subdesarrollado es un hecho objetivo que forma parte de un proceso de integración económica mundial, presidido por las leyes objetivas de la economía. El margen ––muy amplio–– de deliberación y elección voluntaria de los medios para impulsar y acelerar ese proceso universal no es independiente, sino dependiente del juego de leyes y factores predeterminados. Hay que adaptar a éstos la política voluntaria, y no, al revés.

2) No hay una política de los países subdesarrollados enfrentada e incompatible con la política de los países desarrollados. Del mismo modo que el esquema de la división internacional del trabajo del siglo XIX definía una estructura mundial indivisible, las tendencias universales de esta segunda mitad del siglo XX son válidas e imperativas para el sector adelantado y el sector rezagado por igual. Las rupturas e incompatibilidades que todavía configuran una apariencia de conflicto son precisamente resabios de la crisis que invalidó aquel viejo esquema y están condenadas a desaparecer en la transición definitiva de las viejas formas a las nuevas. Éste es el proceso dinámico que estamos obligados a reconocer, orientar y utilizar en nuestra acción del crecimiento. Por consiguiente, es errónea toda política que arranque de la noción de enfrentamiento irreductible de los intereses de uno y otro mundo, y es acertada, en cambio, toda política que parta de la noción de la integración y unidad de intereses entre ellos. Lo cual no equivale a desconocer que subsisten criterios muy generalizados que aún no han alcanzado a percibir la objetividad y la necesidad del proceso, como lo demuestra el anacronismo de ciertas posiciones políticas de derecha y de izquierda frente a la revolución que se está operando vertiginosamente en nuestros días.

3) No hay integración mundial ni integración regional que pueda ignorar o pretenda reemplazar el proceso de integración nacional, que es la base indispensable del desarrollo económico de nuestros países. La quiebra definitiva de la estructura económica basada en la complementación entre naciones industriales y países proveedores de alimentos y materias primas tiene una consecuencia objetiva y cierta: la dislocación del intercambio mundial, que se nutría de aquella complementación, obliga a replantear los términos hacia una sola salida: el nuevo intercambio tiene que realizarse entre unidades nacionales y regionales progresivamente integradas, o sea, progresivamente ascendentes en su propio proceso de industrialización, de altos ingresos y de creciente aptitud adquisitiva. La viabilidad de la economía mundial, que antes se satisfacía con el intercambio entre países productores primarios y países productores de bienes de capital y manufacturas, depende ahora del intercambio entre países industriales y países industriales.

Y esto es válido en escala mundial lo mismo que en las llamadas “comunidades regionales”. La comunidad regional debe integrarse en su ámbito, para incorporarse solventemente al intercambio mundial. Y dentro de la comunidad regional, cada nación debe integrarse en su ámbito interno para incorporarse con solvencia al intercambio regional o mundial. Por consiguiente, es la suma y la coordinación entre unidades nacionales integradas las que hacen la solvencia de la región y las que concurren a la expansión del intercambio mundial. Es errónea toda política que debilite o posponga la integración de cada nación con el argumento de que es más económica, menos gravosa o más expeditiva la complementación y la división del trabajo dentro de la comunidad regional. Tal concepción es contraria a la dinámica de los grandes cambios tecnológicos que se operan velozmente en nuestra época y es contraria a la dinámica de la expansión, también vertiginosa, de la producción y de los recursos del mundo desarrollado. Estos dos factores tornan inevitable la industrialización integral de cada unidad nacional para participar de un mercado mundial gobernado por la masividad de la oferta.

4) El concepto de integración nacional no es cuantitativo ni se limita a postular la industrialización del país. Es una noción histórica vinculada al desarrollo económico en esta etapa de la evolución de la humanidad, pero superior a sus expresiones materiales o a los índices económicos del producto bruto o del ingreso per cápita. Un país puede tener altos coeficientes en las categorías aludidas y todavía no será una nación. No lo son, por ejemplo, países y regiones de muy altos ingresos producidos por la explotación y exportación de materias primas de gran valor en el mercado mundial, como los minerales preciosos o el petróleo. Tampoco lo sería un país cuyo desarrollo industrial estuviera concentrado en una porción del territorio mientras vastas extensiones se mantuvieran en el aislamiento y el subdesarrollo. Por eso, la política del crecimiento nacional se asienta en la noción de la integración geoeconómica, de la distribución armónica de los ingresos entre las diversas regiones del país, de la comunicación fluida entre ellas, de la formación de un mercado nacional único, de la elevación del nivel de vida y de la cultura de todo el pueblo, de la interacción de la economía urbana y la rural. En una palabra, los factores materiales de la unidad de la nación conjugados para favorecer su unidad histórica tradicional, su conciencia histórica comunitaria. No hay política integral del desarrollo que pueda dejar de computar estos elementos o que se resigne a diluir la personalidad nacional, el concepto irrenunciable de nación, en una estructura regional basada solamente en la complementación de unidades nacionales débiles, fragmentadas o deficientemente integradas. La fuerza del todo es incapaz de suplir la debilidad de las partes.

PREMISAS Y CONCLUSIONES DE LA CEPAL

La CEPAL es un organismo técnico internacional, cuya obligada neutralidad es la primera traba para que pueda llegar al fondo político del problema del desarrollo. Ella le impide, por ejemplo, señalar hasta las últimas consecuencias que el estancamiento de las economías latinoamericanas no es sólo resultado mecánico de las crisis de su comercio exterior y del deterioro de la relación de intercambio (mayor demanda de bienes secundarios, menor demanda de productos primarios), sino de la acción deliberada de un complejo de intereses que, desde el exterior y en el interior de nuestros países, se empeña en mantener la relación colonial. Son los intereses vinculados a lo que hemos denominado “estructura agroimportadora”. Para estos intereses, la modernización de nuestras economías (que consideran inevitable) debe hacerse en el cuadro clásico de la división internacional del trabajo, o sea que nuestro esfuerzo debe limitarse a aumentar nuestra capacidad importadora aumentando el volumen y la calidad de nuestras exportaciones primarias y diversificándolas en aquellos países cuya actual participación en el mercado mundial está restringida a unos pocos productos. La CEPAL llega más lejos, pero sin moverse de este cuadro: llega a sostener que debemos aspirar a exportar manufacturas y productos semielaborados, con lo cual valorizaríamos considerablemente nuestra posición exportadora. Incluso sugiere que una de las aplicaciones más convenientes del capital exterior en nuestros países sería la de asociarse con el capital nativo para incrementar y valorizar nuestras exportaciones*.

También dice Prebisch que el ámbito natural de colocación de estos productos terminados sería el de la ALALC, dentro de su concepción de integración regional, sin perjuicio de buscar otros mercados especialmente en las nuevas nacionalidades de Asia y África. Esta concepción del desarrollo dentro del cuadro de la división internacional del trabajo informó fundamentalmente las deliberaciones de la reciente Conferencia de Comercio y Desarrollo de las Naciones Unidas, en Ginebra, de la que Prebisch fue inspirador y conductor y donde el interés de los grandes monopolios mundiales tuvo gravitación notoria. Es fácil advertir que este criterio aplicado al problema del subdesarrollo favorece a los monopolios mundiales que regulan el comercio exterior. Sobre el problema de la comercialización de los cereales poco o nada dice la CEPAL. En efecto, si la solución de la crisis de nuestros países consistiera solamente en fortalecer ––mediante el aumento cuantitativo y cualitativo de nuestras exportaciones–– nuestra capacidad de compra externa, los monopolios que nos venden combustibles, hierro, acero, productos químicos, bienes de capital y manufacturas, no solamente mantendrían estos mercados, sino que incrementarían sus ventas. Paralelamente, incrementarían sus ingresos los monopolios que regulan nuestras exportaciones. El desarrollo de nuestros países estaría fijado por el techo del producto de nuestras exportaciones y de nuestra mayor o menor capacidad de sustituir importaciones. El comercio exterior seguiría siendo la fuente principal de financiamiento de nuestras importaciones y de la industria consagrada a sustituir parte de lo que ahora importamos. Las reformas estructurales en nuestras economías se limitarían a las necesarias para mejorar estas posiciones en el intercambio mundial.

Ésta es, esencialmente, la posición de la CEPAL en toda su doctrina del crecimiento económico, aunque su extensa literatura incursione en campos más vastos y aparentemente se interne en la verdadera raíz del problema. Prebisch no puede dejar de atisbar esta raíz sin riesgo de parcializar sus tesis. Es así que señala reiteradamente que crecimiento económico e industrialización de nuestros países son la misma cosa. Pero la industrialización que propugna se detiene en las siguientes metas:

a) Tecnificación del agro, para aumentar el volumen y la calidad de las exportaciones y abastecer el mercado interno.

b) Sustitución de importaciones, pero con el límite que señalen, por un lado, la economicidad de la producción (condena el proteccionismo excesivo) y, por otro lado, la complementación dentro del mercado común latinoamericano.

c) Fomento de las exportaciones de productos terminados, preferentemente al área de ALALC, sin excluir a otros mercados, incluso los de los países avanzados (en esto se insistió durante la referida conferencia de Ginebra).

d) Medidas tendientes a corregir las trabas proteccionistas de los países industriales contra nuestras exportaciones; fondo compensatorio y acuerdos para defender los precios de las mismas (conferencia de Ginebra). Sería difícil hallar en las tesis de Prebisch otras que no sean las apuntadas. No obstante en todos sus informes se alude a la crisis estructural de nuestras economías y a reformas estructurales. ¿Cuáles son las reformas estructurales que propicia el economista de la CEPAL? Insiste en que una de las grandes trabas que impiden nuestro desarrollo son las estructuras socioeconómicas y jurídicas que, particularmente, singulariza en las formas de propiedad y explotación de la tierra. En esta materia, no innova demasiado en la doctrina de la reforma agraria como simple cuestión de dividir la propiedad. También se refiere a la vejez de los sistemas fiscales e impositivos, a la ineficiencia y frondosidad de la administración pública, a la propensión de los capitales agropecuarios a colocar sus ganancias en el exterior o en inversiones no reproductivas (inmobiliarias, financieras, etcétera), al predominio político de las oligarquías latifundistas, etcétera.

Todos estos elementos socioeconómicos y jurídicos constituyen, es cierto, una estructura. Pero no es la de base. Más bien configuran la superestructura del subdesarrollo, su expresión secundaria. Son los rasgos inherentes a la estructura precapitalista de la economía latinoamericana, a las formas atrasadas de sus fuerzas productivas. Tenemos una estructura agraria atrasada no porque la tierra pertenezca a uno o a mil propietarios, sino en la medida en que está al margen de las formas capitalistas avanzadas de producción. Tenemos una estructura política, jurídica y fiscal atrasada, no sólo porque subsiste una oligarquía en el control del Estado, sino, y fundamentalmente, porque las fuerzas de la producción aún no han desenvuelto suficientemente los factores sociales de renovación política, como son el empresariado industrial y la clase obrera organizada. Nuestra discrepancia con las tesis de la CEPAL y de Prebisch consiste en que nuestra concepción del problema del crecimiento económico parte de una apreciación integral de esa crisis de estructura a que se refieren ellos. Sostenemos que el atraso de nuestros países no hallará solución con sólo mejorar la posición relativa de las naciones productoras de alimentos y materias primas en el cuadro del comercio mundial. Ni creemos que para obtener este resultado alcancen las medidas preconizadas por Prebisch.

Para nosotros, la única solución de fondo y de resultados permanentes consiste en producir cambios radicales en la estructura de producción de los países rezagados, idénticos a los que impulsaron el desarrollo de las formas avanzadas del capitalismo de las grandes potencias. Por eso hemos dicho que rechazamos la idea de una economía política para el mundo subdesarrollado distinta de la economía política cuyas leyes rigen todo el proceso histórico del capitalismo.

No se trata de integrar economías primarias por un lado con economías industriales por el otro, ni de postular un modus vivendi entre el mundo rezagado y el mundo desarrollado, que haga viable lo que hoy está en crisis: la división internacional del trabajo. Cuando se parte de la base de corregir las desigualdades y los embotellamientos del intercambio entre uno y otro mundo, para evitar el colapso del sector primario, se tiende en realidad a perpetuar esa relación.

Cuando se habla de industrializar a nuestros países como medio de calificar e incrementar sus exportaciones y de sustituir importaciones, se admite que lo que se busca es sólo un progreso cuantitativo, un tratamiento destinado a fortificar nuestras economías, pero siempre ligadas a la relación agroimportadora. Cuando se pone como techo de nuestros recursos para el desarrollo los saldos positivos del comercio exterior, se subordina la intensidad y el ritmo de nuestro crecimiento a nuestro mayor o menor peso dentro de aquella relación clásica.

De este modo, hablando de liberar a nuestros países de su vieja dependencia, lo que se hace es darles una inyección para que la soporten mejor. A esto se reduce, en general, la teoría de los economistas internacionales de las Naciones Unidas. Y es lógico que así sea, pues no pueden divorciarse de los intereses mundiales que aún prevalecen y que, por ahora, no aceptan ––por lo menos en los niveles de la más alta decisión–– otra teoría del crecimiento del mundo rezagado que vaya más allá de una mejoría de la relación de intercambio y una mayor participación en el comercio mundial, siempre que se mantenga esencialmente la ecuación “países industriales-países de producción primaria”.

A diferencia de esta doctrina, que podría calificarse de “conformista”, nosotros partimos de la necesidad y presencia del cambio y tenemos en cuenta, ante todo, las leyes objetivas del desarrollo, y no postulados o acuerdos políticos internacionales.

1. Nuestros pueblos están objetivamente forzados a acelerar las etapas en el proceso de crecimiento que desarrollará integralmente las fuerzas productivas, introduciendo las formas más avanzadas de la técnica, tanto en la agricultura como en la industria.

2. La transformación de sus estructuras precapitalistas, en una época de rápidos avances tecnológicos, se cumplirá en un lapso infinitamente más breve que el que emplearon en tal evolución las actuales potencias industriales.

3. Este proceso de desarrollo abarcará igualmente a la agricultura, la minería y la industria, en perfecta interdependencia. No hay posibilidad alguna de incrementar la productividad del agro ni la explotación intensiva y racional de los recursos minerales sin una gran base industrial, que, a su vez, necesita movilizar las materias primas que pueda obtener en su propio país.

4. La industrialización es un proceso único y continuo, que parte necesariamente de la industria pesada. Cualquier intento de reducir la industrialización al sector de la industria liviana agrava la dependencia del factor externo y crea otro cuello de botella a la economía. Energía, siderurgia, química pesada e infraestructura de comunicaciones y servicios son prioridades absolutas en cualquier país subdesarrollado que se plantee el crecimiento económico, en esta época.

5. El crecimiento económico reconoce una sola pauta: el aumento de la productividad, con todos sus efectos acumulativos y reproductivos. A su vez, ese aumento está condicionado por el coeficiente capital-hombre, entendiéndose por capital la totalidad de los insumos. La transformación de la base agraria de nuestros países no es un problema de tenencia de la tierra, sino de aumentar la renta del suelo, su productividad, mediante el agregado de capital y tecnología. Las reformas del régimen de la propiedad ––necesarias en algunos países–– deben subordinarse a este criterio puramente económico. El problema social del campesino no es causa sino resultado de las formas precapitalistas de explotación, no de propiedad. La productividad de la industria, como la de la tierra, depende igualmente de la relación capital-hombre. Esta relación depende, a su vez, de la posibilidad de financiar las inversiones en los rubros de la industria de base que alimenten en condiciones económicas a la industria liviana y a la actividad agropecuaria ávida de mecanización y tecnología.

6. Toda la política económico-financiera del Estado debe orientarse a fomentar el ahorro interno y a canalizarlo hacia los rubros prioritarios. Sólo el Estado puede programar esta canalización y conducir el desarrollo. En países como los nuestros, de escasos ingresos fiscales y de baja tasa de capitalización, no es aconsejable la gestión empresaria del Estado. La burocracia debe reducirse al mínimo y toda la actividad económica debe ser ejecutada por la empresa privada, aunque el Estado se reserve el dominio de las fuentes energéticas y el control de los servicios esenciales, por razones de soberanía y defensa nacional.

7. El aporte de capital exterior no es facultativo ni secundario, como suele sostenerse. Librado a los recursos del capital interno o a los saldos del intercambio, el desarrollo de nuestros países tardaría muchos decenios en alcanzar niveles dinámicos. El takeoff ––el despegue–– debe ser drástico y rápido para que produzca resultados. En esta etapa de despegue, el capital internacional ––público y privado–– juega el papel impulsor decisivo. Sentadas las prioridades, el Estado nacional debe fomentar el influjo de capitales externos hacia los rubros básicos y hacia las inversiones de lenta amortización. Toda política que descanse sobre la premisa de una lenta y gradual financiación del desarrollo, como es la que parte de la mejora relativa en el comercio exterior y del producto creciente de las exportaciones, desconoce el hecho del desigual crecimiento de las economías de las potencias industriales y el de los países rezagados. En los primeros, el aumento de la tasa de capitalización y los extraordinarios avances tecnológicos de los últimos decenios han significado una concentración sin precedentes de sus economías y su distanciamiento vertiginoso de ellas en relación con las de los países subdesarrollados. Este hecho ––muy diferente al lento proceso del desarrollo capitalista que se operó en los centros en el siglo XIX–– determina que los grandes centros de hoy acaparen los recursos mundiales y que los lentos progresos registrados en la productividad de los países periféricos tiendan a ser absorbidos también por las potencias industriales a través del mecanismo de la relación de intercambio. La única manera que tienen nuestros países de evitar que sus esfuerzos de capitalización y crecimiento se transfieran, en definitiva, al polo más fuerte, es dar un impulso drástico y rápido al despegue y a la formación de un mercado interno solvente y en expansión. En otras palabras: no hay manera de defender de la absorción del mundo ya desarrollado, sino enfrentándolo con otro mundo en rápida transformación y desarrollo. El capital exterior es indispensable para obtener este ritmo.

8. El crecimiento, pues, debe ser hacia adentro, no subordinado a las relaciones externas. Debe propender a la creación de unidades nacionales integradas, de mercados nacionales en desarrollo. Este crecimiento, para que produzca una auténtica integración, debe ser vertical y horizontal: vertical en la relación entre industria pesada e industria liviana, entre agro, minería e industria, como un solo proceso; horizontal en la distribución armónica de inversiones, recursos y centros energéticos fabriles a lo largo de todo el territorio nacional, unido por comunicaciones fluidas. Ambos factores son los únicos que pueden crear un mercado nacional fuerte y dinámico, con todas las implicancias sociales, culturales y políticas de esta unidad. La integración económica en profundidad y en extensión hizo de Estados Unidos una nación. Nuestros países serán naciones cuando sus economías cumplan esa doble integración. Cuando sus economías no estén estructuradas hacia afuera, sino hacia adentro. Cuando sus centros industriales y los adelantos de la civilización y la cultura no acaben en el litoral marítimo, sino se extiendan a sus vastas extensiones mediterráneas. Cuando la actividad económica genere homogéneamente la elevación de los niveles de vida materiales y culturales de toda la población.

9. Integración nacional significa que cada país explote intensivamente sus recursos naturales; que edifique y proteja su propia industria, que abra fuentes de trabajo para su propia población; que deje de importar lo que puede producir en sus fronteras.

10. La integración racional, el desarrollo prioritario y acelerado, son la base, no el obstáculo, de todo esquema de integración regional y mundial. La suma de unidades nacionales integradas fortifica, no debilita, la unidad regional. La fortifica para integrarse, con solvencia y soberanía, en el intercambio mundial. En cambio, la supuesta fuerza que emanaría de una comunidad regional basada en la división internacional del trabajo entre sus miembros, en la propuesta coordinación y complementación de sus economías, so pretexto de economicidad, trasladaría al ámbito regional las desigualdades que han determinado la crisis del mundo subdesarrollado en el cuadro de la división internacional del trabajo en escala mundial. Habría, entre nuestros países, naciones industriales y naciones agrícolas, con los consiguientes problemas de la demanda insolvente. No estamos contra la integración regional expresada por la ALALC. La consideramos una tendencia objetiva irreprimible. Pero hay que programarla de manera que estimule el desarrollo integral de cada uno de sus países miembros en lugar de unilateralizarlos en nombre de una supuesta complementación regional.

El crecimiento económico de cada uno de nuestros países, con los caracteres orgánicos que acabamos de exponer, es la única solución para la integración de la economía mundial en la época de la competencia pacífica y del crecimiento explosivo de las fuerzas productivas. En el sector socialista, sus diversos miembros han rechazado toda tentativa de ordenarlos en una comunidad fundada en la complementación regional. Muchos de ellos han salido a buscar recursos y mercados en el sector capitalista.

El impulso objetivo de su propio crecimiento y el impulso subjetivo de su conciencia nacional histórica han sido más fuertes, inclusive que su disciplina ideológica fundada en el internacionalismo. En el sector occidental no hay nación, grande o pequeña que, restauradas las heridas de la guerra, no haya emprendido su propia carrera independiente hacia su integración nacional. Sólo después de haber recuperado y sobrepasado sus niveles de anteguerra han marchado a la integración regional, cada una con su economía autointegrada. El mercado común europeo es, para ellas, un instrumento de sus políticas nacionales, no un sustituto de ellas. Europa es fuerte en la medida en que lo son cada uno de sus estados. El mundo de la coexistencia necesita la presencia de las nuevas nacionalidades independientes de Asia y África y las repúblicas latinoamericanas en la dinámica de su rápida transición. No es un problema técnico, que se resuelve con un digesto aprobado en una conferencia diplomática, ni con “ayudar” o “tener consideración” a las economías deficitarias y estancadas del tercer mundo. Es una necesidad histórica que afecta a toda la comunidad universal, enfrentada a la inminencia de una integración total en la era de la paz y de la próxima abundancia emergente del crecimiento ilimitado de las fuerzas productivas. Por eso, sostenemos que la tesis de Prebisch, bajo una apariencia revolucionaria y al margen de toda buena intención de su autor, no corresponden al contenido histórico y político de la transición que ha de operarse inevitablemente en América latina.

La CEPAL se esfuerza por reivindicar para nuestros países un lugar en una estructura mundial que está desapareciendo, casi con la misma velocidad con que el hombre explora los secretos del cosmos. En este loable afán, propone paliativos, medidas y arbitrios muy razonables, pero que no ahondan en la entraña de los cambios que pretende conducir o instrumentar. Se queda así en una versión corregida de la división internacional del trabajo y recoge conceptos e ideas sobre cambios sociales y políticos sacados de la literatura tradicional. Los procesos de la coyuntura mundial van más de prisa. Las fuerzas económicas del mundo desarrollado ––capitalista y socialista–– tendrán que impulsar el desarrollo vertical y horizontal de las economías nacionales del tercer mundo, para producir, lo antes posible, la integración económica mundial que exigen sus propias economías en irreprimible expansión. Este impulso dinámico, verdaderamente revolucionario, no se conforma con mejorar la posición del mundo subdesarrollado en la relación de intercambio ––límite hasta donde llega esencialmente toda la filosofía de la CEPAL––, sino que necesita transformar los dos tercios atrasados de la humanidad en naciones integradas y fuertes, para ensanchar un mercado que ya les queda chico a las fuerzas productivas combinadas de Oriente y Occidente. Esta necesidad universal corre pareja con la necesidad de los países del llamado tercer mundo de romper, no de mejorar, el viejo esquema de la división internacional del trabajo, tendiendo a la creación de naciones de alto nivel técnico y de gran capacidad de absorción de capitales y tecnología. Esta tendencia de nuestros países excede en mucho las tímidas recomendaciones de la CEPAL y la voluntad de los intereses mundiales que aún no reconocen ni aceptan las tendencias irreprimibles de su propio mundo.

La conferencia de Ginebra sobre Comercio y Desarrollo demostró esta falta de adecuación a sus propios intereses, esta falta de proyección hacia el futuro que todavía caracteriza a los círculos dirigentes de las grandes potencias, incluso las de los países industriales socialistas. Fenómeno perfectamente natural en todo el decurso histórico y que no debe sorprendernos. Donde fallan los técnicos internacionales y los políticos de la diplomacia, no fallan, en cambio, las leyes objetivas de la economía y de la historia ni las urgencias progresistas de los pueblos. Del mismo modo que la física revela que la diferencia entre un satélite que gira en torno de la Luna y otro que desciende en ella y retorna al punto de partida es sólo cuantitativa, la experiencia de la historia y de la ciencia económica contemporáneas señalan que las mismas fuerzas que operan la concentración de las fuerzas productivas en un tercio de la sociedad y dejaron marginados a los dos tercios restantes, obran ahora en el sentido de integrar a estos dos tercios en el cuadro general del progreso, pues sin esta integración se traba el mecanismo entero.

Fuente: BIBLIOTECA DEL PENSAMIENTO ARGENTINO / VI. Carlos Altamirano. Bajo el signo de las masas (1943-1973)

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