El peronismo en jaque

*) Por Sebastián Ibarra / Francisco Uranga.

La clase media y sobre todo gran parte de los sectores populares han ratificado con su voto a una fuerza no peronista como la depositaria de sus expectativas. El resultado de las elecciones obliga a repensar algunas ideas muy arraigadas en la sociedad, como que el peronismo es el único partido que puede garantizar la gobernabilidad o que es el auténtico representante del pueblo. La alianza oficialista ha logrado construir una nueva mayoría. ¿Qué ha cambiado en Argentina en las últimas décadas para que lleguemos a este punto?

El movimiento peronista nació con la finalidad de representar a la clase obrera. Juan Domingo Perón organizó a los trabajadores y estructuró un movimiento compacto en torno a este sector social. Esto llevó a Rogelio Frigerio a plantear la necesidad de tejer una alianza con el peronismo. La idea era construir un frente nacional que incluyera a  trabajadores, empresarios y el resto de las fuerzas de la sociedad. Ese frente era la herramienta electoral de lo que denominó la alianza de clases y sectores sociales. Decir trabajadores, en ese contexto, era sinónimo de peronismo.

Entre 1958 y 2018 han pasado 60 años en los que se ha producido enormes transformaciones. Cambios tecnológicos, económicos, políticos y sociales. Ninguna estructura social se ha mantenido al margen de esta revolución. Tampoco la relación entre los trabajadores y sus empleos. Los que se definen como “clase obrera” ya no son una mayoría aplastante como cuando surgió el peronismo. Claro que existen los obreros y los conflictos entre ellos y el capital, pero hay otros factores que influyen en la identidad política de los ciudadanos. Era lógico que, tarde o temprano, la representación del peronismo entrara en crisis. Esto hace necesaria una revisión de las ideas en las que se basa la doctrina desarrollista, como la alianza de clases y sectores o la creencia de que el peronismo es el “aliado histórico”.

Los cambios económicos y sociales han alterado la clave de la identidad política de los ciudadano. Hoy muchos no se perciben como “obreros”, sino como empleados de una empresa de la que se sienten parte. Los empleos están cada vez más vinculados a los servicios y menos a la industria. Ha aumentado el número de graduados universitarios; también el de pobres y marginados. La forma en la que las personas se comunican, se relacionan, aprenden y perciben el mundo han sido alteradas. La sociedad es muy diferente a la de 1958. Cuando Frigerio planteó la “alianza de clases y sectores” el peronismo era imbatible en las urnas. Este domingo ha perdido. Y el gran vencedor ha sido una alianza electoral con base en la clase media que interpela a la sociedad con un mensaje de cercanía y gestión. La única base válida de una doctrina política es la realidad. Y la realidad dice que el peronismo está en jaque. Su misma razón de ser está en jaque.

Desde el retorno a la democracia y en especial después la crisis de convertibilidad, el peronismo se ha convertido en el partido de los desamparados: desocupados, pobres, marginados. Ya no necesariamente de los trabajadores, aunque todos los gobiernos peronistas han contado con amplios apoyos de la clase media. Pero el final del ciclo kirchnerista dejó tras de sí un tercio de la población viviendo en condiciones de pobreza. Lejos de resolver los problemas que decía que eran su prioridad, los perpetuó. El asistencialismo es mejor respuesta para los sectores marginados que la falta de respuesta alguna, pero no es una solución. Y el contrato entre los votantes y los dirigentes peronistas se destruyó cuando saltaron a la luz los casos de corrupción que evidenciaron que mientras los pobres seguían siendo pobres, políticos y sindicalistas se enriquecieron a costa del Estado.

El relato kirchnerista pintó una sociedad en la que las clases populares estaban oprimidas por los ricos y poderosos, que odiaban a los pobres, y el movimiento liderado por Cristina Fernández de Kirchner era el gran defensor de los más débiles. Esa interpretación ya no es creíble para la mayoría de los argentinos, que el domingo decidió apostar por algo diferente. En el medio quedaron otros frentes peronistas no kirchneristas. Formados por muchos dirigentes que acompañaron al Frente para la Victoria durante sus gobiernos, no lograron diferenciarse de las dos opciones principales que se enfrentaron en las urnas. Fueron víctimas de la polarización, pero también de no haber interpretado las señales que enviaba la sociedad. Que Mauricio Macri, un empresario al que el relato K describe como la encarnación del neoliberalismo, haya sido el gran triunfador torna irónico este giro político.

El peronismo, más allá de la elección

No es la primera vez que el peronismo cae en las urnas, ni la primera en la que se encuentra tan fragmentado. En otras ocasiones ha estado en una situación crítica de la que ha resurgido con mayor fuerza. No es improbable que aquellos que hoy parecen irreconciliables se junten para hacer un gran frente peronista en 2019, unidos por el espanto y la necesidad. Pero una alianza táctica electoralista no va a cambiar el trasfondo: que lo que está en crisis es la propia razón de ser del movimiento.

Si el presidente Mauricio Macri y la gobernadora Maria Eugenia Vidal logran resolver los problemas de los sectores populares y superan la solución asistencialista, darán un golpe mortal a la retórica peronista. El gobierno está frente a una oportunidad histórica. Si muestra sensibilidad social y es efectivo para abordar los problemas de los más postergados, podrá sentar las bases para una mejor convivencia entre los argentinos. Habrá reconstruido el contrato social en el país y obligará al peronismo a reinventarse. Esta vez, ojalá, en una variante moderna, democrática y respetuosa de las instituciones.

sebastian_ibarra

Sebastián Ibarra

Licenciado en Relaciones Laborales

Director de Visión Desarrollista

sebaslucas@hotmail.com

Francisco Uranga

Periodista

Ingeniero Industrial

Director de Visión Desarrollista

Comentá

Comentarios