Discurso homenaje a un argentino apasionado

*) Por Raúl Ricardo Alfonsín |

Buenas tardes:

Rogelio Frigerio nació el 2 de noviembre de 1914, y yo el 12 de marzo de 1927. Casi una generación de diferencia, no impidió que fuéramos a la vez testigos y protagonistas de la larga sucesión de hechos que sacudieron, muchas veces con violencia, nuestra marcha como nación e impidieron reiteradamente que sacáramos provecho de circunstancias históricas que hubiesen colocado a la Argentina en un lugar de privilegio entre las naciones del mundo.

En muchas oportunidades tuvimos con Frigerio diferentes apreciaciones de la realidad que nos tocaba vivir. Él procuró aplicar sus ideas cuando conoció el ejercicio del poder y yo fui un duro adversario.

Como dijo Ernesto Sábato, Frigerio alcanzó las alturas, a menudo dolorosas, de la conducción nacional acompañando como motor y nervio de su administración a uno de los 6 presidentes que el radicalismo ofreció al país desde 1916, el Dr. Arturo Frondizi.

Después de las elecciones de 1983 se convirtió a su vez en un fuerte y sincero crítico de mi gobierno. Sus críticas, que me dolían, siempre tuvieron sin embargo la originalidad de una inteligencia superior.

Este es un punto que quiero destacar. Su inteligencia. Alguna vez señalo al respecto Rodolfo Terragno: “Frigerio era un aristócrata de la inteligencia. El raciocinio era para él, atributo supremo, podía venerar el rigor intelectual de un adversario y hasta de un enemigo”.

Supe siempre del intelectual brillante que fue Rogelio Frigerio. Sus más de treinta libros, muchos de los cuales iluminan la biblioteca de mi oficina, como “Crecimiento Económico y Democracia”, “Economía Política y Política Económica Nacional”, “La Cultura Nacional”, “La Historia Crítica de la Economía Argentina”, son títulos imprescindibles para reconstruir el pensamiento de la teoría desarrollista, de la que Frigerio es el principal referente en la Argentina, quizás su real fundador. El desarrollismo de Frigerio aplicaba el criterio de Oskar Lange a la Argentina del siglo XX. El país debía extraer petróleo, producir acero, instalar la industria petroquímica, fabricar automóviles, según las prioridades y metas de producción fijadas por el Estado Nacional.

A pesar de tener posiciones distintas nunca quebramos el diálogo y tuvimos reiteradas reuniones en las que con su pasión argentina intentaba convencerme de lo que consideraba eran mis yerros. Es que él y yo pensábamos que el pluralismo era la base sobre la que debía erigirse la democracia y esto significaba el reconocimiento del otro y la capacidad para aceptar las diversidades y discrepancias como condición para la existencia de una sociedad libre. Siempre he sostenido que la democracia rechaza un mundo de semejanzas y uniformidades que, en cambio, forma la trama intima de los totalitarismos.

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Porque los dos creíamos en la política sabíamos que esta era antes que nada deliberación. La sociedad apolítica según algunos que no comprenden que los partidos son elementos insustituibles de la democracia, no sería una deformación producto de la extensión de actitudes anómicas, apáticas, egoístas o simplemente negligentes, sino algo por lo que vale la pena luchar, una conquista a realizar. En ese camino desaparece la sociedad y el consenso queda relegado a acuerdos mínimos y temporarios en una sociedad infantilmente satisfecha y por ende resignada, sin horizonte, ni grandeza, ni proyectos.

Aquellos disensos no impidieron que más tarde aparecieran coincidencias nuevas. La confrontación de otras épocas se diluyó dando lugar a lo que quizás pudiera considerarse una militancia conjunta por el bien del país. En 1995, fue mi anfitrión en la casa del MID, cuando siendo yo presidente del radicalismo procuraba como muchos otros la unión nacional y la creación de un instrumento apto que denominamos “Foro Económico y Social”. Forjamos desde esos tiempos una sólida amistad. Compartimos nuestras convicciones, que terminaron coincidiendo a un punto que antes no hubiéramos imaginado. Estábamos frente a la necesidad de luchar contra la fórmula política del neoconservadorismo que fue una ideología desafiante y audaz que pretendía producir “un gran salto hacia delante” y hoy es tan solo una autodisculpa de su derrota. Ahora nos dice: “este no es el mejor de los mundos posibles, sino el único que hay”.

Apareció una tendencia a proteger a los más fuertes y a abandonar a los más débiles, a menudo en aras de la libertad económica.

Jean-Claude Guillebaud  sostiene que reina el consentimiento a la desigualdad -”ese nietzscheanismo blando”- alimentado por un “miedo objetivamente cómplice del cinismo de los taimados. Un miedo proteiforme y no confeso. El miedo del pobre que teme la exclusión. El miedo de la clase media a la que le asusta la pobreza. El miedo del rico que se preocupa por la Bolsa. Este miedo encadena la hermosa modernidad occidental a sus egoísmos y, en el fondo, a sus negaciones. Es el compañero inseparable del remordimiento esporádico que surge a veces como una fumarola en el espíritu de la época”. “Es preciso conservar esto en la memoria. Como la justicia no recorre cotidianamente las calles, su nostalgia está depositada en alguna parte. Enorme. Intacta. Almacenada”.

Decía Frigerio, como también lo sostuvimos nosotros, que el estatuto del subdesarrollo se afincaba en el esquema agro-exportador, quedando el país condenado a la pobreza, si continuaba exportando sólo materias primas agropecuarias, e importando bienes industriales. Porque, decía, el mejor instrumento para redistribuir ingreso es el pleno empleo. Si existe pleno empleo, los sueldos son altos y las condiciones de trabajo las fija el sector obrero. Esas condiciones sólo pueden crearlas una economía industrial.

Respecto al capital, enseñaba que debíamos detenernos en el estudio sobre el producto que produce, no sólo respecto del origen, de su procedencia. Sostenía que existían monopolios argentinos que conspiraban contra el interés nacional; y corporaciones extranjeras que, si se las controla y regula, podían favorecer nuestro desarrollo, en tiempos en que era muy difícil decir ello, cuando las pasiones nacionales se exteriorizaban con mucho mayor fuerza que ahora, y aún no había llegado la globalización irrefrenable, ni el regionalismo como respuesta. La dependencia, para Frigerio, era importar lo que el país podría producir. Eso le parecía, y desde luego lo era, una insensatez.

Pero apartándonos un poco de su pensamiento y su doctrina, en esas tenidas nocturnas en las cuales compartíamos la mesa de la amistad, descubrí también al hombre de letras que publicara bajo el seudónimo de Rodolfo Ferrando, una “Pequeña Antología de Poemas”, hombre de letras que dio paso después al redactor del periodismo combativo que desarrolló en la revista “Qué Sucedió en Siete Días”, desde 1947. Supe también de su amor por el tango, acerca de cuyas letras, música e historias era un verdadero erudito.

Tal vez nos faltó eso. En algún momento proyectamos una cena para hablar de tango. O para que hablara él, y yo escuchase. Nunca la concretamos. Se fue antes Frigerio, un porteño cabal, nacido en el corazón de Buenos Aires, en la calle Dorrego, a tres cuadras de la Avenida Córdoba. Siento, por ello, que pocos homenajes pueden ser más justos que el de esta tarde, a un año de su fallecimiento. Porque muchas veces, cuando los vientos de distintas crisis se arrojan sobre el país, me pregunto que opinaría sobre ello Frigerio, que decisión política aconsejaría como la mejor, la más apropiada, para cada una de las cuestiones que a los argentinos aún nos falta resolver. Y me digo, casi como un lamento, cuánto lo recordamos ahora, en tiempos en que pareciera que la política languidece, reemplazada por las posturas mediáticas sin contenido, en épocas en que escasean las propuestas y el reclamo inmediato reemplaza muchas veces a la palabra racional, en ciclos en que el diálogo asemeja evaporarse, con amenaza de grave daño institucional, en que la crispación procura imponerse sobre la mesura y la racionalidad.

El país necesita hoy de apasionados argentinos, inteligentes pensadores, como lo fue Rogelio Frigerio.

Buenas noches.

Rogelio Frigerio


* Palabras del ex presidente Raúl Ricardo Alfonsín en el homenaje a Rogelio Frigerio donde fue nombrado post mortem Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires, a un año de su fallecimiento (15 de Septiembre 2007. Legislatura de la CIudad de Buenos Aires)

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