Discursos: Creación del Consejo Nacional del Desarrollo

Palabras pronunciadas por Arturo Frondizi al poner en posesión de sus cargos a los miembros del Consejo Nacional de Desarrollo (CONADE), en el jardín de invierno de la Casa de Gobierno, el 8 de setiembre de 1961.

Sentimos especial y profunda satisfacción al poner en posesión de sus cargos a los miembros del Consejo Nacional de Desarrollo.

El Consejo Nacional de Desarrollo será el instrumento coordinador de una política que expresa una voluntad nacional irrevocable.  El pueblo argentino ha elegido este camino y el gobierno no es sino el intérprete de sus anhelos.

Por ello, hemos aceptado este mandato como la razón fundamental de nuestra gestión y estamos consagrados a ejecutarlo hasta el fin, cualquiera sea la magnitud del esfuerzo y sacrificios que nos imponga.

El desarrollo económico del país no es un fin en sí mismo.  La expansión de la economía y la creación de más bienes y servicios son simples instrumentos de la realización espiritual de un pueblo.

Más aún, si no tuviéramos una profunda fe en la energía espiritual de nuestro pueblo, ni siquiera hubiéramos iniciado el plan de desarrollo económico nacional.  Porque sólo los pueblos dotados de una gran fuerza moral y espiritual pueden lograr para sus países la plena independencia, la vocación de grandeza y el cumplimiento de un destino nacional.

En la medida en que forjamos las bases del poderío ma­terial, estamos liberando a la Nación de su dependencia de voluntades ajenas, es decir estamos afirmando la sobe­ranía; primera condición moral de una colectividad libre.

En la medida en que incrementamos la riqueza común, estamos alcanzando la posibilidad de repartirla equitati­vamente entre aquellos que crean esa riqueza, es decir, estamos cumpliendo con el precepto moral y cristiano de la justicia distributiva y estamos dignificando al hombre, sujeto único del bienestar social en una Nación demo­crática.

Todos los bienes espirituales del hombre y de su familia, como el acceso a la educación y a la cultura, el derecho al descanso y a una vejez sin penurias, el derecho de elegir trabajo y de recibir un salario justo, se realizan plenamente en el seno de un país próspero y en incesante progreso. No hay libertad verdadera de hombre en la miseria o la es­trechez.

Nos preocupa defender los valores éticos y cristianos de nuestro acervo nacional. Por eso queremos fortalecer nuestra democracia y nuestras instituciones republicanas contra la infiltración extremista que se nutre del malestar social en las naciones subdesarrolladas.

Nos preocupa atender las crecientes necesidades de la defensa nacional que en los Estados modernos no se limita a la simple custodia de las fronteras sino que monta guardia permanente para impedir la subversión interna y la guerra ideológica.

Nos preocupa asegurar la paz social, suprimir el factor de perturbación que signifique la lucha de clases como ele­mento disociante de la unidad espiritual de la Nación.

Nos preocupa dar a cada argentino un lugar digno y activo en la sociedad y las más amplias perspectivas de capacitarse culturalmente para progresar en su vida v ase­gurar el porvenir de sus hijos.

Nos preocupa que el argentino, desde Jujuy a Tierra del Fuego, disfrute de la mismas comodidades materiales, bienes espirituales y esparcimientos que su compatriota de Buenos Aires, suprimiendo de raíz la injusta y tradicional diferencia entre provincias ricas y provincias pobres en una misma comunidad nacional.

Estos son los objetivos que persigue el programa de desarrollo nacional del pueblo argentino.

Pero no habrá defensa real de la soberanía, ni paz social, ni  estabilidad democrática, ni integración geográfica del país, ni bienestar espiritual del hombre argentino si no echamos las bases fundamentales del desarrollo que se lla­man energía, siderurgia, petroquímica, industria pesada, caminos y transporte.

El desarrollo nacional no es una empresa del Gobierno sino una empresa de la Nación, de toda la Nación: hom­bres públicos y empresarios, educadores, trabajadores, hombres de todos los sectores y opiniones políticas deben tener conciencia de esta empresa, participar en ella y llevarla a cabo.

Por eso es necesario que el funcionario público comprenda que debe esforzarse con celo y eficiencia para contribuir a la reactivación económica nacional, superando las anti­guas prácticas rutinarias de la burocracia. El funcionario público debe actuar con la conciencia de que su respon­sabilidad no consiste en acumular expedientes sino en agregar su esfuerzo a la gran área productiva nacional.

El empresario debe, por su parte, identificar la prospe­ridad de su empresa con la prosperidad nacional. No hay nada más endeble ni más antisocial que la actividad eco­nómica privada que depende la especulación o de las prácticas restrictivas y monopolistas. Mayor calidad, mayor producción y menores coste para un mercado nacional y mundial cada vez más competitivos, deben ser los objetivos de la empresa para el desarrollo.

El trabajador debe comprender que serán vanos todos los esfuerzos y todas las luchas para mejorar su posición en una estructura económica, en la que, a la vez que persis­ten las condiciones del subdesarrollo, se trabaja sin tener en cuenta el objetivo de incrementar la productividad.

Todos los medios que contribuyen a la expansión de la actividad económica mediante nuevas industrias y métodos más modernos, mediante mayor volumen de producción y mejor calidad y eficiencia, permitirán lograr la abundancia de bienes que servirá para mejorar los salarios en términos reales y despertar así de la ilusión de recibir más billetes de valor cada vez más depreciado.

El educador debe tener conciencia de este proceso y responsabilidad social, transmitiéndolas a sus educandos. Debe conocer y mostrar la calidad del mecanismo pro­ductivo para destacar las falacias que tan fácilmente pros­peran con la ignorancia.

Y todos los hombres de todos los sectores de la vida na­cional deben tener la conciencia permanente de su res­ponsabilidad común en este esfuerzo de todos. Por encima de diferencias circunstanciales debe afirmarse y consoli­darse una coincidencia en la necesidad imperiosa de ase­gurar, por la vía del desarrollo el progreso social y material que nuestra Nación necesita para reafirmar definitivamen­te sus instituciones democráticas y para ocupar la posición que le corresponde históricamente en el concierto de las naciones libres.

Por otra parte, y por el hecho de haber elegido la vía democrática para el desarrollo, hemos apoyado y seguiremos apoyando fuertemente esta empresa en la cooperación inter­nacional.

Para ganar el tiempo que ha perdido nuestro país en su largo período de estancamiento y aun de retroceso económ­ico y realizar con la rapidez necesaria el esfuerzo de crecimiento, de cambio de estructura y de impulso hacia un ritmo de expansión cada vez mas acelerado, se requieren cuantiosas inversiones que el ahorro nacional no puede proporcionar, so pena de exigir al pueblo un sufrimiento incompatible con el bienestar esencial al que tiene derecho.

Otros regímenes de carácter totalitario eligieron ese ca­mino de desarrollo autárquico y para ella ahogaron las libertades e impusieron las más severas penurias a su pueblo. Nosotros rechazamos esta alternativa y reconoce­mos la necesidad de promover un progreso vigoroso sal­vaguardando y mejorando, si es posible, el bienestar social de la población.

La cooperación internacional, recibida de las institucio­nes internacionales y de países que han comprendido el interés mutuo de nuestro desarrollo, como lo es princi­palmente el caso de los Estados Unidos, nos ha permitido esa evolución favorable, que necesitamos prolongar y aun intensificar en un futuro inmediato.

La reciente ratificación de la “Alianza para el Progreso” en la Carta de Punta del Este, marca la perspectiva futura de una cooperación justa y digna para el desarrollo como instrumento fortalecedor de la solidaridad continental.

La creación del Consejo Nacional de Desarrollo viene a llenar una necesidad largamente postergada.

Hemos pedido la patriótica colaboración de un núcleo de hombres que se han destacado en todas las esferas de la vida nacional, la ingeniería, en la economía, en la indus­tria, la agricultura y en todas las regiones del país.

Hemos encomendado la Secretaría Ejecutiva del Con­sejo, que tendrá a su cargo la responsabilidad técnica del mismo, a un joven profesional que pertenece a ese brillante núcleo de argentinos que se han destacado en el campo de la actividad especializada y en la docencia, tanto en nuestro país como en altas instituciones internacionales y de otros países.

Este Consejo tendrá la responsabilidad de precisar los objetivos a largo plazo de nuestro desarrollo y analizar las condiciones en que deberán desenvolverse todos los sec­tores de la vida económica nacional para lograrlo.

Como se señala en el decreto de creación, se trata de un organismo esencialmente consultivo y técnico. No es éste un ministerio o una dependencia administrativa más sino un centro de estudio y de análisis que, apartado de la presión cotidiana de los problemas inmediatos, dará al Gobierno y al país la perspectiva del camino para su pro­greso.

Mucho esperamos de la labor de este órgano que, en forma silenciosa con elevada responsabilidad técnica y cri­terio nacional, elaborará, en contacto fructífero con todos los sectores del Gobierno, de la actividad empresaria, del trabajo, de las universidades y con los hombres de todas las regiones del país, el análisis que ayudará a esclarecer la orientación de la gran empresa común del desarrollo nacional.

Tengo el honor de poner posesión de sus cargos al señor Presidente, a los señores miembros y al señor Se­cretario Ejecutivo del Consejo Nacional de Desarrollo.

Arturo Frondizi

Presidente de la República Argentina entre 1958 y 1962

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