Frondizi, Kennedy y el encuentro de Palm Beach

*) Por Carlos Ortiz de Rozas.

“Concluida su visita al Japón —la primera realizada por un jefe de Estado argentino-el presidente Frondizi prosiguió su itinerario, que comprendía Hawai y San Francisco. Para mi gran alivio, en Tokio no tuve necesidad de actuar como intérprete. Desde allí, en vez de seguir el plan de vuelo original, que consistía en volar a Miami para continuar a Trinidad y Buenos Aires, el avión de Aerolíneas Argentinas se dirigió a Nueva Orleans. En esa lindísima ciudad del Estado de Louisiana, en la que se conjugan las históricas influencias española, francesa, inglesa y africana, nos estaba aguardando el Air Force One , un Boeing de última generación utilizado por el presidente de los Estados Unidos para sus desplazamientos oficiales, y que Kennedy había puesto a disposición de Frondizi para trasladarlo a Palm Beach.

También nos esperaba el joven Oscar Camilión, quien se desempeñaba con inteligencia y gran habilidad como subsecretario de Relaciones Exteriores. Hombre de confianza de Frondizi, Camilión había sido llamado para que informase al Presidente y al canciller de las novedades producidas en relación con los temas que serían objeto de análisis en Palm Beach. Desde luego, fue incorporado al reducido grupo que acompañó al mandatario, integrado por Cárcano, el embajador argentino ante la Casa Blanca, Emilio Donato del Carril, el secretario Gustavo Figueroa, el edecán de turno, los periodistas acreditados para cubrir el viaje a Oriente y yo.

El avión AF1 aterrizó en el aeropuerto de esa estupenda ciudad balnearia de Florida, donde la gente adinerada suele pasar los inviernos para gozar de su clima privilegiado. Por las ventanillas pudimos ver la juvenil figura del presidente Kennedy que esperaba nuestra llegada. El primero en descender, como marcaba el protocolo, fue el presidente argentino seguido de su edecán, Cárcano, el embajador Del Carril y el subsecretario Camilión.

 Yo había quedado algo retrasado, cuando mi presencia fue reclamada urgentemente al pie de la escalerilla. Allí me enteré de que el intérprete del Departamento de Estado se había visto de morado por el mal tiempo en Washington. Debido a esa circunstancia, tuve la ocasión única y extraordinaria de oficiar de traductor para los dos presidentes. Del inglés al español y viceversa.

Sabía de antemano que sería un trabajo de una enorme responsabilidad, pero ignoraba que la conversación sería a solas y sin los habituales tomadores de nota. Esto significaba que además de interpretar tendría que memorizar todo lo que se dijera, ya que estaba seguro de que apenas concluida la reunión Frondizi me pediría un memorándum detallado de los asuntos tratados, cosa que efectivamente ocurrió.

Recién al día siguiente los medios de prensa publicaron la noticia del encuentro: The New York Times del 25 de diciembre le atribuyó tanta importancia como para destacarla en la primera plana con el título “Jefe argentino se reúne con Kennedy: acuerdo alcanzado”, y publicaba además una fotografía que era toda una curiosidad: mostraba al ministro Cárcano tomando con su cámara una foto de los otros que estábamos en la residencia, oportunidad aprovechada por el fotógrafo del diario para sacar a su vez una toma con esa escena. El epígrafe decía: “Los presidentes Kennedy y Arturo Frondizi de la Argentina posando para el Dr. Miguel Ángel Cárcano, ministro argentino de Relaciones Exteriores”. Y seguidamente incluía el nombre de los demás que aparecíamos en la foto.

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 Al llegar a la casa, y luego de una breve recorrida, Kennedy invitó a Frondizi a pasar a un amplio salón mientras los restantes miembros de la comitiva argentina permanecían en el jardín con Robert Woodward, secretario de Estado adjunto para Asuntos Interamericanos, único funcionario del gobierno norteamericano allí presente. Una vez instalados en los confortables sillones, Kennedy inició el diálogo agradeciéndole a Frondizi que hubiera accedido a interrumpir su viaje para venir a verlo. A continuación, reproduzco con la mayor fidelidad el diálogo que se desarrolló entre los dos. Desde luego las expresiones no son textuales, pero sí el fondo de cada cuestión abordada. En el afán de ser lo más exacto posible, he preservado el tiempo de verbo empleado por los protagonistas.

Entrando en materia, Kennedy dijo: “Sé que la fecha es más grata para pasarla en su país, rodeado de familiares y compatriotas, pero me ha parecido que la situación en el continente a raíz de la cuestión cubana hacía imperativo una discusión franca entre nosotros dos. Ya en Nueva York nos ocupamos de este tema, pero muchas cosas han pasado desde entonces que conviene recapitular. El embajador Stevenson me ha informado en detalle de lo que conversaron y convinieron en Trinidad. Tengo entendido que le expresó la seriedad con que mi gobierno y el Congreso de los Estados Unidos ven la penetración soviética en el continente utilizando los servicios de Cuba. Eso constituye un peligro cierto para la estabilidad política de muchos países, pero también para el propio Sistema Interamericano.

”La Reunión de Consulta ha sido una iniciativa exclusivamente colombiana, pero los Estados Unidos no podían menos que apoyarla para no aparecer indiferente en un problema que lo afecta tan de cerca. La votación en el Consejo de la OEA ha sido entonces la culminación de un proceso que comenzó hace bastante tiempo. Corresponde ahora emprender algún tipo de acción conjunta apta para hacer frente al peligro cubano. Esa acción debe forzosamente ser efectiva, evitando declaraciones imprecisas. Si la Organización de Estados Americanos no hace algo en ese sentido, pronto la opinión pública norteamericana puede reaccionar negativamente e influir en forma adversa en el Congreso, que debe votar los fondos para la Alianza para el Progreso.

”Como hemos manifestado reiteradamente, incluso por boca del embajador Stevenson, nosotros consideramos que Cuba es un asunto que atañe a todo los países de la región y no únicamente a los Estados Unidos. En consecuencia, es responsabilidad de todos los gobiernos buscar la solución al problema. La cuestión ha adquirido tal magnitud en mi país que si no se logra algo contundente el futuro de la Administración demócrata puede verse seriamente afectado. ”Colombia estima que es preciso aplicar una sanción al régimen de Castro y que la medida más indicada es la ruptura colectiva de relaciones con La Habana. Nosotros tenemos una buena predisposición para esta iniciativa, pero hay gobiernos que irían aún más lejos en la adopción de sanciones contra Cuba. Pero para nosotros es importante la opinión de los países más significativos de la América Latina y de ahí que deseaba conocer la posición argentina a la luz de los nuevos acontecimientos registrados luego de Trinidad, o sea, la aprobación de la convocación del Órgano de Consulta resuelta por el Consejo de la OEA el 4 de este mes. En especial, querría conocer también la actitud que a su juicio asumirían Brasil y Chile, países con los que la Argentina tiene excelentes relaciones”.

Era el turno del líder argentino. Calándose las gafas y mirando fijo a su interlocutor, le respondió de esta forma:

 “Le agradezco que me haya brindado esta nueva oportunidad de departir con usted y de examinar juntos muchos temas que son de interés para los dos. Tal como le expresé al embajador Stevenson, el gobierno argentino mantiene desde hace tres años estrechos vínculos de amistad con los Estados Unidos. En particular desde que usted rige los destinos de este país. En nombre de esa amistad que espero se mantenga inalterable, me veo obligado a contestarle con toda franqueza, como amigos pero con energía.

”Comparto su posición de que Cuba es un problema hemisférico y no sólo norteamericano. Estoy también totalmente de acuerdo en que es más serio para la América Latina que para los propios Estados Unidos. Y precisamente por eso nos extraña y nos duele la forma en que los Estados Unidos conduce la cuestión. Es un problema de todos y, sin embargo, un día nos encontramos ante el hecho consumado del desembarco en Playa Girón, sin que ninguno de los países americanos, salvo uno o dos directamente interesados, hubiesen sido consultados. Luego, ya en algo que nos llegó de cerca, mientras nos hallábamos conferenciando en Nueva York (27/9/1961), como usted recordará, se produjo el caso de los documentos cubanos, presuntamente originados en la embajada de Cuba en Buenos Aires y en La Habana, que resultaron ser falsos. A raíz de ellos, mi gobierno tuvo que soportar durante un mes toda suerte de presiones y hacer frente a una peligrosa crisis. Más adelante, hace poco de esto, nos enteramos por los diarios de la moción colombiana presentada en la OEA . Nos inquieta que Colombia haya dado ese paso sin avisarnos, pero mucho más nos preocupa que los Estados Unidos, a pesar de considerar la situación cubana como un problema de todo el hemisferio, le haya dado de inmediato su apoyo sin consultar para nada a las naciones más importantes del hemisferio.

”Ahora, resuelta ya la convocatoria sobre la base del TIAR , lo cual a nuestro juicio es un error, pues debió haberse hecho de conformidad a la Carta de Bogotá, nos encontramos ante la posibilidad de sanciones bajo la forma de una ruptura colectiva.

 ”A este respecto, por lo pronto, hay que hacer un par de consideraciones. Primero, va a consolidar aún más el aislamiento de Cuba y, en lugar de dar resultados favorables, va a determinar la total incorporación de ese país a la esfera soviética, sin posibili dad de retorno a la comunidad americana. Segundo, los dos tercios de votos requeridos para poder aprobar la ruptura representarían una magra satisfacción para los Estados Unidos, puesto que trece de los catorce países necesarios para alcanzar esa mayoría ya han roto relaciones con Cuba y no por razones ideológicas sino bilaterales. Es decir, que la Conferencia se realizaría nada más que para obtener la adhesión de otro país, el voto número 14. Sabido es que los restantes miembros de la OEA hay que descartarlos porque son decididamente contrarios a las sanciones.

”Aparte de que las sanciones pueden ser beneficiosas para Castro, toda vez que ha de ayudarlo a consolidar su frente interno, deben asimismo ser analizadas bajo otros aspectos. Por ejemplo, la presencia de varias embajadas americanas, donde viven centenares de asilados, es un factor que no debe ser desdeñado como permanente recordatorio para el pueblo cubano de los existe unanimidad entre los países americanos, va a causar más perjuicios a las demás naciones que a Cuba. Por ejemplo, en la Argentina no existe hoy un problema cubano. Naturalmente, hay quienes están resueltamente en contra de Castro y algunos que están a favor. Pero no hay división seria de la familia argentina a este respecto. Es indudable, sin embargo, que llamados a pronunciarnos en uno u otro sentido, cualquiera sea la actitud que en definitiva adopte el gobierno argentino, esa división se ha de producir inevitablemente.

”Ya concretada la convocatoria, sólo caben dos salidas adecuadas. En primer lugar, un intenso trabajo de consultas entre las cancillerías americanas para lograr una solución que concite el apoyo de todos los países, evitando así una escisión que únicamente ha de favorecer a Cuba y, en segundo lugar, un decidido, eficaz e inmediato impulso a la Alianza para el Progreso.

 ”La Argentina está en constante contacto con varios países, en particular Brasil y Chile, y puedo adelantarle que lo expuesto es el sentir de sus respectivos gobiernos. Está además dispuesta a proseguir sus esfuerzos en la búsqueda de una fórmula común. ”Sin perjuicio de ello, quiero insistir en lo que le dije en nuestro anterior encuentro acerca de que si los Estados Unidos no se ponen de acuerdo con los 3 o 4 países más importantes del continente, no le será posible estructurar una política eficaz y duradera, apropiada para el caso cubano, pero también para atacar otros aspectos de la más alta prioridad para América.”

 El presidente Kennedy siguió estas observaciones con vivo interés. La exposición sólo fue interrumpida en una ocasión. Habría transcurrido una media hora desde que se inició el diálogo cuando entró en el salón un alto oficial de la Fuerza Aérea norteamericana para anunciar que acababa de llegar de Washington el intérprete del Departamento de Estado, Don Barnes. Sin titubear, Kennedy le dijo que esperara afuera, ya que sus servicios no hacían falta. Después que el ayudante militar hubo partido, Kennedy aclaró: “Mejor es que continuemos como hasta ahora. Así no se entera la CIA de lo que hablamos”. Por mi parte, con toda la adrenalina en pleno funcionamiento, no tenía ningún cansancio y en cambio estaba fascinado con la conversación a la que tenía el privilegio de asistir.

Retomando la palabra, Kennedy manifestó que coincidía con muchas de las observaciones de Frondizi y, en una línea con lo que proponía respecto de intensificar las consultas para tratar de arribar a la unidad de criterio, quería pedirle que la Argentina procurase convencer a Colombia, por un lado, y a Brasil y Chile, por el otro, para que aceptasen una posición compartida en la Conferencia de Ministros de Relaciones Exteriores. Podía asegurarle que él apoyaría cualquier resolución que contase con la unanimidad o, al menos, el respaldo de una mayoría sustancial de las naciones americanas. Por sobre todo —afirmó Kennedy—, quería darle una satisfacción a la opinión pública norteamericana en ese sentido.

A esto último Frondizi contestó que debía pensar que no solamente los Estados Unidos tenían una opinión pública, si no también los demás países, y que él, por su parte, tenía que tener muy en cuenta las reacciones que este delicado asunto produciría en ciertos sectores argentinos. Especialmente en determinados núcleos de las Fuerzas Armadas, que, en razón de la continua interferencia del Pentágono, eran una fuente interminable de planteos y dificultades para su gobierno.

Kennedy sonrió y con mirada comprensiva acotó que él también sufría interferencias parecidas. “Con la diferencia —replicó Frondizi— de que en su país no ponen en peligro la estabilidad del gobierno”.

Los dos presidentes continuaron el diálogo abordando otros temas, ya que lo concerniente a Cuba había quedado agotado. Frondizi le preguntó cuál había sido su mayor dificultad desde que había llegado a la Casa Blanca, y la respuesta fue que había sido aprender el ejercicio del poder. Ahí fue el turno de Frondizi de sonreír. Dijo que para él había sido exactamente lo mismo. Fueron dos confesiones que evidenciaban la la inteligencia y la honestidad de ambos políticos.

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En la conversación surgió el tema de la Alianza para el Progreso, que ambos habían examinado en la reunión de Nueva York. Repitiendo algunos de sus argumentos favoritos, Frondizi expresó su temor de que, excesivamente concentrados en el problema cubano, se estuviesen descuidando cuestiones que tenían verdadera prioridad para las Américas. Al tope de la lista se encontraba, en su opinión, el alarmante estado de cosas derivado del subdesarrollo económico de los países de la región, caldo de cultivo permanente de situaciones insurreccionales como la que había experimentado Cuba.

Por eso mismo él había recibido con entusiasmo el lanzamiento de la Alianza y había querido ser el primer jefe de Estado latinoamericano en brindarle público apoyo. Con todo, pensaba que el enfoque que querían darle algunos de los asesores del gobierno norteamericano no era el más correcto, dado que ponía el acento en una serie de proyectos sociales que debía financiar el programa, como carreteras, hospitales y escuelas, en lugar de dedicar los fondos a desarrollar las estructuras económicas de base de los países latinoamericanos. En particular, que ya habían alcanzado un cierto grado de desarrollo relativo y que, con la ayuda de los Estados Unidos, pronto tendrían la posibilidad, a su vez, de ayudar a sus vecinos.

“Con la Alianza para el Progreso ustedes deben evitar hacer peronismo a escala americana”, dijo Frondizi. Ante la mirada inquisitiva y curiosa de su interlocutor, le aclaró lo que quería decir con esa expresión. “Cuando Perón llegó al poder —explicó—, puso en marcha una política de justicia social consistente en distribuir entre los más necesitados las enormes sumas de dinero que la Argentina había acumulado durante los años de la guerra, mediante la inversión en obras eminentemente sociales, pero descuidó impulsar las obras de infraestructura. Una vez agotados los capitales, la Argentina seguía padeciendo el subdesarrollo de siempre. Cuando se dispone de fondos limitados, hay que pensar qué es mejor: comprar tortas para repartir o fabricar un horno que permita cocinar cuantas tortas sean necesarias. Y bien, en nuestro país no se hizo el horno; se gastó en tortas y cuando se acabaron no había cómo reponerlas. Por eso es que ustedes no deben imitar ese ejemplo al poner en ejecución el programa de la Alianza para el Progreso”.

Y concluyó: “No hay que olvidar que el progreso económico trae aparejado el bienestar social y los dos combinados son la mejor garantía para la estabilidad político-institucional”.

Kennedy dijo estar muy impresionado por la solidez de esos argumentos, señalando que seguramente habría que orientar a la Alianza en esa dirección. De todos modos, recordó que él no era dueño de los fondos, que debían ser aprobados por el Congreso y que en esos aspectos —particularmente el Senado— era muy exigente y selectivo, puntualizando a menudo cómo se debía gastar cada partida. Si una empresa privada norteamericana estuviese en condiciones de hacer obras de infraestructura en América Latina o cualquier otra parte, difícilmente el Senado aceptaría que se hicieran con el dinero de los contribuyentes.

Dijo que su principal preocupación era apurar durante su administración los mecanismos burocráticos que, a veces, trababan los programas de asistencia económico-financiera, pero en lo que dependía del Congreso debía limitarse a usar su influencia, “y la mía no es muy grande, porque no me llevo del todo bien con los senadores, incluso con algunos de mi propio partido”.

Dejando de lado la Alianza para el Progreso y entrando de lleno en la relación bilateral, Kennedy, quien evidenció estar muy bien informado, expresó que “los esfuerzos del gobierno de Frondizi para acelerar el desarrollo económico eran de importancia fundamental no sólo para la Argentina, sino asimismo para los Estados Unidos y la América Latina. Para los Estados Unidos, porque hace al interés nacional que países como la Argentina logren sus objetivos económicos en un marco de libertad y plena vigencia de la democracia representativa y de los derechos consagrados en la Constitución. Para la América Latina, porque el ejemplo argentino será imitado por otros gobiernos y ello será el mejor antídoto contra las ideologías extrañas que tratan de infectar al continente”. “Por eso —aseguró— su éxito será nuestro éxito y desde ahora quiero comprometer el apoyo sin reservas del gobierno norteamericano y sin límites en cuanto a la ayuda que podamos proporcionarle”.

 Visiblemente conmovido por esa categórica afirmación de fe por parte del líder de la superpotencia, y por lo que podría resultar de provechoso para su gestión económica, el Presidente argentino le agradeció esas palabras y su buena voluntad política, señalando que tanto en esa materia como en otras de igual trascendencia quería tener la posibilidad de mantener con él un contacto frecuente y directo, sin la participación del embajador norteamericano en Buenos Aires, Roy Rubbotom, que intervenía sin cesar en los asuntos internos argentinos.

Kennedy le respondió que le parecía sumamente conveniente tener un diálogo fluido por teléfono, “pero cuando tenga algo realmente reservado que decirme, hágalo a través de esta persona”, aclaró, al tiempo que escribía un nombre y algo más en una tarjeta que entregó en mano a Frondizi. En cuanto al embajador Rubbotom, manifestó su convencimiento de que se trataba de un buen profesional, pero que, en razón de lo expuesto, procedería a reemplazarlo por otro de su más entera confianza.

Se habían abordado cuestiones de gran importancia, pero la conversación no se agotaba. En el orden internacional, Kennedy quería conocer la opinión de Frondizi acerca de la situación en el Brasil y la impresión que le había causado el primer ministro Nehru en su reciente visita a la India. Respecto de esto último, nuestro presidente se despachó a voluntad. Con Nehru, en las dos oportunidades en que departieron durante varias horas, habían analizado, entre diversos temas, las características nacionalistas y anticolonialistas de los movimientos asiáticos, como los de Ho Chi Min en Vietnam y Sukarno en Indonesia; el peligro que China constituía para la India, especialmente desde que se descontaba que en un breve plazo contaría con armas atómicas propias; el ingreso de China comunista a las Naciones Unidas; las relaciones indo-soviéticas y varios otros aspectos de la política exterior de Nueva Delhi.

 Frente a frente se encontraban dos hombres, dos dirigentes, dos personalidades distintas. Por un lado, el argentino, político experimentado que exponía impecablemente sus sólidos fundamentos; por el otro, el joven presidente norteamericano, carismático, intuitivo y pragmático, más interesado en resultados que en incursionar en las teorías. A pesar de sus diferencias, era obvio que se tenían recíproca simpatía, admiración y respeto.

La conversación privada insumió exactamente una hora y cuarenta minutos. Con aire satisfecho, los presidentes salieron al jardín para unirse a la comitiva y tomar algunos refrescos, mientras los fotógrafos los retrataban. Se me acercó entonces Robert Woodward, pidiéndome que le hiciera un informe lo más completo posible sobre lo tratado entre Kennedy y Frondizi, ya que por el lado norteamericano no había asistido ningún funcionario. Desde luego le dije que no me sentía autorizado para ello, ya que la conversación había sido a solas y mi desempeño se había limitado a la traducción y no a tomar notas. Volvió a insistir varias veces hasta que no tuve más remedio que sugerirle que lo hablara con Kennedy. Cabizbajo, Woodward reconoció que por ese medio nunca llegaría a saber sobre qué habían conversado.

Al rato pasamos todos a almorzar. Después del café nos dirigimos a los automóviles para emprender el regreso al aeropuerto. Kennedy acompañó a Frondizi durante todo el trayecto, y finalmente ascendió al avión para despedirlo. Allí se dieron un fuerte apretón de manos, seguido de un cordial abrazo.

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Fue la última vez que los dos presidentes estuvieron juntos. Arturo Frondizi fue depuesto y detenido en la isla Martín García en marzo de 1962. John Fitzgerald Kennedy fue asesinado en Dallas, Texas, en noviembre de 1963, en circunstancias que hasta ahora no han sido del todo esclarecidas.

Los acontecimientos relativos a Cuba siguieron un curso que no era el que el gobierno argentino había propiciado. En la Conferencia de Cancilleres, misteriosamente, apareció el voto número 14, el de Haití, y se aprobaron resoluciones que contaron con la abstención o el voto en contra de los principales países de América Latina. Fue una victoria pírrica. Tal como habíamos previsto, la unidad interamericana se vio fracturada.

 La posición sustentada por la Argentina sirvió de pretexto para que los sectores más intransigentes y levantiscos de las Fuerzas Armadas comenzaran a preparar el terreno para derrocar al presidente constitucional de los argentinos. Cincuenta y un años más tarde, Fidel Castro sigue en el poder, a pesar del colapso del régimen comunista en la Unión Soviética. También a este respecto las previsiones argentinas se cumplieron en su totalidad. La Alianza para el Progreso sólo tuvo un incipiente principio de ejecución y, muerto su inspirador, quedó eliminada de las políticas de la Casa Blanca.

Palm Beach debió haber sido un hito vital en la relación Estados Unidos-Argentina. Lamentablemente, el promisorio futuro que para nuestro país implicaban los compromisos asumidos por el presidente Kennedy no pudo concretarse. Los ultras no dejaron que ello sucediera y el reloj de la historia se detuvo para la Argentina.”

Fuente: extracto del libro “Confidencias diplomáticas” del embajador Carlos Ortiz de Rozas.

Carlos Ortiz de Rozas

Embajador. Fue consejero de la misión permanente ante la ONU entre 1959 y 1961 t director de política del Ministerio de Relaciones Exteriores entre 1961 y 1962. Presidió dos veces el Consejo de Seguridad de la ONU.

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