Desarrollismo, utopía y oportunidad

*) Por Rogelio Frigerio.

Para la historia, el nombre de Rogelio Frigerio estará siempre asociado al de Arturo Frondizi, porque juntos dieron forma y contenido a la corriente de ideas conocida como desarrollismo y protagonizaron, entre 1958 y 1962, el gobierno más transformador y modernizador del siglo XX en nuestro país. Es esta coyuntura una buena oportunidad para intentar explorar el legado de estos hombres y el valor que pueden tener sus ideas todavía hoy.

El desarrollismo, en principio, elaboró un diagnóstico sobre la situación de la economía argentina y la relación del país con el mundo a mediados del siglo pasado, anticipó las tendencias de la economía internacional y propuso un programa de desarrollo económico acelerado que implementó en cuatro años, a ritmo forzado, hasta que fue derrocado por un golpe militar.

Era la segunda posguerra y primaba la economía del petróleo, el acero y la energía. En nuestro país la experiencia del populismo peronista había impulsado la industrialización y la inclusión social, pero había desatendido precisamente estos aspectos “estructurales”.

La Argentina importaba las dos terceras partes del petróleo que consumía, sufría cortes de electricidad e importaba casi todo el acero que insumía su industria; sufría un déficit crónico de su balanza de pagos y la estrangulación de sus cadenas de valor.

Pero, igualmente, nuestro país tenía la oportunidad de abrirse a la inversión extranjera y modernizar una economía que, todavía, era la más importante de América Latina.

El gobierno desarrollista generó un formidable impulso a la economía del país, avanzando en el cambio de estructuras que se había propuesto.

Logró que se duplicara en tres años la inversión privada en bienes de capital. Implementó lo que se conoció como ¨La batalla del petróleo¨, convocó al capital externo y así logró incrementar la producción de hidrocarburos en un 138% en tres años, pasando de importar dos tercios del consumo a lograr el autoabastecimiento. Triplicó la producción de acero. Prácticamente fundó la petroquímica, al igual que la industria automotriz, llegando a producir 140 mil automotores anuales. Aumentó la producción eléctrica a un ritmo promedio de 15% anual. Pavimentó más de 10.000 km de rutas. Impulsó la educación superior privada y fortaleció la Universidad pública, que atravesó durante esos años un período de excelencia.

Hoy es imperativo volver a pensar la situación estructural de nuestra economía, su inserción en el mundo y las grandes tendencias de la economía internacional, como condición del diseño e implementación de una política de desarrollo. Este es, tal vez, el mejor legado metodológico de Frigerio y Frondizi.

Vivimos en una época en que la economía de la información, la tecnología y la innovación impulsan el crecimiento, en un contexto internacional caracterizado por la progresiva inclusión y acceso al consumo de millones de personas en China, India y otros países emergentes.

Los bienes que exportamos parecen tener todavía por delante años de demanda sostenida y buenos precios, en un planeta cada vez más interconectado, abierto y competitivo. Abundan además los capitales que buscan oportunidades de inversión.

El proyecto populista del kirchnerismo ha tergiversado los términos del debate argentino, reavivando ideologismos, antinomias y prácticas que creíamos formaban parte del pasado.

Lejos del estatismo, los controles y la intervención caprichosa del Estado, nuestros desafíos pasan por sincerar las variables, establecer reglas claras y ofrecer previsibilidad para aumentar la inversión, modernizar nuestra infraestructura, avanzar en la tecnificación de nuestra producción y la mejora de la productividad global de la economía.

Más de medio siglo después, el mundo nos hace un guiño para volver a plantearnos la “utopía” del desarrollo. Los términos del intercambio parecen como nunca favorables.

Los grandes proyectos de inversión que necesitamos para modernizar nuestra estructura productiva (energía, transporte, comunicaciones), que por su naturaleza requieren tasas bajas y plazos de amortización largos, parecen al alcance de la mano en el actual contexto financiero internacional.

De nosotros, entonces, depende hacer un genuino homenaje a los fundadores del desarrollismo y construir la grandeza que ellos soñaron para nuestro país.

Fuente: Clarín

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