Qué: “Industria argentina y desarrollo nacional”

*) Por Arturo Frondizi.

“La Argentina se encuentra ante una encrucijada de su desarrollo económico. Hoy nuestro país está frente a dos caminos que desembocan en dos diferentes perspectivas económicas.

Uno es el mantenimiento de una producción preferentemente agropecuaria, aun a costa de nuestro progreso industrial y de la concentración de toda la potencia económica argentina en un radio de 300 kilómetros con centro en el puerto de Buenos Aires.El otro es la promoción conjunta de toda su economía, reconociendo el alto rango de la actividad agropecuaria pero completándola con las tareas industriales, la explotación de las demás fuentes de riqueza, el despertar de las regiones atrasadas, la creación de centros económicos en todas las latitudes del país: en suma, la conjunción armoniosa de la industria, la minería y el agro.

El primer camino reserva a la Argentina el papel de apéndice agrario de las potencias manufactureras, favorece la deformación del país y deja sin utilizar muchos de los recursos materiales y humanos que componen el patrimonio nacional.El segundo camino conduce a la estabilidad económica, al aprovechamiento ordenado de todos los recursos en las varias facetas del prisma económico y a la integración del ser nacional. Aquél nos devuelve a un pasado histórico modelado por artífices extranjeros valiéndose de manos argentinas: la vieja oligarquía. Éste nos abre el horizonte de un porvenir generoso, amasado con nuestras propias manos.

De la política económica que adoptemos dependerá, pues, el desenvolvimiento o la frustración de posibilidades inmensas. Si la Argentina ha quedado rezagada en el proceso de desarrollo económico mundialmente acelerado desde mediados del siglo XIX y que transformó la fisonomía de Occidente, no ha sido por carecer de recursos materiales y humanos, por cierto, sino por la actitud negativa de sus viejas clases dirigentes.

El extraordinario nivel alcanzado por Estados Unidos en la misma época en que en Argentina comenzaban a despertar sus fuerzas productivas, es la demostración más acabada de lo que aquí habría podido hacerse si nuestros dirigentes, orientándose en una política de sentido nacional, hubieran tendido al aprovechamiento autónomo y racional de nuestros abundantes medios rentísticos, en lugar de preferir una postura de mero complemento alimenticio respecto de los países europeos industrializados.

La referencia al caso norteamericano es imperiosa. La similitud de clima y de recursos naturales entre ambos países permitía esperar en el nuestro un desarrollo estructural simétrico, aunque proporcionado a nuestra menor dimensión en territorio y población. Pero la comparación del crecimiento operado, fuertemente dispar, no guarda relación alguna con aquellas bases económicas.

Al cabo de casi un siglo, nuestro país sigue aún a la defensiva, sometido a criterios que plantean al porvenir nacional una falsa disyuntiva, como si nuestra opción sólo consistiera en subordinarnos a una potencia europea o a una americana. Sin embargo, la Argentina posee todo lo necesario para ser un país grande y próspero, que asegure a su pueblo un muy alto nivel de vida. Podemos alcanzar lo que lograron Estados Unidos y Canadá con recursos naturales como los nuestros y lo que Gran Bretaña, Suiza o Japón, con menos territorio y menos recursos naturales que nosotros, supieron también lograr. Es fundamental tener presente la realidad histórica. Esa realidad nos dice que el proceso de la transformación económica, técnica y social conocida bajo el nombre de “revolución industrial”, no ha concluido. Por el contrario, todo autoriza a afirmar que está comenzando a difundirse en escala mundial. Como se sabe, ese proceso consistió en abandonar el artesanado y la explotación agrícola familiar y autosuficiente y sustituirlos por el sistema fabril, la maquinaria y la energía mecánica. Se equivocan quienes lo conciben solamente como un episodio o tendencia que produjo grandes cambios en la Inglaterra de hace poco más de un siglo y que algo más tarde tomó fuerzas en Norteamérica, Alemania, Japón y otros países; como algo concluido y de lo cual ya no pueden esperarse más cambios.

La realidad es otra. La revolución industrial es un hecho en marcha, que prosigue y crece con más fuerza en cada generación. Vivimos una nueva era de maquinismo, producción en masa, automatismo fabril y captación de nuevas energías, que está modificando la naturaleza de todos los problemas económico-sociales. Esa era, que a nosotros también nos rodea y nos empuja, apenas empieza a afirmarse ahora, a mediados del siglo XX. Nuestra generación advierte que todos los países del mundo situados en la periferia económica, procuran activamente su desarrollo económico y que los pueblos latinoamericanos y las naciones asiáticas están realizando ingentes esfuerzos para integrar sus estructuras productivas.

Puede sostenerse que el gran problema de este momento histórico es, precisamente, el “desarrollo de los pueblos no desarrollados”. Desarrollo que no quiere decir mero aumento de la producción primaria, sino diversificación interna de la producción total. La Argentina no puede quedar al margen de esa tendencia universal, pues ello importaría su autodestrucción, su suicidio económico. Es, pues, la propia estructura del mundo en que vivimos la que nos impone plegarnos a ese movimiento, para no quedarnos atrás.

Solamente necesitamos proponernos esa meta y poner toda nuestra capacidad, nuestra inteligencia y nuestro patriotismo a su servicio. Tenemos que ir limpiamente a los hechos y despojarnos de prejuicios, versiones interesadas y complejos de inferioridad. […]”


Extracto de  “Industria argentina y desarrollo nacional”- Ediciones Qué, 1957, pp. 19-23.

Fuente: 218 BIBLIOTECA DEL PENSAMIENTO ARGENTINO / VI Carlos Altamirano Bajo el signo de las masas (1943-1973)

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