La inestabilidad política pone en jaque el parlamentarismo europeo

La repetición de las elecciones en España y la crisis política en Italia evidencian la fragilidad del parlamentarismo europeo

Parlamentarismo
El líder de La Liga, Matteo Salvini, saluda a sus simpatizantes en un mitin político en Italia. Facebook.

En Italia se dice que los gobiernos empiezan y terminan en el Parlamento. Y la mayoría de las veces es cierto. Es frecuente el cambio de gobierno sin el paso por las urnas. Tras el final de la Segunda Guerra Mundial, los italianos decidieron vivir en una república en el plebiscito de 1946. Desde entonces, hubo 19 elecciones generales, pero pasaron 44 primeros ministros por el Palacio Chigi, con repeticiones como las de Amintore Fanfani, Silvio Berlusconi o Giuseppe Conte, actualmente en el cargo. La diferencia se debe a que se trata de un sistema parlamentario, en el que los ciudadanos votan a los legisladores y estos luego eligen al Ejecutivo. El mecanismo varía en cada país, pero en todos los casos el candidato a jefe del gobierno debe reunir una mayoría en la cámara baja o al menos conseguir más votos a favor que en contra para ser investido.

La tormenta política que se desató en agosto en Italia todavía no ha llegado a su fin. Matteo Salvini, líder del partido xenófobo La Liga, provocó la crisis tras pedir el adelantamiento de las elecciones y presentar una moción de censura contra su propio gobierno. Salvini ocupaba el Ministerio del Interior, plataforma que aprovechó para posicionarse como el político más popular del país, en un gobierno de coalición con el inclasificable Movimiento 5 Estrellas (M5S).

La inestabilidad actual en el país es consecuencia de la atomización política. Las elecciones de 2018 ubicaron al M5S como el primer partido de Italia, con el 32,7% de los votos; reflejaron el ascenso fulgurante de la Liga hasta el 17,4%, cuatro veces más que en 2013; y relegaron a los partidos de Silvio Berlusconi, Forza Italia, y de Matteo Renzi, Partido Demócrata (PD), a un segundo plano. 

El M5S es un movimiento antisistema que hizo su aparición en la escena política italiana en 2009 de la mano del humorista y bloguero Beppe Grillo y el emprendedor web Gianroberto Casaleggio. En menos de 10 años trepó hasta la cima del poder. Actualmente es liderado por el joven Luigi di Maio, que tras las elecciones del año pasado acordó un gobierno de coalición con Salvini, a pesar de la aparente incompatibilidad ideológica. Los partidos de Di Maio y Salvini se repartieron los cargos del Gobierno y eligieron al profesor de derecho Giuseppe Conte como primer ministro. Las idas y vueltas, en especial en el tema de la inmigración, que Salvini considera la raíz de todos los problemas italianos, generaron un sinfín de roces constantes.

El líder de la Liga movió en agosto las piezas. Para aprovechar su popularidad —las encuestas de opinión le asignan un 30% de intención de voto ante unas eventuales elecciones— pidió ir a las urnas y presentó la moción de censura. La alianza entre la Liga y el M5S se quebró. Pero en un giro que Salvini no esperaba, Di Maio cerró  un acuerdo impensado con Nicola Zingaretti, secretario del PD, que hasta hace poco era su peor enemigo, y Conte presentó su renuncia el 20 de agosto, pero el 5 de septiembre volvió a jurar como primer ministro ante el presidente, Sergio Mattarella. Salvini quedó aislado y fuera del Ejecutivo.

La incompatibilidad entre el PD y el M5S en nítida. Ahora falta saber cuánto va a durar el nuevo gobierno.

Nuevas elecciones en España

El expresidente español Felipe González vaticinó en 2015 la italianización de la política española. “Pero sin italianos que la gestionen”, ironizó entonces. Se refería al fin del bipartidismo y las mayorías parlamentarias de un solo partido. El tiempo la dio la razón. Pero mientras que en Roma la negociación entre las formaciones evitó que la atomización paralizara el Gobierno, no pasa lo mismo en Madrid. El 10 de noviembre se repetirán las elecciones generales como como consecuencia de la incapacidad de la dirigencia política para llegar a un acuerdo de investidura. Será la cuarta elección general en cuatro años.

El socialista Pedro Sánchez se hizo con a la presidencia en 2018 tras una moción de censura contra Mariano Rajoy, salpicado por los casos de corrupción del Partido Popular (PP). Sánchez llegó a La Moncloa con el respaldo del grupo parlamentario propio (PSOE), Unidos Podemos, Compromís, Nuevas Canarias y facciones nacionalistas como ERC, PDeCAT, PNV y Bildu. Una alianza inestable, unida para desalojar a Rajoy del gobierno.

La imposibilidad de aprobar los presupuestos de 2019 aceleró la convocatoria a las nuevas elecciones, que se celebraron en abril y que el PSOE ganó con claridad, pero sin alcanzar el número de escaños suficientes para formar un gobierno en solitario. A pesar de las arduas negociaciones entre el PSOE y Unidas Podemos, partido liderado por Pablo Iglesias, no se logró una posición común. Y eso desembocó a un nuevo llamado a elecciones.

Italia y España ponen en evidencia la fragilidad del sistema parlamentarista, más flexible que el presidencialista y propenso a los acuerdos entre los grupos políticos, pero vulnerable a la fragmentación del legislativo. 

Entonces, ¿funciona el sistema? El caso alemán confirma que sí. Desde 2009, gobierna la Gran Coalición, una alianza entre la CDU de Angela Merkel y los socialdemócratas de la SPD. Tras las elecciones federales de 2017, y a pesar de que el candidato de la izquierda, Martin Schulz, había prometido en campaña que no reeditaría el acuerdo con la derecha, los dos bloques llegaron a un entendimiento y siguen gobernando en conjunto.

El tiempo dirá si Alemania es un ejemplo a imitar, o solo una excepción y la inestabilidad llegó para quedarse en la política europea.

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