Por qué no voté al kirchnerismo y no lo haría nunca

El kirchnerismo gobernó con condiciones económicas extraordinariamente favorables y desaprovechó la oportunidad histórica de transformar el país

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La expresidenta Cristina Fernández vota el domingo en las PASO, en Río Gallegos

Las PASO del domingo dejaron mucha tela para cortar. La grieta no solo se amplió más que nunca, sino que hizo erupción y largó lava. Es un momento ideal para frenar la pelota y reflexionar. Si nos dejamos llevar por emociones como el miedo o la ansiedad, podemos volver a meter la pata de manera descomunal.

Mientras los kirchneristas gritan, saltan y se abrazan, del otro lado se echan las culpas y comenzaron los cuestionamientos. También los planes para manejar una situación difícil. Algunos se dan cuenta de las cosas que se hicieron mal, o directamente no se hicieron. Otros, lamentablemente, no.

La oportunidad histórica que desaprovecharon los K

No voté ni voy a votar al kirchnerismo. Y no solo por lo de Nisman o los cuadernos; no solo por lo de once o los bolsos de López. No voto al kirchnerismo porque desaprovechó la oportunidad histórica de transformar totalmente nuestra Argentina. El kirchnerismo gobernó con condiciones económicas extraordinariamente favorables. Las mejores desde la crisis del modelo agroexportador que implementó la generación de 1880.

Néstor Kirchner asumió luego del ajuste que realizó el ministro de Economía Remes Lenicov en 2002 y con el costo político de la devaluación ya pagado por Eduardo Duhalde. Durante la década kirchnerista se alcanzaron los precios récord del petróleo y los granos, en especial la soja, que llegó a tener picos por encima de 650 dólares la tonelada. El Gobierno gozaba tras la crisis de 2001 del aval de la sociedad para llevar adelante los cambios necesarios. A partir de 2008 contó con mayoría en el Congreso y, durante los tres mandatos, el Ejecutivo tuvo poderes especiales.

El kichnerismo desaprovechó, sin embargo, la oportunidad de poner los recursos excepcionales en sectores productivos para transformar la bonanza en desarrollo. Ante las necesidades de la gente implementó medidas paliativas sobre la base de una coyuntura internacional muy beneficiosa. No resolvió los problemas estructurales de fondo, no redujo la pobreza ni la desigualdad.

Fueron años dorados, con dinero suficiente para invertir en infraestructura como nunca antes y transformar de raíz la matriz productiva. Se podía construir una economía que no dependiera de los factores externos. Pero se dilapidaron los recursos y en 2015 el país estaba descapitalizado, empobrecido y con las finanzas públicas exhaustas.  Por eso nunca voy a votar a un gobierno populista.

La larga crisis

A los que votaron el domingo al kirchnerismo con la ilusión de que se repita el ciclo económico de 2003 a 2009 les tengo una mala noticia: es imposible.

Es cierto que durante el gobierno de Néstor Kirchner se reactivó la industria, pero fue producto del rebote posterior a la honda recesión y el aprovechamiento de la capacidad ociosa, el aumento de competitividad por la devaluación de 2002 y el ingreso de divisas gracias a la suba de los precios de los granos. No se produjo una transformación duradera.

Tras la crisis mundial de 2008 los precios de los commodities se desplomaron y dejaron al descubierto la verdadera cara del populismo. Se disparó la inflación y fue cada vez más difícil sostener las transferencias hacia los sectores más vulnerables, que ya eran vistas como derechos. La falta de inversión se agravó. El país perdió el autoabastecimiento energético y el petróleo pasó de ser un generador de divisas a convertirse en un agujero creciente en la balanza comercial. La situación es insólita si se tiene en cuenta que se venía de años de precios récord de gas y petróleo, un contexto favorable para aumentar la inversión en el sector. Pero una política desastrosa provocó el derrumbe de la producción hidrocarburífera. En materia de infraestructura vial y conectividad, el déficit se hizo evidente. Mientras otros países ya tenían un amplio despliegue de 4G, nosotros lo mirábamos de lejos.

Una semana después de la reelección de Cristina Fernández como presidenta, el Gobierno impuso el cepo cambiario. La realidad se comió el relato. Desde entonces, el grado de intervención del Estado en la economía se agudizó para tratar de compensar los desequilibrios que generaba el modelo populista. La combinación de cepo, control de precios y emisión monetaria para financiar el gasto generó un cóctel maravilloso que explotó en el siguiente Gobierno.

El macrismo no desactivó la bomba más importante, la del subdesarrollo. Se la pasó desarmando las trampas que dejó el Gobierno anterior. En los primeros dos años apostó por el gradualismo, que significaba bajar de a poco el gasto público en vez de optar por una política de shock. Bajar el gasto público no es cosa fácil: cada punto que se reduce cambia la vida de la gente.

Entonces, ¿por qué no voto al kirchnerismo?

Cambiemos termina el mandato con una situación internacional similar a la que había en 2014. Los precios de las materias primas, que representan lamentablemente el grueso de nuestras exportaciones, son la mitad de lo que eran durante la primera etapa del kirchnerismo. Cualquiera que gane en octubre tendrá que incrementar con fuerza la inversión productiva, de lo contrario estará condenado a profundizar la crisis.

En el partido final de octubre solo habrá dos opciones: el macrismo y el kirchnerismo. Y no confío en que un nuevo gobierno K apueste con decisión por el desarrollo. Si no lo hicieron durante 12 años, cuando tuvieron recursos para hacerlo, estoy seguro de que no van a hacerlo ahora. Es más probable que retornen al viejo relato y que intenten resolver los problemas estructurales aumentando el gasto público. Este no solo es un camino que no lleva a ninguna parte, sino que esta vez no habrá precios internacionales excepcionales ni crédito externo para financiarlo.

Para hacer el desarrollo es necesario un incremento sustantivo de la inversión productiva. Y orientarla hacia los sectores estratégicos para potenciar la industria, el agregado de valor y la generación de empleo genuino y de calidad. El macrismo no entendió esto, o no tuvo la determinación para hacerlo. Priorizó, en cambio, obras que mejoraron la calidad de vida de la gente y que sin dudas son fundamentales, pero no reforzaron la creación de la riqueza. Se hicieron cloacas, pero se destruyeron fábricas. Las consecuencias fueron la estanflación y el aumento del desempleo. A la larga, el modelo se tornó insostenible y pagó el costo en las urnas.

Cambiemos logró avances notables en términos republicanos. También reordenó el INDEC, dejó de adulterar los datos públicos y se hizo cargo de la realidad. No es poca cosa, pero la crisis económica opacó estos méritos.

Las matemáticas, pese a todo, dan una mínima esperanza al oficialismo. Macri tiene tiempo de recapacitar y dar una señal clara de apertura política. De que un segundo mandato puede servir para dejar atrás la etapa de reconstrucción y comenzar la senda del desarrollo. Vale la pena confiar en que es un camino posible.

El kircherismo ya no tiene crédito para mí. Hace mucho tiempo demostró de lo que era capaz y estaba dispuesto a hacer. El relato ya está escrito.

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