Por qué ‘la grieta’ atenta contra el progreso argentino

grieta

Protestas frente al Congreso contra la reforma previsional de Macri. Francisco Uranga.

*) Por Alejandro Sábato.

Le dicen grieta. Es esa idea de que si mi adversario sostiene una posición, tengo que defender la contraria. Es la política de bandos. Es tan actual. No es algo que pase solo en Argentina; es global. Es pariente de la posverdad. ¿Es un problema o la política funciona necesariamente así?

La primera víctima de la grieta es el análisis desapasionado de la realidad. Quienes dicen defender A, creen en su interior que B lleva las de perder. No que la primera opción tenga mejores fundamentos, sino que la segunda no va a triunfar. O que la alternativa es el infierno. En tiempos kirchneristas se argumentaba que no apoyar todo lo que hacía el Gobierno era el camino de retorno a 2001; hoy, una crítica al Gobierno es equiparada con respaldar a corruptos y populistas. Si se lo analizara con base en las posibilidades de victoria o derrota, no sería un pecado. Incluso podría considerarse que es una buena táctica electoral reforzar esa forma de pensar. Pero lleva al resultadismo, al corto plazo, al bacheo de ideas. Inhibe la capacidad de analizar. Caemos en la contradicción cíclica y nos olvidamos de cosas tan básicas como el encadenamiento de ideas y procedimientos.

Hay una frase que es muy certera y engañosa: “El orden de las lámparas no altera el alumbrado”. Esto resulta lógico y cierto si las luminarias o faroles no se ven alterados y el foquito tres es colocado en la luminaria ocho o dos. Ahora bien, si uno se olvida de que las lámparas van en una luminaria, el orden de las lámparas alterará el alumbrado.  El conocimiento de las variables, la interacción entre ellas, qué cosas afectan a qué cosas y de qué manera, permite armar un plan lógico y realizable. Cualquier otra manera de proceder termina en el fracaso. Respaldarse solamente en el azar, a mi entender, es una pérdida de tiempo. Al azar se lo acompaña con conocimiento.

Optar por una corriente solamente por creer que la otra no va a triunfar, está muy emparentado con la frase de las lámparas. Uno al arribar a esta conclusión, por lo general, no ha analizado en profundidad ninguna de las dos corrientes. Entonces termina defendiendo lo indefendible y se vuelve contradictorio. Lo que dice, y lo que gobierna a uno, es el objetivo del triunfalismo. Sería una especie de ceguera de necio.

La lucha política alimenta los antagonismos. Forma parte de su esencia. ¿Existe un punto en el que esta rivalidad se transforma en un obstáculo para el progreso de la sociedad? El eje central es entender que un programa político está compuesto por infinitos propósitos, algunos más pequeños y otros más grandes, pero todos importantes y necesarios para lograr el objetivo final. Una escalera sin escalones carece de sentido. Una biblioteca sin libros es un adorno/objeto. Un auto sin nafta es un estorbo. Un programa de desarrollo sin objetivos y prioridades claros, una secuencia y un ritmo, es una entelequia. Y es imposible de definirlo sin un análisis realista de la situación actual del país. Justo lo que la grieta tiende a destruir.

Cuando Frondizi anunció el plan de estabilización de 1958, dijo: “Este programa es una ineludible e impostergable necesidad y si no lo hemos aplicado apenas nos hicimos cargo del gobierno ha sido, en primer lugar, porque una estabilización económico-financiera sin un enérgico impulso de desarrollo hubiera conducido a una economía de miseria y desocupación. Por eso fue previo poner en marcha el programa de expansión nacional, basado en la intensificación de nuestra producción de petróleo, carbón, siderurgia y energía. Lo contrario hubiera sido estabilizar un país postrado y estancado. Vamos a dar, en cambio, fundamentos estables a una economía en pleno impulso realizador, para que ese esfuerzo no fracase y para que la Nación Argentina se lance desde allí a la conquista de su grandioso futuro”. Es hermosamente claro lo que plantea. Primero hay que realizar una tarea, para luego poder realizar otra labor y de esta manera obtener lo deseado. Ejecutado de otra manera, el tiro saldría por la culata.

Los desafíos pendientes

Mientras el debate público se tensiona en torno a visiones incompatibles, los problemas estructurales del país siguen sin ser analizados en profundidad. Son ignorados, pero existen. Argentina es en los papeles un país federal. Pero el federalismo fracasó. No es lo mismo nacer en Berrotarán que en Palermo o en Catriel; y no por un tema de paisaje o gusto personal, claro está. ¿Cómo se puede revertir esta situación sin un plan de desarrollo minucioso y detallado? Es imposible.

Otros debates necesarios quedan entrampados en la dialéctica de amigo-enemigo que empobrece la discusión y bloquea soluciones superadoras. ¿Sirve de algo hacer cortes programados de energía y subir las tarifas —irrisoriamente bajas— de un servicio como la luz, que es básico aunque en algunos lugares del país sea un lujo? No. Sólo sirve, si es el primer paso para algo más, un objetivo dentro del programa. El tiempo dirá si sirvió o no. El enojo y la indignación de la gente son entendibles y lógicos, hasta un punto necesarios. Es indispensable estar tan atento al primer problema —abastecimiento y cortes—, como al segundo problema —reacción de la gente, pérdidas de la gente, complicaciones producidas—. Entre estos dos problemas, nace el tercero: la comunicación. ¿Es lo mismo decir habrá cortes de energía que no decir nada? ¿Da igual el momento y la forma en qué se diga? Claro que no. Es fundamental entender y no olvidar que este problema surge porque se busca una solución. Hay que hacer todo en dirección a esa solución.

El ejemplo de la energía es, al mismo tiempo, otra muestra del fracaso del federalismo. Y una medida de lo lejos que está el sueño de ser una nación desarrollada e integrada. La luz, a lo largo y ancho del país, es desde una utopía hasta un regalo.

En las últimas décadas Argentina ha vivido envuelta en pensamientos cortoplacistas, corrupción, relatos de universos paralelos, beneficios para unos pocos y cero planificación. Lo opuesto, lo ideal, es imposible de implementar hoy mismo. Como sociedad no estamos preparados para construir una alternativa 100% superadora a las opciones que nos llevaron al atraso actual. Cambiar la matriz del pensamiento político argentino requiere de una habilidad especial para romper con las trabas que nos impiden ver más allá. En cuanto al empantanamiento del debate público, la situación no es tan diferente a la que tuvo que afrontar Frondizi cuando llegó al gobierno. Entonces, en lugar de reforzar la antinomia peronismo-antiperonismo para captar votos, él intentó romperla y propuso una visión superadora. ¿Hace falta un Frondizi del XXI? Es una forma de verlo. Sin nombres propios, podríamos decir que lo que hace falta es un estadista comunicacional.

Alejandro Sábato

Ingeniero agrónomo. Máster en formulación de proyectos industriales y agroindustriales

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