Nuevos paradigmas económicos

*) Por Luis María Ponce de León.

Cuando en el Consejo Profesional de Ciencias Económicas recibimos la inquietud de participar en la organización de esta jornada, abrazamos con mucho entusiasmo la idea, porque entendemos que las universidades y las entidades profesionales son quienes están en mejores condiciones para promover el debate objetivo. Las universidades y las entidades profesionales no deben estar comprometidas ideológicamente, ni representar intereses sectoriales. De modo tal que son estas entidades quienes deben estar a la cabeza de la promoción del debate sobre los temas de interés nacional.

No es fácil hablar de economía y dejar de lado la coyuntura; igualmente, voy a tratar de desarrollar el tema soslayando las cuestiones que tienen que ver con la coyuntura económica.

Me voy a referir a algunas cuestiones muy usadas en el lenguaje cotidiano, frases que se utilizan, y que me parece necesario precisar, porque no creo que todos digan o quieran decir lo mismo cuando se refieren a ello.

Es usual que se hable de que estamos ante una “oportunidad histórica”. Dirigentes políticos, economistas, columnistas especializados, suelen hacer referencia a que estaríamos frente a una “oportunidad histórica”. Entonces, me parece oportuno preguntarnos: ¿qué entendemos por oportunidad histórica? Cuando están pensando en ello, ¿están pensando todos de la misma manera?

Vamos a definir entonces, para ir enmarcando el análisis, qué sería una oportunidad histórica: significa que existen condiciones internacionales favorables para impulsar políticas nacionales que pongan al país en el camino del desarrollo. Esta definición nos colocaría en el marco adecuado a los efectos de poder examinar el tema. Aquí hay tres conceptos fundamentales, que son: las condiciones internacionales, las políticas nacionales, y el concepto de desarrollo.

En la exposición inicial, se hizo referencia a que el desarrollo es uno de los objetivos del milenio. Es decir, que es un tema que no sólo trasciende los objetivos de las naciones, sino que pasa a ser un objetivo de la humanidad. Entonces, vamos a pensar por qué las oportunidades históricas no están a la vuelta de la esquina, por qué no se presentan todos los días.
En la historia argentina no son muchas las situaciones, los períodos, donde habrían podido converger todos estos conceptos. Seguramente, el primer período fue el iniciado alrededor de 1880, donde Argentina, a partir de la incorporación de la Pampa húmeda, se inserta dentro de la División Internacional de Trabajo, generándose un período de prosperidad importante. Pero desgraciadamente, los grandes excedentes que se generaron en ese período no se canalizaron hacia una política de desarrollo nacional que se consolidara a lo largo del tiempo; la crisis de los años ’30 sepultó definitivamente este proceso.

En 1945, con la posguerra, nos encontramos con la segunda gran oportunidad histórica. Les voy a leer un párrafo de Paul Samuelson que me quedó muy grabado en la memoria: “En 1945 yo ya era un experto en economía. Supongamos que alguien me hubiera formulado la pregunta ¿qué países crecerán más rápido en los próximos 50 años, antes que termine el siglo? Argentina, me hubiera aventurado a decir, está a punto de lograr un avance importante en la innovación de la productividad. Un avance que la pondría a la par de Estados Unidos, Canadá, Francia y Alemania.”

Evidentemente, el propio Samuelson reconocía haber fracasado en su predicción, y es evidente que no se siguió ese camino. En ese mismo período, en el año 1958, con el advenimiento del gobierno del Dr. Arturo Frondizi, hubo una correcta lectura de las tendencias internacionales que llevó a que se intente promover un proyecto nacional en consonancia con esas tendencias. Lamentablemente, ese proyecto, como todos ustedes conocen, fue impedido de continuidad muy rápidamente, y quedó simplemente como una intención de una gran experiencia histórica frustrada.

A comienzos de la década de los noventa se abriría el tercer período. ¿Por qué? Porque se produce el colapso de la Unión Soviética, cae el muro de Berlín, se inicia un período con características particulares donde el proceso de globalización alcanza una gran aceleración y se expande por casi todo el planeta.

¿Qué pasó en la Argentina cuando se inicia este período? En la Argentina estábamos enfrascados en una lucha contra la inflación, veníamos del período hiper-inflacionario y en el año 1991, el objetivo principal era la estabilidad; entonces, se inicia un nuevo período a partir del llamado “Programa de Convertibilidad”, que en un comienzo es exitoso a los efectos de combatir la inflación, se regulariza la situación de la deuda a través del Plan Brady y se abren nuevamente los mercados internacionales de crédito; también se avanza en un singular proceso de privatizaciones donde se canalizan importantes inversiones extranjeras.

Con el transcurso del tiempo, mantener el modelo de convertibilidad se convirtió en un objetivo en sí mismo y, además de ser un instrumento de política económica, pasó a ser una bandera política. Argentina pasó a caminar a contramano de lo que venía ocurriendo en el mundo; el endeudamiento externo fue el principal sostén del modelo hasta que terminó en la más profunda crisis que hemos conocido.

A partir de nuestra crisis –nos referiremos un poco más adelante a ello–, la nueva política económica encuentra condiciones internacionales excepcionales, a partir del alza de los commodities a precios inusuales; ésto es lo que parece situarnos ante una “oportunidad histórica”.

Hasta aquí, hemos recorrido una breve descripción del escenario internacional; a continuación veremos la interrelación entre las políticas nacionales y el objetivo del desarrollo; consideraremos el período de 1983 en adelante.

El desarrollo no ha sido una prioridad a lo largo de estos años, ni de la sociedad ni de la dirigencia política. En el ’83, la prioridad era la recuperación institucional, la recuperación de los valores democráticos; mientras que el desarrollo era algo que estaba en un plano inferior como objetivo. Esto tenía su justificación natural, porque veníamos de un período, los años de la dictadura, donde justamente habían estado cercenadas las libertades individuales.

En el ’89, este período termina, interrumpiéndose abruptamente, como todos ustedes saben, con el proceso de hiperinflación. Es entonces cuando el objetivo de la sociedad y de la dirigencia política fueron dar respuesta al problema de la hiperinflación. La estabilidad pasó a ser entonces el objetivo principal y el desarrollo una vez más quedaba relegado.

En 1999 aparece un nuevo concepto, mientras la sociedad pretendía el continuismo de la política como una expresión voluntarista, pensando que el régimen de convertibilidad podría continuar eternamente. El elemento distintivo fue la propuesta de luchar contra la corrupción existente por esos años; se ponía, entonces, el tema de la moral como uno de los objetivos fundamentales. De modo que el tema del desarrollo seguía ausente del debate.

Pero llegó la crisis. Y a partir de la crisis y que los indicadores económicos y sociales fueron dramáticamente negativos, entonces sí aparece como prioridad el objetivo del desarrollo, con distintos matices y preconceptos.

Muchos hablan de desarrollo, pero ¿se entiende el concepto de desarrollo de la misma manera? Veremos cómo es que hay diferentes enfoques. Cierto es que en la literatura económica, la definición de desarrollo no es un concepto fácil de encontrar. Lo que sí vamos a encontrar es la definición de subdesarrollo. Probablemente es mucho más fácil explicar el subdesarrollo porque es lo que lo palpamos en forma directa, mientras que es mucho más difícil explicar el desarrollo pues, al no tenerlo con nosotros, es un concepto más abstracto.

Para los organismos internacionales, la terminología “desarrollo sustentable” ha sido corriente en los últimos años. ¿Qué es el desarrollo sustentable? Es la evaluación del comportamiento del crecimiento del Producto Bruto por habitante, juntamente con algunos indicadores sociales que hacen a las condiciones básicas de vida.
En la década del ’90 en la Argentina, algunos sostenían que el desarrollo era la consecuencia del crecimiento en forma continua. “Crecimiento más crecimiento más crecimiento”, es decir, un proceso cuantitativo, en algún momento determinado genera ciertos cambios cualitativos que hacen que un país sea desarrollado. Si un país crece hasta que en un momento alcanza el umbral mínimo del orden de los 20.000 dólares per cápita, entonces estaríamos ante un país ya que alcanzó el desarrollo.

En la década del 90 se lo denominaba “teoría del derrame”. Es decir, si hay crecimiento, a la larga, el beneficio debería ir cediendo a los distintos estamentos de la sociedad, porque existe un preconcepto según el cual difícilmente las grandes desigualdades puedan mantenerse a lo largo del tiempo.

Otro enfoque es el que se expuso en el llamado “Plan Fénix”. Allí, la definición de desarrollo es “crecimiento con equidad”, es decir, crecimiento con una justa distribución del ingreso. Mientras que en la “teoría del derrame” el mercado sería el impulsor del desarrollo, en este caso es la intervención del Estado quien debería posibilitar la equidad distributiva.

Con anterioridad algunos reconocidos pensadores habían hecho un aporte significativo a la teoría del desarrollo. Rogelio Frigerio, fue quien incorporó el tema al debate político y económico nacional en la década de los ’50, planteando que la contradicción principal a resolver era la existente entre el desarrollo y el subdesarrollo, por lo tanto, el objetivo prioritario de la política debía ser el despliegue de todas las fuerzas productivas, humanas y materiales en pos de ese objetivo. La presidencia de Arturo Frondizi enarboló estas banderas: “El desarrollo abarca la actividad económica, la educación, las expresiones espirituales, toda la vida social. En cuanto a concepción nacional, aspira a la grandeza del país y en cuanto concepción humana, su finalidad es dignificar a la persona como ser integral; y ni la nación ni la persona son entes económicos, sino que tienen un significado trascendente.” Diálogos con Frondizi Página 171.

Julio Olivera, por su lado, y siguiendo en cierto modo un criterio similar al de Frigerio pero con matices diferentes, hace una distinción entre crecimiento, desarrollo y progreso, entendiendo que el crecimiento es meramente cuantitativo, mientras que el desarrollo es un aspecto cualitativo aunque sólo económico.
El desarrollo es entonces, el crecimiento de la economía acompañado por transformaciones en la estructura de producción. El concepto de progreso, por otro lado, aparece como más amplio ya que trasciende los aspectos económicos e incorpora la satisfacción de ciertas apetencias sociales.

Amartya Sen, hacia fines de la década de los ’90 publicó su libro “Desarrollo y libertad”, donde siguiendo también esta línea de pensamiento, avanzó un poco más generando una concepción de desarrollo para presentarlo como “el proceso de expansión de las libertades fundamentales”.
“El desarrollo exige el destierro de las principales fuentes de privación de la libertad: la pobreza y la tiranía, la escasez de oportunidades económicas, las privaciones sociales sistemáticas, el abandono en que puedan encontrarse los servicios públicos y la intolerancia o el exceso de intervención de los estados represivos. Así, el objetivo del desarrollo sería poder conseguir que los individuos encuentren oportunidades económicas, que tengan libertades políticas, que participen de las fuerzas sociales y de las posibilidades que brindan la salud, la educación y el cultivo de las iniciativas.”

Hemos expuesto así un abanico conceptual amplio para dar cuenta de que, cuando se habla de desarrollo, lo primero que tenemos que preguntarnos es: ¿de qué estamos hablando?

Hemos ligado los tres conceptos fundamentales de la definición inicial acerca si estábamos o no frente a una oportunidad histórica: tener conciencia respecto de las tendencias internacionales; tener en claro cuál es el objetivo al que se apunta, en este caso al desarrollo; y poder definir entonces las políticas nacionales, que no son más que los instrumentos necesarios para poder lograr el objetivo.

A modo de ejemplo tomemos un caso práctico donde haya que tomar decisiones: el caso de qué hacer con el excedente fiscal respecto de un objetivo definido. En estos 5 años el excedente fiscal –no el superávit primario necesario para dar cumplimiento a las obligaciones, sino que el excedente fiscal que hubo por encima de esas pautas– alcanza un monto que supera los quince mil millones de dólares. Frente a la posibilidad de tomar decisiones en un sentido o en otro, había un conjunto de opciones.

Uno de los destinos podía ser el aumento de los salarios, de las jubilaciones, en fin, de los gastos corrientes del Estado, apuntando entre otras razones, a fomentar el consumo, pensando que el aumento del consumo es una necesidad de la política de crecimiento.

Una segunda opción es fomentar la obra pública. En este caso, vale la aclaración, sería sin planificación, ya que respecto de obra pública, las necesidades de infraestructura que tiene nuestro país son de tal magnitud que deberíamos tener una planificación con vistas a los próximos 20, 30 ó 40 años. Y no la tenemos; lo que se ha hecho en estos últimos años es ir tomando decisiones en función de otro tipo de prioridades. Así, nos encontramos con que hay provincias que realizan mucha más obra pública que otras, lo mismo ocurre con los municipios, lo cual está en relación con objetivos electorales y no con objetivos de política económica.

Otra alternativa, por ejemplo, sería disponer de un plan general de infraestructura en materia de comunicaciones, transporte y energía. Es indispensable en estos campos que existan fuertes inversiones, porque aún en la versión más optimista donde el país podría seguir creciendo a tasas importantes, la ausencia de la infraestructura necesaria, se convertirá en el principal obstáculo para ese crecimiento.

También se podría haber considerado la opción de que gran parte de ese excedente, de ese superávit no coparticipable, sea coparticipado con las provincias, y que las provincias cuenten entonces con una mayor cantidad de recursos para resolver por sí mismas y en función de sus prioridades el destino de los fondos.

Otro destino podría haber sido la cancelación anticipada de parte de la deuda pública, lo cual estaba dentro de las alternativas cuando se hizo la renegociación de la deuda, que podría haber servido para aliviar la carga futura que existe en materia de los compromisos internacionales, teniendo en cuenta que ya se está hablando de un nuevo canje de deuda para los próximos meses.

También, pudieron disminuirse los llamados “impuestos distorsivos”. Durante el ministerio del Dr. Lavagna, el impuesto al débito y al crédito bancario, que sin ninguna duda es un impuesto absolutamente distorsivo, donde las pequeñas y medianas empresas son las más perjudicadas, iba a a ser modificado, permitiendo ser computado como pago a cuenta de otros impuestos. Se hizo una sola vez y solamente el 10% del total que se abona de impuesto al débito y al crédito bancario puede ser utilizado como pago a cuenta.

Finalmente, se podría haber tomado, en función de un ranking de prioridades, una distribución del excedente en función de las distintas alternativas. Es decir, haber participado más de uno de estos conceptos simultáneamente.

Pero para esto es imprescindible saber hacia dónde vamos. Si tenemos en claro cuál es el objetivo, si precisamos cuál es el concepto de desarrollo al que aspiramos, si establecemos pautas objetivas para elaborar un plan estratégico, la toma de decisiones es muy sencilla. Lamentablemente, los objetivos que hemos tenido en estos años tenían seguramente en la mira logros mucho más cercanos y mezquinos, que inhiben la posibilidad de analizar si pudimos estar frente a una “oportunidad histórica”.

 Fuente: lmpdel.wordpress.com

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