Desarrollismo clásico: los objetivos fundamentales

Primer capítulo del manual de introducción al desarrollismo clásico. El concepto de nación, el rol del Estado y la pregunta fundamental “¿Qué nos hace más Nación?”

Rogelio Frigerio y su grupo de estudios veían una Argentina perdida, sin rumbo coherente, que había ido de un extremo a otro a lo largo de su historia, entre políticas de gobiernos liberales y populistas. Compartía esta inquietud con un grupo de jóvenes políticos liderado por Arturo Frondizi. De esa coincidencia surgiría la linea política que luego sería llamada desarrollismo. Los desarrollistas creían que la tarea de construir una nación, que había sido llevada a cabo por Belgrano, Moreno, San Martín, Rosas, Pellegrini, Yrigoyen y Perón, estaba inconclusa. Y lo peor era que no se estaba dando la pelea en el terreno determinante: el del desarrollo. El objetivo era que Argentina fuera una nación, pero no solo nominalmente:

“El objetivo principal es construir la nación. Una nación es mucho más que un territorio gobernado por un Estado. Una nación es una entidad política capaz de integrar socialmente al pueblo democratizando el acceso a todas las oportunidades espirituales, materiales y culturales, capaz de integrar geográficamente el territorio, suprimiendo los desequilibrios y la marginación de vastas regiones, capaz de integrar la economía, superando los estrangulamientos internos y externos que impiden su crecimiento y generan dependencia” (Carlos Pellegrini Industrialista; libro de Arturo Frondizi).

El desarrollismo tenía como meta que Argentina se convirtiera en una nación donde sus habitantes pudieran vivir en paz, prosperar y realizarse en plenitud. Una nación respetuosa y respetada por sus vecinos, sin ambiciones hegemónicas, pero capaz de hacerse oír en el concierto de las naciones. Argentina tenía recursos naturales y una población talentosa; un enorme potencial. ¿Qué frenaba esa prosperidad? ¿Cuales eran las condiciones de la victoria, es decir, el camino para dejar atrás la frustración de ser el país que siempre promete, pero nunca alcanza su destino? ¿Por qué Argentina no está entre las economías más avanzadas del mundo? Estas eran las preguntas que intentaban responder Frigerio y su grupo de estudios, los objetivos fundamentales en torno a los que construyeron una lectura del mundo de aquel entonces.

La evidencia histórica demostraba que ningún Gobierno argentino había logrado romper con las condiciones de dependencia y subdesarrollo económico. Incluso la experiencia peronista, aunque había logrado grandes avances sociales, no había sentado las bases del desarrollo. Y sin ese desarrollo, concluyeron, la justicia social sería efímera. Como finalmente ocurrió. Las recetas liberales de la Revolución Libertadora no eran una respuesta y agravaron la crisis del país. El camino tenía que ser otro, el mismo que con sus particularidades habían recorrido las naciones ya entonces desarrolladas:

“Si dejamos de lado las intenciones de una minoría ligada a intereses contrarios al desenvolvimiento independiente de nuestro país y que especula con la división argentina, la Nación en su conjunto marcha detrás de un solo objetivo básico: convertir a la Argentina en una potencia moderna, de altos niveles espirituales y materiales de vida” (Estrategia y táctica del movimiento nacional; libro de Arturo Frondizi).

La nación y la condición nacional

El integracionismo desarrollista basó su análisis de la situación argentina en una metodología orientada en torno a la cuestión nacional. A diferencia de hoy, cuando surgieron estas ideas había un auge del nacionalismo, tanto en Argentina como en el resto del mundo. El nacionalismo era una fuerza poderosa, capaz de movilizar a las masas en países democráticos como EE UU y Gran Bretaña, pero también en regímenes totalitarios y xenófobos como el Tercer Reich.

El pensamiento del desarrollismo clásico está escrito con una óptica de esa época, con lenguaje propio de esa forma de entender el mundo, pero lejos de las consignas patrioteras o xenófobas, intentaba movilizar el sentimiento nacionalista hacia la construcción de una sociedad avanzada y moderna. Concebía, de hecho, a la Nación como una categoría histórica con un comienzo concreto en el tiempo y un posible final, cuando evolucionara hacia otra forma de organización social. Era nacionalista, porque consideraba que la nación en ese contexto histórico era el ámbito idóneo para desarrollar la vida de cada comunidad y eran las economías nacionales los ámbitos donde los hombres podían progresar y realizarse:

“Por un lado el desarrollo se justifica a sí mismo como el camino conducente a la realización de la Nación y por ende, dado que la Nación es el marco de la organización de las sociedades de nuestro tiempo, conducente a la realización del hombre, es decir es un instrumento de un fin político y humano superior” (Rogelio Frigerio).

La nación era, por lo tanto, punto de apoyo teórico para realizar la lucha contra el atraso. Una categoría amplia, que abarcaba al conjunto de los argentinos. El subdesarrollo degradaba las fuerzas productivas del país y perjudicaba a todas las clases y sectores del país. El desarrollismo se oponía, por lo tanto, al concepto marxista de la lucha de clases, que es por definición internacionalista, y le contraponía la idea de la alianza de clases y sectores:

“En nuestros países subdesarrollados, la transformación revolucionaria del atraso y la dependencia pasa por la afirmación espiritual y material de la condición nacional, y es una meta en la que converge el interés no ya de un grupo social determinado, sino del conjunto de las clases y sectores de la comunidad.” (El Movimiento Nacional; libro de Arturo Frondizi).

El desarrollo era, por lo tanto, una lucha. Y en consonancia con la retórica de la época, estaba planteada como una lucha de liberación nacional. Pero, ¿liberación de quién? Del subdesarrollo, la pobreza y el atraso que condenaban al pueblo argentino. Por eso, Arturo Frondizi definía como objetivos del este combate:

  • La rápida equiparación del nivel de vida con el de los países desarrollados
  • La democratización del acceso a la cultura y el bienestar
  • El desenvolvimiento armónico de todas las regiones del país
  • El enriquecimiento de los principios culturales y espirituales de la nación
  • Una política exterior que sea reflejo e instrumento de estos objetivos

El concepto de liberación nacional hoy parece pasado de moda, pero la formulación inteligente de los objetivos sigue teniendo vigencia.

El Estado, instrumento de la nación

Los promotores del liberalismo radical planteaban a mediados de siglo la necesidad de limitar el papel del Estado. A diferencia de hoy, entonces sus ideas tenían menos recepción entre políticos y economistas. La experiencia demostraba que en todos los países entonces económicamente avanzados el Estado había tenido un rol fundamental en la promoción del desarrollo:

“El Estado Nacional es el instrumento con que cuenta la nación que debe aún realizarse para poder dar el salto que supone pasar de la condición de país dependiente a la concreción de un grado suficiente de autodeterminación que le posibilite regir su propio destino” (Ciencia, tecnología y futuro; libro de Rogelio Frigerio).

Esto no significa que el desarrollismo apostara por una economía planificada al estilo soviético, un modelo que gozaba con cierta popularidad en aquella época. El papel del Estado tenía que ser el de impulsar y guiar el desarrollo por medio de estímulos económicos y respetando las libertades de los ciudadanos. La clave del Estado era definir las prioridades del desarrollo y el camino para alcanzarlo, pero con herramientas similares a las de las economías mixtas europeas de aquel entonces.

¿Qué nos hace más Nación?

El desarrollismo surgió como la respuesta a una situación determinada del país. No existen axiomas ni dogmas desarrollistas inamovibles. Lo que permanece vigente es el método desarrollista, una forma dinámica de interpretar la realidad en cada momento histórico, que trata de responder en forma coherente y lógica a los problemas del país. Se articuló en su forma original en torno a la pregunta: ¿Qué nos hace más Nación? Respondía al lenguaje del contexto y también a la necesidad de contraponer argumentos sólidos a cierto tipo de patrioterismo que con una retórica nacionalista se oponía a las políticas de desarrollo:

“¿Qué nos hace más Nación? Esa es la pregunta básica a partir de la cual desgranamos los temas. ¿Nos hace más nación la actividad excluyente de YPF, o que la empresa estatal ejecute la política petrolera dando participación al capital privado? ¿Nos hace más Nación importar bienes básicos o utilizar capitales extranjeros junto con los nacionales para producirlos aquí y movilizar nuestros recursos? ¿Nos hace más Nación dividir las tierras, con lo que limitamos las posibilidades de incorporar tecnología moderna, o capitalizar el agro y aumento de la producción? ¿Nos hace más Nación un sector público sobredimensionado o un Estado adecuado a la realidad del país y con fuerza para orientar el proceso económico e imponer los objetivos nacionales? Así a través de esas preguntas y de las consiguientes respuestas, fue surgiendo un programa totalmente novedoso que aún mantiene vigencia justamente porque el país sigue todavía sin resolver la crisis de subdesarrollo” (Cuando fuimos gobierno; libro de Rogelio Frigerio).

Hoy podría reformularse la pregunta como: ¿Qué es mejor para el país? Una versión menos ideológica que la original, pero que cumple la misma función. Es cierto que cambió el lenguaje político y ya no se habla como en 1960 (aunque hay anacronismos aún resisten en el debate público),  pero muchas de las ideas que servían para justificar la oposición al desarrollo siguen vigentes. Por eso el método desarrollista sigue siendo válido, no solo para comprender la naturaleza de los problemas, sino para rebatir los falsos argumentos contra el desarrollo.

“¿Nos es posible interrogarnos sobre qué nos hace fuertes y qué nos debilita. ¿Nos hace fuerte el librecambio o, como se dice ahora la apertura de la economía? ¿O nos hace débiles? ¿El desarrollo debe encararse en función de consolidar el mercado interno o debemos acentuar la integración de nuestro aparato productivo a los mecanismos transnacionales despreocupándonos de proteger a nuestros productores? ¿Podemos afirmar la Nación promoviendo las exportaciones en condiciones de deterioro de la relación de intercambio? ¿La producción agraria es suficiente para satisfacer las necesidades de la comunidad? ¿Es posible la expansión del agro sin la industrialización, sin el marco del desarrollo? ¿El problema del agro es la propiedad de la tierra, es remover formas jurídicas feudales o es extender el desarrollo a todo el universo de los sectores productivos? ¿Es posible rechazar las inversiones extranjeras o hay que admitirlas? ¿En qué sectores productivos las inversiones nacionales o extranjeras son conducentes para el cambio de la estructura productiva? ¿Es prioritario desarrollar las industrias básicas? ¿La integración nacional es previa a la integración regional? ¿Las regiones interiores, las provincias, pueden desarrollarse si la “Nación no se desarrolla? ¿Cuál es el rol del Estado? ¿Está encerrado en la opción de sustituir con desventaja la actividad privada o de ser neutral? ¿O puede estimular la actividad privada sin dejar librado a su espontaneidad el proceso económico, es decir orientándolo conscientemente conforme a las prioridades del desarrollo nacional? El planteo de esos interrogantes y cuestiones no es un ejercicio intelectual ocioso. Es la clave de la realización de las grandes metas nacionales. A ello debe servir la teoría económica y la historia económica como elementos interdependientes dentro de la ciencia, como elementos que se nutren mutuamente y nutren la lucha  nacional” (Síntesis de la historia crítica de la economía argentina; libro de Rogelio Frigerio)

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