Discursos: Valores espirituales y desarrollo

Discurso pronunciado por el presidente Arturo Frondizi desde el despacho del in­terventor federal, en la Casa de Gobierno de Córdoba, el 17 de febrero de 1962.

Me dirijo al pueblo de la República, desde Córdoba, meridiano espiritual y cultural de la Nación, para referirme precisamente a un tema de orden espiritual. Voy a hablar de la filosofía que inspira nuestra acción de gobernantes y los valores éticos en que ella se sostiene.

Un gobernante democrático tiene el deber de mantener una comunicación permanente con sus mandantes. Esta es una convicción profunda de mi espíritu, afirmada en la experiencia de estos casi cuatro años de gobierno. En los días difíciles por que atraviesa el mundo, este diálogo con el pueblo es el único medio del que puede valerse el hombre de Estado para disipar la confusión, el desconcierto o las dudas que provocan en el mismo público los urgentes y complejos problemas de la actualidad nacional y mundial. En unos casos esta confusión es natural, emerge de la mis­ma complejidad del asunto en debate. En otros casos, es provocada por intereses que se empeñan en oscurecer las ideas y los actos más claros, porque su estrategia consiste en sembrar la inquietud para impedir que el pueblo realice sus objetivos en paz.

Nuestra experiencia nacional es muy ilustrativa a este respecto. El pueblo argentino, como muchas otras veces en su historia, se ha fijado un rumbo que es muy claro y directo: superar rencores y diferencias sectarias para liberarse del atraso y la dependencia de intereses extraños. Este es un programa nacional, de concordia y unión de todos los argentinos, para lograr, con nuestros infinitos recursos naturales y humanos, la consolidación de una unión independiente y próspera. En esta nación, el hom­bre argentino, nacido para la libertad, tendrá los medios materiales para educarse. Para dignificar su trabajo, para fundar y enaltecer los vínculos familiares. Para dar a sus hijos no solamente techo, alimento y vestido, sino cultura y aptitudes profesionales, y para adquirir esa imponderable paz del espíritu que el hombre siente cuando sabe que su porvenir y el de sus hijos están al abrigo de la inseguridad y la pobreza.

A pesar de ser tan claro este programa, que se reduce a lograr el bienestar espiritual y material de nuestro pueblo, la prédica interesada se empeña en presentarlo como confus­o y ambiguo. Se ha llegado a sostener la tesis absurda de que el pueblo argentino se sacrifica y lucha por obtener bienestar material con el artero propósito de edificar una sociedad materialista y atea. Cargo semejante podría haberse hecho a Alberdi cuando sostenía que gobernar es poblar, a los militares y estadistas que conquistaron el desierto, a Rivadavia que proyectó la enfiteusis y organizó nuestros primeros institutos de crédito, a Avellaneda y Pellegrini, financistas del desarrollo agropecuario nacional o a Hipólito Yrigoyen y a los generales Mosconi y Savio que hicieron del petróleo y la siderurgia pilares de nuestra soberanía nacional.

El pensamiento de la Iglesia

Uno de los grandes doctores de la Iglesia, Santo Tomás Aquino, decía que el poder temporal tenía la obligación de proveer a la comunidad de suficientes bienes materiales, porque ellos son necesarios para el ejercicio de la virtud.  Y en este pensamiento se funda la magnífica acción social de la Iglesia Católica, tantas veces expuesta en los docu­mentos papales y que ha tenido reciente y magistral afir­mación en la encíclica Mater et Magistra de S.S. Juan XXIII; cuando sostiene con un nuevo sentido que “el problema tal vez mayor de la época moderna es el de las relaciones entre las comunidades políticas económicamente desarrolladas y las comunidades políticas en vías de desarro­llo económico” y -sigue diciendo- que “las causas que un considerable número de comunidades políticas de­terminan un estado permanente de indigencia, de miseria o de hambre … se encuentran principalmente, en lo primitivo o atrasado de sus sistemas económicos”.

Y estas son las palabras del Vicario de Cristo en la tierra y no las de un pensador materialista. Estas son las palabras del Jefe de la, Iglesia Católica. Estas son las palabras de Juan XXIII.

Ejemplos históricos

Gran Bretaña creó el más perfecto sistema económico universal que registran los tiempos modernos y Estados Unidos se convirtió en el país más rico de la tierra, en nombre del liberalismo y del respeto a la dignidad del hombre. Crearon una fabulosa civilización industrial, con­trolaron la navegación y el comercio del mundo entero, ensancharon sus fronteras, vieron nacer y crecer a los más poderoso sindicatos patronales y obreros. A ningún inglés de la era victoriana, a ningún norteamericano de la marcha hacia el oeste, se le ocurrió decir que las nuevas chimeneas y los nuevos sembradíos y las nuevas exploraciones mineras se hacían para esclavizar al hombre, sino para ele­varlo a su máxima dignidad como ser libre.

Pero a los argentinos de hoy, que luchamos para salir de nuestra economía pastoril, que insistimos tercamente en explotar nuestros recursos y en edificar nuestra indus­tria pesada, que llamamos a la colaboración de patronos y obreros para incrementar la producción y abaratar el consumo, se nos acusa de pretender construir una colectividad materialista.

Los verdaderos materialistas

Podría responderse que el verdadero materialista es el que niega la posibilidad de progreso y que quien facilita la acción comunista es el que se esfuerza por conservar una estructura económica que significa la creciente pauperización, empobrecimiento y rebelión de las masas.  Porque son éstas las condiciones que abren la puerta a las soluciones extremistas.  Podríamos decir que son verdaderos materialistas aquellos pequeños sectores que pretenden mantener el dominio sobre toda nuestra economía.  Ellos procuran consolidar su poder sobre la base de detentar el manejo de la economía y acrecer sin límite sus ganancias.  Invocan en cambio el espíritu, cuando quieren constreñir a los trabajadores y a los nuevos sectores empresarios a mantenerse dentro de los límites de su dominio.  El que se quiera liberar a estos de ese poder omnímodo les parece entonces grosero materialismo, aunque la lucha por esa liberación la aliente la propia Iglesia, a través de su doctrina social.

AF

Un pueblo con alma y con historia

Nadie quiere hacer de la Argentina un país rico pero sin alma, un país de mercaderes egoístas y trabajadores pauperizados. Aunque hubiera un argentino, tan desviado y tan ignorante de las raíces que lo sustentan, que se formulara un plan de este carácter, la realidad nacional y universal se encargarían de desautorizarlo categóricamente.

Una nación, un pueblo, no son cosas que se inventan, que se crean o se recrean en un esquema mental.  Son realidades vivas que se desarrollan en un proceso histórico pleno de formas espirituales y que conviven con otros pueblos y otras culturas, en permanente interrelación espiritual.

Estas realidades se dan en un ámbito geográfico, obedecen a coordenadas geopolíticas, actúan en función en función de espacio y tiempo. Tienen caracteres inmutables y caracteres adquiridos, que transforman el ritmo del acontecer universal.

La Nación Argentina es un pueblo con historia.  No hay plan político, económico o social, que pueda imponerse a este pueblo en oposición a las profundas corrientes de su pasado.

Fuimos colonizados por los españoles con un doble propósito: incorporar un nuevo continente a la producción y al trabajo de la comunidad civilizada y convertir al paganismo indígena a la fe cristina.  El conquistador vino a estas playas con la espada y la cruz, en nombre de su soberano y de Dios.  Toda la historia de la conquista de América, de ambas Américas, es una doble función terrena y divina. Los sacerdotes y misioneros católicos fundaron aquí las primeras escuelas y las primeras universidades.  El silabario y el catecismo eran instrumentos más poderosos aún que la espada y el arada.  La cultura colonial era reflejo de las letras españolas de la época, recorridas de acentos místicos y cristianos.

La revolución de Mayo no fue una empresa Política y económica solamente. Desde Moreno y Belgrano hasta los caudillos federales que plasmaron la nación, supieron que un pueblo no conquista realmente su independencia si no se fija claros objetivos espirituales.  No hay documento de la gesta emancipadora que no invoque, en una u otra forma, los fueros del espíritu de la nueva nacionalidad.

Cuando hubo que “educar al soberano”. Sarmiento sem­bró de escuelas el territorio patrio. Hubo poetas y escrito­res entre nuestros soldados y estadistas de la revolución. Y hubo una literatura argentina y un arte argentino nacidos al calor de los combates y de las polémicas de la nación en marcha.

La ruptura del vínculo con España puso en contacto a los criollos con todo el movimiento enciclopedista y liberal de Francia y de Inglaterra. Cuando llegaron a nuestras playas los grandes contingentes de inmigrantes de toda Europa, nuevos aportes religiosos y espirituales se incorporaron a lo que era ya un crisol de razas. La convivencia de distintos orígenes nacionales y credos religiosos impuso la nación la norma civilizada de la libertad de cultos, aceptada por la Iglesia Católica, que era hasta entonces la única oficial. No tuvimos en este país, nuevo y abierto a todos los hombres del mundo, problemas de persecución religiosa o racial. Había un signo común que impedía la fragmentación y el encono: era la conciencia de la nacionali­dad, el insuperable instinto de un pueblo que coloca interés nacional por encina de los legítimos enfrentamien­tos partidistas. En esta nación, que se desarrollaba bajo el lema de la tolerancia y del supremo interés común, era una herejía conspirar castra la unidad nacional. La historia argentina demuestra que nuestros grandes héroes fueron siempre los hombres de la tolerancia, el perdón y el acuerdo. Hasta en los momentos más violentos de la lucha de facciones, había un espíritu que levantaba el estan­darte de la unión nacional y el pueblo, tarde o temprano, se congregaba a su sombra. No hay fuerza humana ni interés parcial capaces de vencer el instinto nacional de un pueblo.

Nuestra nación y nuestra lucha

Esta nación argentina, católica, idealista, democrática, tolerante, respetuosa de la dignidad del individuo y de la libertad dentro de la ley, no puede ser materialista ni comunista. Ningún individuo, ninguna ideología, puede defender mejor ese patrimonio que su propia historia. So­mos demócratas y somos cristianos porque así nacimos a la vida independiente y así nos hemos desarrollado hasta ahora. No hacemos el bienestar material de la Nación Argentina para convertirla en una potencia mundial con sentido meramente económico. Queremos una nación in­dependiente y próspera para servir en el mundo la causa de la paz, de la fraternidad humana, de la libertad y de la democracia. Estamos convencidos de que nada contribuye más a esa gravitación de nuestra soberanía, que la firme decisión del pueblo argentino de consolidar su indepen­dencia y actuar en el concierto mundial con voz propia y arbitrio propio.

No luchamos, no nos sacrificamos, no postergamos nues­tras legítimas necesidades para ahorrar y capitalizar a la nación, con el absurdo propósito de enriquecer a un grupo de empresarios y mantener a los trabajadores en la estre­chez. Nos guía el pensamiento, profundamente espiritual y cristiano, de aumentar la producción de bienes para acrecentar precisamente la capacidad consumidora, es decir para dar trabajo y salarios dignos y oportunidades de pro­greso cultural y moral a nuestros obreros y sus familias. Sabemos que no hay otra política social que la de acelerar el desarrollo económico y que es una mentira demagógica sostener lo contrario. Consideraríamos una violación de nuestra moral de gobernantes y de ciudadanos, engañar al pueblo con la falsa promesa de un bienestar que sólo puede lograrse si nos unimos todos para sacar a la nación del estancamiento económico en que está sumida. Se nos llama materialistas porque tenemos el valor de decir la verdad al pueblo y de desafiar todas las maniobras que realizan, desde todos los ángulos y todas las tribunas, los enemigos del desarrollo nacional.

Se nos llama materialistas porque nos proponemos, cla­ramente, sin reservas, con insistencia que hasta se ha ta­chado de terquedad, canalizar el esfuerzo del pueblo argen­tino hacia los siguientes objetivos, esencialmente espiri­tuales, cristianos y patrióticos:

1) Terminar con el odio, la revancha y la persecución entre hermanos.

2) Asegurar los beneficios de la democracia y la legalidad a todos los partidos y todas las opiniones que respe­ten la Constitución Nacional.

3) Hacer un país fuerte, dueño absoluto de sus inmen­sas riquezas naturales, desarrollado en toda la exten­sión de nuestro territorio, desde La Quiaca hasta la Antártida.

4) Crear nuevas fuentes de trabajo y elevar el nivel de vida de la población a medida que aumente la produc­ción y se industrialice el país.

5) Capacitar a la juventud para que se asegure trabajo bien  remunerado y contribuya al progreso científico y cultural de su patria.

6) Fomentar la cultura racional en todas sus expresiones y la libertad de enseñar y aprender.

7) Defender la soberanía racional y la democracia repu­blicana contra la conspiración, la infiltración extremis­ta y la presión exterior.

8) Practicar una política internacional al servicio de los grandes intereses de la nacionalidad, de los princi­pios del derecho internacional y de la paz mundial.

Nuestro compromiso con el pueblo

Hace cuatro años, el pueblo argentino nos dio mandato para ejecutar este programa. Desde entonces lo hemos reiterado cien veces y en medio de las mayores dificultades jamás abandonamos sus objetivos. Tal como lo habíamos prometido al pueblo, no hicimos un gobierno sectario o de comité. Llamamos a colaborar con el Poder Ejecutivo a hombres de todas las tendencias. Dictamos leyes de olvido y de amnistía, para unir a todos los argentinos. En menos de seis meses desde nuestra asunción al poder resolvimos el problema del petróleo, sentamos las bases de la indus­trialización del país, promovimos la radicación de indus­trias en las provincias. Nos propusimos gobernar con las leyes comunes de la nación. Implantamos los beneficios de la enseñanza libre, que ya ha tenido concreción en el funcionamiento de institutos de enseñanza técnica y uni­versidades.

Pero, desde el primer día de gobierno estuvimos someti­dos a una lucha sin cuartel, al ataque sistemático de di­versos sectores que se propusieron impedir la realización del programa sancionado por el pueblo. Desde dentro y desde fuera del gobierno, la tenaza política cerró sus bra­zos de extrema izquierda y extrema derecha para que renunciáramos al doble objetivo de pacificar al país y desa­rrollar sus recursos. Nos vimos forzados a sostener el orden institucional con leyes de excepción para reprimir la anarquía y el extremismo. Nos vimos forzados a pos­tergar planes vitales de reconstrucción económica para aten­der al diario problema de defender la estabilidad institucional. Pero a través de todas estas alternativas y vicisitu­des los objetivos siguen siendo los mismos: los que exhi­bimos públicamente aun antes de alcanzar el poder.

Porque no renunciamos ni renunciaremos a cumplir hasta el fin el mandato de nuestro pueblo, se nos ha atribuido duplicidad, ambición y soberbia.  No hubiéramos incurrido en nada de esto para nuestros detractores si desde el comienzo hubiésemos dejado librada la nación a la aventura de los más audaces. Declaramos enfáticamente que preferimos que la historia nos juzgue por lo que hicimos en el puesto de lucha, a que nos olvide por haberlo abandonado.

No estamos solos en esta lucha. Puedo decirlo con or­gullo argentino. Pese a la intriga y a la difamación, el pueblo sostiene la legalidad institucional. La sostienen los sectores responsables de la comunidad nacional: la Iglesia Católica, las Fuerzas Armadas, las entidades patronales y obreras, los partidos políticos, y el instinto democrático y nacional del hombre de la calle. Tenemos también nosotros el respeto y la simpatía de todas las naciones que desean el afianzamiento de la democracia argentina.­

Cumpliremos hasta el fin con nuestro deber. Haremos todos los sacrificios necesarios para restablecer la vigencia del derecho. Reprimiremos con rigor la anarquía, pero no dejaremos de exhortar a los inadaptados a que de­pongan su intolerancia para que el gobierno pueda asegurar los beneficios de la igualdad jurídica a todos los argentinos.

Cumpliremos inexorablemente nuestros planes económicos y sociales, porque no se han ofrecido al pueblo otros planes que resuelvan mejor la grave crisis que atraviesa el país y que sienten las bases inconmovibles del desarrollo nacional y del bienestar moral y material. Si estos planes tuvieren que ser modificados corresponde decidirlo exclu­sivamente al Congreso de la Nación, órgano legítimo de la voluntad popular, periódicamente renovado en comicios libres.

La Argentina que estamos construyendo

La Argentina que estamos construyendo con el esfuerzo común, es la Argentina que los padres de la nacionalidad hicieron nacer con sangre y heroísmo. Es la misma Argen­tina que se educó en el cristianismo, que abrazó la demo­cracia republicana como irrenunciable ideal de vida, que venera a sus héroes, a sus santos, a sus sabios y a sus artistas.

Esta Argentina que están construyendo no es la crea­ción de nadie, sino que es hija de su historia, amasada por el espíritu insobornable del pueblo. Los argentinos que hoy la estamos haciendo somos simples continuadores de un proceso que comienza en la conquista española y se afirma en la emancipación

Esta Argentina no es materialista y no se dejará “atar al carro de ningún vencedor de la tierra”, como juraron nuestros progenitores. Es la Argentina de la definitiva independencia y de la auténtica soberanía. La Argentina de la unión nacional, de la libertad para todos, de la pros­peridad espiritual y material de sus habitantes, de la cul­tura nacional fortalecida por un sólido basamento econó­mico y por el desarrollo económico de todas las regiones del país.

No hay desarrollo espiritual ni progreso cultural en pue­blos corroídos por la miseria. El chango harapiento del norte no tiene aliento para ir ni a la escuela ni a la iglesia. Tampoco se levantan escuelas o iglesias en países desca­pitalizados que apenas tienen lo suficiente para alimentar malamente a sus hijos.

Esta ciudad de Córdoba transformada hoy en un centro fabril de primordial importancia, dentro del mapa econó­mico de la República, es prenda cabal de cuanto digo y signo inequívoco de que el progreso material no está reñido con el cultivo de las facultades espirituales más elevadas. Córdoba está dando al país el gran ejemplo rector de una pujanza y una voluntad de transformación que se con­jugan con el ejercicio de acrisoladas virtudes cristianas. Y está operando, al mismo tiempo, el milagro de redimir a sus hijos. El hombre de campo otrora abandonado, vi­viendo precariamente de una actividad agrícola que no alcanzaba a brindarle existencia decorosa, es hoy el obrero especializado, el técnico de sus modernas plantas indus­triales. Ha alcanzado los beneficios de una educación que antes se le negaba. Ha constituido su familia, ha estable­cido su hogar y tiene la reconfortante certidumbre de que se abre para sus hijos un porvenir de progreso y de espe­ranza. Ese es el camino que está en vías de recorrer la entera sociedad argentina. Y por eso Córdoba, donde las torres de las iglesias centenarias alternan airosamente con las chimeneas de las fábricas, entona, cada día, un cántico al trabajo fecundo y lo hace plena de amor a la Patria y plena de humildad cristiana.

El progreso material no daña al espíritu; antes bien, lo sostiene y le brinda las bases para su desenvolvimiento pleno, los sólidos fundamentos en que descanse y se haga indestructible. Máxime cuando, como ocurre entre noso­tros, el desarrollo económico se realiza proyectándose sobre objetivos éticos.

Es un fraude colosal que se hace a la opinión pública sostener que puede haber justicia social, desarrollo espiri­tual y democracia efectiva sin un vigoroso esfuerzo por vitalizar y expandir la economía. Cuando pedimos al pue­blo que haga ese esfuerzo estamos invocando sus más no­bles sentimientos y su vocación de pueblo libre.

Esta vocación es irrevocable e invencible, porque nace en el fondo de la historia.  La comparten obreros, patronos, soldados, sacerdotes, maestros y alumnos. Ninguna intriga, ninguna campaña organizada de difamación, es capaz de destruirla.  Esta es la fuerza espiritual y la fe cristiana que mantienen unido al pueblo, a pesar de todas las dificultades.  La misma fuerza y la misma fe inspiran al ciudadano que desempeña la presidencia de la Nación en nombre de todos los argentinos.  Con ayuda de Dios seguiremos luchando por la causa del pueblo.

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