Qué: La Batalla del Petróleo según Frondizi

*) Por Arturo Frondizi.

Para reafirmar una política que en lo económico se expresa por el desarrollo y la expansión, en lo político por la legalidad constitucional y en los social por la plena ocupación, tres partes de un todo congruente, armónico e inseparable, habló por televisión al país el Dr. Arturo Frondizi, artífice fundamental de esta política. El tema petrolero que es parte sustancial de ella, fue puntualizado por él ex presidente de la Nación, señalando la falsedad de conceptos, cifras y conclusiones que sirvieron de pretexto para la anulación de los contratos respectivos con las empresas extranjeras. La palabra clara y concisa del ex presidente haría redundante cualquier comentario a su discurso cuya síntesis publicamos en lo esencial.

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La crisis argentina desatada después del 29 de marzo de 1962 es una de las más graves de nuestra historia. Es inconcebible que un golpe subversivo haya podido paralizar en pocos meses un proceso de desarrollo que había asegurado el crecimiento constante de la producción y el pleno empleo.

Es por eso que prefiero discutir los proyectos y las realizaciones concretas que sacarán a nuestra Nación del atraso y del estancamiento.

Solamente los interesados en frustrar este objetivo nacional se detienen a sembrar el odio y la discordia. Los que se preocupan verdaderamente por el progreso argentino prefieren dirigir la mirada hacia el horizonte, hacia el porvenir.

Sostengo hoy lo que sostuve antes, durante y después de ejercer la Presidencia de la República. Sostengo que debemos dejar de lado todo lo que nos separa y ponernos de acuerdo, por encima de todo partidismo, en la tarea común de liberar a nuestra patria, de asegurar la paz y el progreso espiritual del pueblo y de que no haya un solo argentino sin trabajo, una sola familia sin ingresos suficientes para vivir con dignidad y para educar a sus hijos.

El país entero, la comunidad argentina entera, son víctimas de las pasiones y de la violencia de facción. En nombre del odio faccioso que quebró la legalidad constitucional. En nombre de la pasión facciosa se quiere destruir en lugar de construir.

El pueblo quiere legalidad, paz y justicia. En el terreno económico quiere que se reabran las fábricas cerradas, que se controle la inflación, se restablezca el valor del salario y que encuentre trabajo el millón de obreros desocupados. Hay intereses que provocan la desocupación para abaratar la mano de obra.

Me ratifico en lo que dije desde la Presidencia de la Nación, asumo íntegramente la responsabilidad de las medidas que nos dieron el autoabastecimiento. Estoy orgulloso de la honestidad, el patriotismo y el desinterés de mis colaboradores inmediatos y afirmo solemnemente que seguí personalmente todos y cada uno de los pasos que marcaron la política petrolera de mi gobierno. Ni el tribunal de la Historia ni el juicio de Dios podrán condenarnos por una política que fue la primera brecha abierta en la estructura económica que asfixiaba y paralizaba a nuestra Nación.

No vacilé en tomar esas medidas entonces y no vacilaría en volver a tomarlas ahora. El país deberá retomar el camino abandonado en marzo de 1962 y seguir avanzando por él. Por la vía pacífica, no hay otra manera de resolver los problemas del desarrollo nacional que la que hemos elegido y propuesto al país y realizado en parte. El otro camino es el de la violencia revolucionaria.

Se ha hecho todo un escándalo de proyección internacional contra los contratos petroleros, contra el Fondo Monetario Internacional y contra la cooperación del capital extranjero en nuestro desarrollo, pero, en los hechos, siguen operando compañías que sacan el petróleo, no se han incautado ninguna empresa extranjera y se mantienen relaciones con el Fondo Monetario Internacional, a pesar del reiterado anuncio electoral en contrario. Es que a un país no se lo gobierna con discursos electorales ni con ideologías perimidas, sino con hechos políticos, con hechos económicos, con hechos sociales.

Desde el mismo instante en que me decidía  gobernar con todos los argentinos y para todos los argentinos, supe que iba a desafiar estructuras poderosas e intereses externos e internos muy agresivos. Me disponía a romper una estructura intocable durante muchas décadas, que nosotros sabíamos que estaba históricamente caduca, pero que aún conservaba energías para defenderse y atacar. No era un esquema teórico. Eran miles de millones de pesos  que ganaban cada año los monopolios que comercian comprando nuestro cereal y nuestra carne y vendiéndonos combustibles, maquinarias y materias primas industriales. Contra estos intereses no se organizan comisiones de defensa de la soberanía. Nadie denuncia sus negociados. No se grita contra una estructura económica que nos condena al estancamiento y la miseria, porque veintidós millones de argentinos ya no pueden vivir como vivían nuestros abuelos, cambiando en el exterior nuestros productos agropecuarios por manufacturas y combustibles.

Llegamos al gobierno con el categórico mandato de la mayoría del pueblo para romper esta estructura. Fuimos derribados del gobierno porque habíamos empezado a romperla.

Es hora de decirlo claramente: en los cuatro años anteriores a mi gobierno (1955 – 1958) se importó combustible por el valor de mil millones de dólares. Los vendedores e intermediarios, que cobraban estos mil millones y los pierden ahora, en gran parte con el autoabastecimiento, son los que inspiran la resistencia a una política que perjudica tan cuantiosos intereses. A este respecto, es natural que el monopolio internacional se empelle en vendernos petróleo extranjero en lugar de ayudarnos a extraer el nuestro.

Quienes de hecho trabajan al servicio de estos intereses invocan con frecuencia las ideas del nacionalismo y de la soberanía. Estas ideas constituyen la sustancia espiritual en la lucha de los pueblos que buscan su liberación. Pero nacionalismo y soberanía son son fórmulas retóricas sino realidades políticas y económicas que no existen en pueblos subdesarrollados y dependientes. Quienes defienden en verdad la soberanía y la idea nacional son los que promueven con hechos el desarrollo económico, la expansión de la riqueza, el progreso cultural y la justicia social. Los que invocando a la soberanía y el nacionalismo condenan un pueblo al estancamiento son los verdaderos instrumentos del imperialismo llamado a desaparecer.

Nacionalizamos el petróleo y en menos de cuatro años alcanzamos el autoabastecimiento, mediante la reactivación de YPF y la tarea de las compañías con las que se suscribieron los contratos hace poco anulados. Afirmo rotundamente que esta política deberá proseguirse si se desea mantener el volumen actual de la producción, más los aumentos futuros que demanda la curva creciente de consumo, y si queremos incrementar nuestras exportaciones de petróleo y derivados, que son importantes fuentes de divisas. El actual gobierno tendrá que optar entre reanudar el camino que interrumpió o dejar al país sin petróleo suficiente para cubrir sus necesidades y para exportar. El gobierno se encuentra hoy atrapado en una afirmación contradictoria: ha declarado la nulidad de los contratos y se ve obligado, sin embargo, a permitir que continúen sus actividades las compañías cuyos derechos ha declarado caducos. Para ser consecuente, el gobierno debió dar a su acción el lógico corolario: la ocupación de los yacimientos y la terminación de hecho de las actividades de las compañías para seguir operando en territorio argentino. Es que la alternativa a que se enfrenta el gobierno es la misma que debimos enfrentar hace cinco años: dependencia a través de las importaciones o independencia a través de nuestra política petrolera. No hay razón electoral ni demagogia que puedan modificar la realidad inexorable del hecho económico.

Exhorto a gobernantes y gobernados, a todos los sectores sociales y políticos, a retomar el camino de las grandes concepciones y de las grandes realizaciones. Corremos el riesgo de ser arrollados por un concepto pigmeo de la historia, en un momento en que la historia del mundo se mueve a pasos de gigante.

Mi lucha es lucha del pueblo. Con el pueblo estoy y no podrán separarme de él ni con la prisión ni con la calumnia. Estoy jugado en una batalla de muchos años durante la cual debí asumir responsabilidades diversas. Mis palabras de esta noche no son sino un episodio de la lucha en la que estoy comprometido. No pretenden justificar un gobierno cuya acción destaca el tiempo mejor que nadie. Pretende, en cambio, exaltar los grandes ideales y objetivos del pueblo argentino, para que los caminos de su conquista sean menos penosos. Cada vez que las circunstancias lo requieran, en cada oportunidad en que se pretenda distorsionar la verdad, oscurecer la conciencia popular sobre los grandes problemas del país o cerrar los caminos de su destino histórico, diré mi palabra, sin otro juez que mi propia conciencia y sin otro destinatario que el pueblo argentino.


 El Doctor Frondizi sintetizó los aspectos fundamentales de su política petrolera en estos 10 puntos:

Frondizi petróleoPrimero. Obtuvimos del Congreso la nacionalización del petróleo a través de una ley que declara que la propiedad de los yacimientos pertenece exclusivamente al Estado Nacional y que YPF es la única entidad que controla y dirige la producción total de esos yacimientos. Somos, pues, los únicos dueños de nuestro petróleo. Es y sigue siendo propiedad de la Nación, con o sin contratos.

Segundo. Además, para ser dueños de algo es necesario tenerlo en las manos. Los peces del mar no son riqueza nuestra ni de nadie hasta que no se los pesca. En la Argentina el petróleo es nuestro a medida que lo sacamos del fondo de la tierra. Nosotros nos propusimos alcanzar el autoabastecimiento y transformar el país en potencia exportadora. Para eso reforzamos la capacidad productiva de YPFy multiplicamos las inversiones y la actividad de la empresa estatal, que duplicó en cuatro años la producción propia por administración de petróleo y gas, que pasó de 5,3 millones de metros cúbicos en 1957 a 10,6 millones en 1962.

Tercero. Sin embargo, como era totalmente imposible que YPF alcanzara por sus propios medios ese objetivo, entre otras razones porque la Nación carecía de recursos suficientes, decidimos llamar a colaborar en la explotación de nuestros yacimientos al capital nacional y extranjero. Las compañías con que se firmaron contratos de locación de servicios y de obra fueron grupos independientes. Solo después que esos contratos fueron suscriptos, las grandes compañías abandonaron sus reticencias y aceptaron incorporarse al nuevo régimen.

Hay que destacar que compañías filiales de los dos grandes grupos mundiales no obtuvieron petróleo en sus áreas. En cambio, casi todas las otras compañías tuvieron éxito, hasta el punto que su producción representa el treinta por ciento del total del petróleo que ese extrae en el país. Es paradójico que las filiales de los dos grandes grupos, que no produjeron petróleo, obtendrán del Estado, si se mantiene la nulidad de los contratos, la devolución de gran parte de sus millones de dólares invertidos.

Cuarto. Las áreas que trabajan las compañías constituyen el 8,8% de las reservas comprobadas que existían en 1958 en el país; YPF conservó el 91,2% restante. No es verdad, pues, que se haya entregado a los contratistas las zonas más extensas o más ricas.

Quinto. En 1958, después de 50 años de explotación, se producía en la Argentina, a través de YPF y de un par de compañías que tenían viejas concesiones, 5 millones y medio de metros cúbicos de petróleo. En 1962, entre YPF y las compañías, se produjeron en el país 18 millones de metros cúbicos de petróleo y gas equivalente. Se triplicó la producción. Esto quiere decir que dos tercios del petróleo y la nafta que se consume hoy en el país son fruto de nuestra política petrolera.

Sexto. En 1958, el país producía el 35 por ciento del petróleo que consumía y se importaba el resto. En 1962, producía el 84% y exportaba los primeros excedentes. En 1958 importaba 10 millones de metros cúbicos. En 1962 importaba menos de 3 millones de metros cúbicos.

Séptimo. En 1957 el país gastó más de 270 millones de dólares en importar petróleo. En 1962 la cifra no pasó de 30 millones y, además, exportamos.

Octavo. El precio promedio pagado por el petróleo importado es de 10 dólares por metro cúbico. El precio promedio que se paga a las compañías por el trabajo de extracción es menor de 10 dólares por metro cúbico. El costo promedio de YPF no ha podido determinarse con certeza, pero se sabe que es muy superior al precio que reciben los contratistas. Como caso concreto, señalo que el costo del petróleo que extrae YPF por administración en Chubut es de 22,63 dólares por metro cúbico, sin incluir intereses sobre capital; en la misma zona, el costo promedio de la empresa contratista es de 9,32 por metro cúbico (Folleto “Evolución de la Producción Nacional de Petróleo 1958-1962” de la Secretaría de Combustibles, octubre 1963, página 24). No es verdad, pues, que el petróleo que extraen las compañías sea más caro que el importado y que el que produce YPF por administración.

Noveno. Cuando se importa petróleo, la totalidad del precio pagado a la compañía exportadora se vuelca al exterior. Cuando se pagan servicios  a una compañía que trabaja en el país, la situación es distinta: los obreros son argentinos y no extranjeros, los fletes que pagan son a los ferrocarriles o a la flota del Estado argentino, no a barcos de bandera extranjera, las regalías va a acrecentar los fondos de las provincias argentinas y no las arcas de un rey o un jeque extranjero. Parte de los materiales usados por las compañías son comprados en la Argentina y no en el extranjero. Lo sustancial, pues, queda en el país, lo que se exporta es tan solo la ganancia, en la hipótesis de que no haya ninguna reinversión.

Décimo. La retribución que se paga a las compañías que extraen petróleo es abonadas en divisas en un 60 por ciento. Un 40 por ciento se abona en pesos argentinos, que quedan en el país en forma de salarios y pagos a proveedores y contratistas.


Fuente:  Revista Qué sucedió en 7 días. 1° de enero de 1964.

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