Discursos: Trabajadores y empresarios frente al programa de desarrollo

Mensaje radiofónico transmitido el 19 de febrero de 1959, por la red nacional de radiodifusión y T.V.

El mensaje de esta noche persigue dos objetivos fundamentales.  Primero, dar una cuenta de la visita que acabo de realizar a los Estados Unidos y otros países americanos.  Segundo, definir la política de precios y salarios que el gobierno seguirá en correspondencia con el programa de estabilización económico-financiero puesto en marcha.

  1. El viaje presidencial a los Estados Unidos.
  2. Capitales extranjeros y esfuerzo nacional.
  3. Los meses más duros.
  4. No se congelarán los precios ni los salarios.
  5. No habrá libertad para los monopolios ni la especulación.
  6. Reactivación del interior y ruptura del centralismo económico.
  7. Habrá plena ocupación.
  8. Confianza en los trabajadores.
  9. El programa trazado se cumplirá.
  1. El viaje presidencial a los Estados Unidos

La visita que como Presidente de la Nación Argentina realicé a los Estados Unidos de Norteamérica fue inspirada y puesta bajo la advocación de los más elevados ideales nacionales y de los más profundos principios americanos.

He regresado satisfecho y orgulloso y he de agradecer por siempre a la Providencia el haberme permitido desempeñar una auténtica embajada de la soberanía nacional y americana.

Fue un viaje de confraternidad, en el que pública y privadamente sólo se habló de los grandes ideales de América y del mundo.  Ni pública ni privadamente el Presidente de la Nación trató operaciones financieros concretas ni aspectos vinculados con pactos militares.

Expusimos allí, franca y objetivamente, nuestros problemas que tenemos en común con nuestros hermanos del Continente.  Esa franqueza y esa objetividad hallaron eco en el pueblo y en los gobernantes de los Estados Unidos y han contribuido sin duda a crear nuevas condiciones de comprensión en las relaciones entre ambos países.

Creemos haber hecho más firme, sobre todo, la convicción de que los intereses ocasionales o transitorios deben dejar paso a una política permanente, fundada en la certeza de que no puede haber democracia ni libertad en la miseria o en la sumisión económica. En ese sentido hemos reafirmado, categóricamente, que el pueblo argentino ha unido para siempre su vocación por la democracia y la libertad, con su voluntad de autodeterminación y progreso nacional.  Dijimos ante el Congreso de los Estados Unidos, que el pueblo argentino no aceptará iniciativa alguna que implique lesionar su soberanía.  Reiteramos ahora que el Gobierno de la Nación Argentina, como fiel intérprete de ese claro designio, jamás considerará propuesta alguna que afecte a la soberanía de la patria.

En todas las ocasiones dejamos claramente establecido que esta vocación del pueblo argentino es compartida por la comunidad en los pueblos latinoamericanos, orgullosos como nosotros de su dignidad nacional, que padecen problemas semejantes a los nuestros y que buscan análogas soluciones.  Son los problemas del desarrollo incipiente o deformado, cuya solución es la única garantía concreta de paz, libertad y democracia en América y un verdadero deber histórico de las naciones más adelantadas.

La promoción del desarrollo económico de los países latinoamericanos, como la de todo desarrollo nacional de cualquier región del mundo, puede ser el punto de partida de una efectiva integración creadora de la comunidad universal de naciones.  Integración a la cual, por otra parte, el mundo se ve compelido por la fuerza de su propio progreso espiritual, técnico y social.

Al expresar estos conceptos  antes los auditorios norteamericanos, pretendimos señalar no sólo lo que los argentinos esperamos de la cooperación internacional sino también, y muy principalmente, lo que como pueblo soberano estamos dispuestos a hacer, para que los ideales de justicia, libertad y progreso, que son los ideales del Continente americano se realicen en todo el mundo y en beneficio de toda la humanidad.

De esa manera permanecimos rigurosamente fieles a la verdadera línea histórica de la política exterior argentina cuya tradición de independencia, que inspira nuestra gestión de gobierno, no ha sido nunca sinónimo de un egoísta desinterés frente a los problemas del mundo.  Fue por ello que señalamos que, para nosotros, los objetivos comunes del desarrollo nacional y de la integración Latinoamérica, en un continente unido por antiguos lazos de hermandad, no son motivo de enfrentamientos sino contribuciones a la causa de todo el género humano.  Dijimos claramente que queríamos también el progreso de nuestros pueblos para ser más fuertes y poder defender mejor la causa de la paz y la justicia internacionales.

El viaje a los Estados Unidos nos permitió visitar otros países hermanos.  Tuvimos oportunidad de tratar estos mismos problemas con los presidentes de Perú, Panamá, Ecuador y Chile.  Pudimos comprobar, una vez más, que el mensaje que llevamos era un verdadero programa latinoamericano, en torno al cual coincidían todos los anhelos y todas las preocupaciones.  Así la primera visita que un presidente argentino realizaba a los Estados Unidos sirvió también para poner en evidencia la profunda unidad espiritual y material que liga a los pueblos hermanos del continente.  Desde lo más hondo de mi corazón deseo hacer partícipes a cuantos me escuchan esta noche, de la emoción que experimenté como argentino, cuando advertí que, bajo los colores de nuestra bandera, se sembraba una verdad cuyos frutos iban a ser seguramente recogidos bajo las veinte banderas de América Latina.

  1. Capitales extranjeros y esfuerzo nacional

Nuestro pueblo tiene firme conciencia nacional y comprende su elevado destino internacional.  Es un pueblo que sabe que los cimientos económicos de su realización como Nación, tienen nombres concretos y significados intergiversables.  Se llaman petróleo, carbón, acero, electricidad y química pesada.  Significan libertad, democracia, autodeterminación, bienestar.

Sin embargo nadie debe equivocarse.  Para lograr esos objetivos en las condiciones nacionales en que el pueblo argentino quiere alcanzarlos, no basta con que vengan del autodeterminación, bienestar.

Sin embargo nadie debe equivocarse.  Para lograr esos objetivos en las condiciones nacionales en que el pueblo argentino quiere alcanzarlos, no basta con que vengan del exterior capitales y técnicos.  Es absolutamente indispensable que el país se capitalice individual y colectivamente.  Es decir, que a aquellas inversiones, se sume la voluntad social de producir más de lo que se consume, expresada en más trabajo, más ahorro y mayores rendimientos.  De lo contrario esos capitales extranjeros en vez de servir de palanca para nuestra liberación podrían significar eslabones de una cadena de sujeción.

La capitalización nacional por el trabajo y el ahorro, nos permitirá superar la deformación estructural de nuestra economía y salir de la crónica situación deficitaria.  Evitará al mismo tiempo el peligro de un nuevo desequilibrio, que sería creado por el aporte masivo de capitales si este aporte no fuera superado por el esfuerzo del pueblo que los recibe y que este pueblo es capaz de realizar.  Es por eso que prestamos firme y decidido apoyo a la industria nacional.

Esa es, por otra parte, la experiencia histórica de países que hasta hace pocas décadas estuvieron fuertemente endeudados y hoy figuran a la cabeza de las más ricas naciones de la tierra.  Es la enseñanza del Japón, de Italia y sobre todo de Estado Unidos, que en 1914 tenía invertidos en su territorio 7.000 millones de dólares de origen extranjero y hoy es el primer exportador de capitales del mundo.

Depende pues de nosotros, de nuestro esfuerzo y no de factores extraños, el plazo del fortalecimiento nacional.  Podemos hacerlo en breve término. tal como se lo ha propuesto el gobierno, o por el contrario, podemos demorarlo y postergar con ello toda mejora real del nivel de vida y toda justa reivindicación económico-social.

  1. Los meses más duros

En el mensaje del 29 de diciembre anunciamos que nos esperaban dos años de sacrificios.  Transcurridos los primeros 45 días, queremos decir que los sacrificios que el pueblo ya está haciendo no excederá de ese plazo fijo de 24 meses, que es un plazo improrrogable.  Sabemos perfectamente que el pueblo está soportando penurias y privaciones, pero con la franqueza con que hemos tratado siempre este problema debemos anticipar que las duras condiciones de vida actuales se mantendrán por un breve tiempo aún.  Son varios los factores que concurren para que así sea y tenemos la obligación de señalarlos, con la seguridad que nos da el sentir la angustia de cada argentino como angustia propia.

Las medidas económicas puestas en marcha no pueden traducirse instantáneamente en efectos positivos sobre el costo de la vida.  El desajuste que significa todo cambio y los esfuerzos de la especulación impiden alcanzar inmediatamente los resultados que todos deseamos.

Los desplazamientos económicos que se produzcan, tanto en la actividad empresaria como en la individual, como consecuencia del paso de una economía de ficción a una economía de verdad, provocarán perturbaciones en los precios, antes de que ellos sean expresión auténtica de un costo económico, como debe ser y como vamos a conseguir que sea en un plazo breve.

Es pues inevitable que antes de alcanzar mejores condiciones de vida debamos atravesar un período de encarecimiento.  Ello es doloroso, pero es también la verificación de que estamos llegando al punto crítico, a partir del cual los sacrificios realizados comenzarán a surtir beneficiosos efectos.  Es la hora de prueba en la que el organismo entero reúne todas sus fuerzas para vencer el mal que amenaza destruirlo.  En el plazo prefijado de 24 meses las condiciones de vida evolucionarán desde la escasez e inseguridad actuales hasta la abundancia y seguridad que nos hemos propuesto como meta.  El pueblo podrá recoger entonces los frutos de su sacrificio y demostrará, una vez más, que la grandeza de las naciones sólo se forja sobre el trabajo viril de todos sus hijos.

Los especuladores advertirán entonces que han hecho un mal negocio.  Todos deben saber que en la Argentina ya no se puede jugar a la inflación.  El artículo que suba de precio no debe ser comprado.  El comerciante que acapare en previsión de futuros aumentos recibirá la sanción que marca la ley, pero será castigado también por la marcha inexorable del proceso económico que hemos impulsado, que esfumará toda ganancia ilícita y volverá a colocar a la honestidad y a la verdad comercial en la alta jerarquía que les corresponde.

  1. No se congelarán los precios ni los salarios

Como lo explicáramos en el mensaje del 29 de diciembre, el programa de estabilización tiene como principal fundamento la eliminación de las trabas e inconvenientes que creaban una situación económica artificial.  De acuerdo con ese principio, no habrá congelamiento de precios ni tampoco habrá congelamiento de salarios.

Las remuneraciones en las empresas privadas serán fijadas por las comisiones paritarias de trabajadores y empleadores, presididas por funcionarios del gobierno.  Sueldos y salarios deberán ajustarse a la situación económica del país y de la propia empresa, a los costos y a la demanda del mercado.  El crédito bancario sólo será facilitado cuando signifique estimular una nueva o una mayor producción.  Para ganar más, los trabajadores tendrán que aumentar su rendimiento.  La condición de un mayor salario deberá ser, pues, la mayor productividad.

Al gobierno le preocupa que ese mayor ingreso proveniente de la mayor productividad de la mano de obra, no vaya en beneficio unilateral del empresario, sino fundamentalmente en beneficio del obrero que lo produzca.  Además, esa ganancia adicional del trabajador será eximida del pago de aportes jubilatorios y del impuesto a los réditos.

La existencia de organizaciones obreras responsables servirá de garantía decisiva para el establecimiento de coeficientes de productividad apropiados y para la justa distribución de beneficios.  La experiencia y capacidad de los sindicatos serán insustituibles para resolver los múltiples problemas específicos que plantea esta compleja cuestión económica.

La introducción del concepto de productividad en la retribución servirá de estímulo a los más capaces.  Quien quiera ganar más deberá trabajar mejor, sea empresario u obrero.  Esta calificación de trabajo terminará con los malos operarios que progresaban a costa del trabajo de los mejores y que gravitaban como pesado lastre sobre la economía de las empresas y sobre el rendimiento de sus compañeros de labor.  Al mismo tiempo, las empresas verán aumentada su producción por obra de los obreros más eficientes que son precisamente quienes unen a su pericia técnica una firme voluntad de progreso individual, que es un gran motor del progreso colectivo.

En lo que se refiere a las remuneraciones en las empresas del Estado, los aumentos inmediatos no serán muy considerables.  Después de estos aumentos y durante un año, no habrá ninguna mejora que no vaya ligada a mayor productividad, a fin de no acentuar los graves déficits que pesan sobre dichas empresas en consecuencia, sobre todo el país.

Cuando los precios se estabilizan y los aumentos de salarios no inciden en los costos, porque ha habido mayor producción, esos aumentos de salarios son reales y no constituyen factores de inflación. El país tuvo muchos ejemplos del caso contrario, o sea de lo que significa entregar más dinero a cambio de la producción de igual cantidad de bienes.  En varias oportunidades se decretaron aumentos generales de remuneraciones que no fueron acompañados por los aumentos de la producción.  El nivel de precios ascendió rápidamente y el costo de la vida se hizo más angustioso.  Lo que se dio con una mano se quitó con la otra.  En los hogares entraban a principios de mes más pesos que antes, pero a fin de mes quedaban menos, porque con cada uno de esos pesos, se podían comprar menos cosas que antes del aumento.  En cambio, quien recibe mayor por mayor producción, recibe dinero que corresponde a riqueza creada, o sea moneda sana y estable.  No se trata pues de más cantidad sino de mejores pesos, en definitiva de pesos con mayor capacidad adquisitiva.

  1. No habrá libertad para los monopolios ni la especulación

Mientras tanto y sólo en forma temporaria se controlará cierto número de artículos de primera necesidad haciendo que se mantengan en sus reales precios económicos.  Evitaremos así que incidan artificialmente en el nivel de la vida de los trabajadores.  Pedimos también a las organizaciones obreras y empresarias que participen en el estudio de las medidas tendientes a detener el ascenso del costo de la vida lo mismo que colaboren para lograr la armonización del régimen de previsión social.

Dejar en libertad el juego creador de la oferta y la demanda no significa, de ninguna manera, cruzarse de brazos ante el aumento artificial del costo de la vida.  Por el contrario, el gobierno estimulará en toda forma la actividad y las iniciativas privadas, pero será implacable en el cuidado de la autenticidad del proceso.

Son conocidas las deformaciones impuestas a la ley de la oferta y la demanda, mediante las formas más diversas del monopolio, tanto en el plano interno como en el internacional.  nosotros, en cambio, haremos respetar el juego real de los principios económicos y defenderemos su integral vigencia.  La ley de la oferta y de la demanda hará bajar los precios en la medida en que exista verdadera competencia.  Es decir, en la medida en que esté al servicio de la economía popular y no de los especuladores.

A esta firme decisión gubernamental deben corresponder los trabajadores con el aumento de la producción que será el arma más efectiva contra los especuladores.  Si no producimos más de lo que consumimos, el círculo vicioso en el que se debate el país terminará por ahogar toda posibilidad de independencia, toda voluntad de soberanía y toda perspectiva concreta de bienestar popular.  Si no enfrentamos a la especulación por el único camino que asegura su aplastamiento, que es el de multiplicar la producción de bienes de consumo, para facilitar su adquisición a precios cada vez menores, el bienestar del pueblo y la salud nacional estarán gravemente amenazados.

Los precios no están solamente determinados por el valor de las materias primas, las utilidades del capital y la mano de obra utilizada para elaborar el producto.

En las condiciones de anormalidad en que se desarrolla nuestro mercado, donde se ofrece menos de lo que se necesita, la especulación puede imponer su garra.  Si hay solamente cien objetos para doscientas personas que los quieren adquirir, los precios suben y actúa la especulación.  Pero si hay trescientos objetos para doscientas personas, entones es la competencia la que se impone y los precios comienzan a bajar.

Los únicos remedios efectivos contra todo encarecimiento, consisten en aumentar la producción de bienes e impedir las maniobras monopolistas y de acaparamiento.

  1. Reactivación del interior y ruptura del centralismo económico

El programa económico que estamos llevando a la práctica ejercerá, en el lapso previsto de dos años, un efecto beneficioso sobre toda la economía nacional.  Ya se está operando, en contraste con las dificultades que deben afrontar los grandes centros urbanos, un efectivo renacer en las zonas más olvidadas y castigadas del país.

Los nuevos precios para la producción agropecuaria han traído una notable activación de las tareas agrícolas y ganaderas, creadoras de las divisas cuya escasez constituye, en los presentes momentos, el punto vulnerable de la economía nacional.  Ello permitirá expandir la producción agrícola y ganadera.  Pero, sobre todo, esa activación se traducirá en mejores condiciones de vida para cuantos participan de la vida campesina.

A ese mayor bienestar de la familia rural argentina, se agrega la enérgica promoción de las lejanas regiones del Sur.  El aprovechamiento de las riquezas petrolíferas y carboníferas de la Patagonia está originando ya un auge extraordinario, del que participan todos los sectores de su población.  Es un progreso efectivo, irreversible, que resulta de la explotación de sus propios recursos y que se traducirá en ciudades, caminos, hospitales, escuelas y en fuentes de trabajo permanentes y de alta remuneración, o sea altos niveles de vida popular.  Lo que está ocurriendo en el Sur se producirá a su debido tiempo en toda la República.

Nadie ni nada debe detenernos en el propósito de integrar a todo el país por el desarrollo económico de su inmensa riqueza potencial.  Constituye por ello un objetivo fundamental de nuestro progreso la ruptura del desequilibrio actual que ha concentrado el máximo del aprovechamiento de riqueza en un radio de 300 km. en torno al puerto de Buenos Aires.  Estamos dispuestos a acabar con esa injusticia que afecta a toda la Nación.

Se dará un apoyo decidido a los empresarios y hombres de iniciativa que quieran explotar las enormes riquezas del interior argentino, y aumentar así la potencialidad nacional.  Si un industrial u hombre de empresa se decide a alzar su establecimiento en la Patagonia, en Catamarca, en La Rioja o en Santiago del Estero, por ejemplo, tendrá importantes exenciones impositivas y apoyo crediticio, porque su acción contribuirá al progreso de zonas postergadas del país.

Está también en la esencia de nuestros objetivos económicos, evitar que el hombre argentino de Santa Cruz, de Formosa, de Mendoza, de Salta o de Misiones pague, como contribuyente, los desajutes presupuestarios que solamente benefician a sectores residentes en la Capital Federal.

Así, por ejemplo, cuando se decidió liquidar los déficits de las empresas nacionales o cuando se revolvió suprimir la enorme burocracia, asentada en su gran mayoría en la Capital, se ha defendido no sólo un principio fundamental de nuestra estabilización económica, sino también el salario del hombre del interior.  Se lo ha defendido en forma concreta, evitando que contribuya forzadamente a enjugar déficits de los que él no es responsable y que ni directa ni indirectamente lo beneficiaban.  Es por ello que estamos decididos a terminar, definitivamente, con el exceso de burocracia y con el déficit fiscal.

  1. Habrá plena ocupación

Sobre la reactivación del interior argentino, se sustenta, más que el programa de estabilización, el programa de expansión nacional.  No se trata solamente de los sectores básicos, como el petróleo, el acero, el carbón y la electricidad, que ha han creado zonas donde el progreso está en plena efervescencia y hacia las cuales comienza a canalizarse un movimiento humano, cada día más intenso.  Se trata de la radicación de numerosas e importantes industrias y de la afluencia de capitales, en una alentadora serie de ofertas concretas recibidas por el gobierno, que nos permiten afirmar categóricamente, que antes de que se cumplan los plazos previstos, vastas zonas del país que viven en el más absoluto infradesarrollo, estarán transformadas y serán factores decisivos del progreso nacional.

A través de los organismos competentes se darán a conocer próximamente las negociaciones concluidas. El país sabrá entonces cuán profundas y auténticas son las nuevas posibilidades concretas que aseguran su destino histórico.

En el desarrollo de este vasto programa, reposa la tranquilidad del gobierno, en cuanto al mantenimiento de la plena ocupación.  La demanda de brazos será superior a la oferta, o sea que habrá perspectivas para cuantos quieran aumentar sus ingresos mediante un mayor esfuerzo.  En la Argentina No habrá, pues, desocupación.  Me refiero naturalmente a las posibilidades de trabajo en todo el territorio nacional y no en sectores particulares de la industria o el comercio, que pueden sufrir los efectos inmediatos aunque transitorios del reajuste económico.

No debe hacer cesantías sin tener antes la seguridad de que la mano de obra vacante será absorbida.  Para ello se cuenta no sólo con lo que puede hacer y está haciendo ya la industria privada en su constante crecimiento, sino también con la acción que desarrollará el gobierno.  Estamos en condiciones de anunciar hoy que se iniciará un gran plan de obras públicas que al mismo tiempo que será fuente de trabajo, resolverá uno de los problemas fundamentales del desarrollo argentino.  Se construirá una red de caminos pavimentados que vinculará a las distintas zonas del país, sin pasar por el puerto de Buenos Aires, haciendo así posible el viejo sueño de la integración económica y geográfica por la fácil intercomunicación entre las diversas regiones de la Patria.  Paralelamente se iniciará la construcción de aeropuertos en los lugares adecuados para que esta intercomunicación se haga con toda rapidez.  Al mismo tiempo se construirá una red de hoteles para turismo que en corto número de años será fuente de divisas útiles al desarrollo de nuestra economía.

  1. Confianza en los trabajadores

Todo este enorme esfuerzo que nos hemos decidido a acometer, este camino de sacrificio y grandeza para la Nación, que hemos emprendido, se funda en una inmensa fe en el país y, sobre todo, en una indeclinable confianza en los trabajadores argentinos.  El gobierno ha dado sobradas pruebas de esa confianza no es expresión retórica.  No concebimos el desarrollo nacional con una clase obrera oprimida o como mero testigo del quehacer colectivo.  Como lo prometimos desde el llano y lo ratificamos desde el gobierno, abrimos todas las posibilidades para que el país contara, a la brevedad, con una poderosa y responsable organización obrera, auténticamente representativa.  Se levantaron intervenciones e inhabilitaciones, se sancionó y se puso en práctica la ley de asociaciones profesionales.  Con un mínimo de intervención estatal, se dio un máximo de garantías y veracidad a las elecciones gremiales.  Se crearon así las condiciones concretas para el pronto restablecimiento de la Central Obrera.  De haberse cumplido el programa trazado, los trabajadores hubieran constituido la Confederación General del Trabajo en muy corto tiempo.

En pleno desarrollo de este proceso, dirigentes peronistas y comunistas llevaron a los trabajadores a una huelga general de finalidades políticas, declarada por tiempo indeterminado, que revistió carácter insurreccional. Esa insensata expresión de fuerza tuvo sólo consecuencias negativas para los trabajadores y para el país.  En primer lugar, retrasó considerablemente el proceso de normalización sindical y de pacificación del sector obrero.  En segundo lugar, produjo pérdidas económicas que, de repetirse estos hechos, pueden conducir a una brusca contracción, con el inevitable cierre de fábricas y su secuela de desocupación y pobreza.

Las huelgas de enero produjeron pérdidas efectivas de alrededor de dos mil quinientos millones de pesos y una sombría amenaza de miseria sobre millares de hogares obreros.  Fueron dos mil quinientos millones restados a la riqueza nacional, o sea arrebatados de los propios bolsillos del pueblo argentino.  Esa pérdida se reflejará tarde o temprano en precios más altos porque representa una enorme cantidad de bienes que hemos dejado de producir.

El gobierno va a garantizar los derechos obreros, pero no va a permitir la insurrección directa ni indirecta.  El 9 de noviembre último advertimos públicamente a los dirigentes sobre las consecuencias de una insensata conducción de los asuntos gremiales.  Los resultados están a la vista.  Los trabajadores fueron llevados a un callejón sin salida y esa situación se volverá a repetir si insisten en el mismo error.

La Argentina, como toda nación de nuestro tiempo, necesita una poderosa organización sindical, como necesita partidos políticos orgánicos y conscientes de su responsabilidad nacional.  Pero si los sindicatos quieren cumplir el papel decisivo que les corresponde en el proceso histórico, deben ser ejecutores y partícipes de una política de desarrollo nacional y no instrumentos de políticas sectarias, que no están al servicio de objetivos nacionales.  Deben tener plena conciencia de que sin desarrollo económico no podrá haber bienestar popular, libertad sindical ni verdadera justicia.

Estos fines y objetivos, que son del gobierno y del país, no podrán alcanzarse plenamente mientras no constituyan, al mismo tiempo, objetivos y fines fundamentales de los trabajadores organizados.  Estamos, pueblo y gobierno, en los prolegómenos de una etapa que conducirá a la Argentina hacia niveles de prosperidad, que significan independencia para la Nación y bienestar para todos sus hijos.  Todos deben contribuir con un máximo de voluntad de trabajo.  Ya no caben entre nosotros quienes aprovechan dificultades comunes a todos los argentinos, para enfrentar a los trabajadores con toda la comunidad nacional.  Estas dificultades las venceremos todos juntos y dentro del marco de la Constitución y las leyes o de lo contrario el país deberá realizar esfuerzos que se traducirán en una suma mayor de sacrificios para todos.

El país necesita un movimiento obrero organizado e independiente de toda influencia partidista, empresaria o estatal, que defienda los intereses de los trabajadores por los medios que considere adecuados, inclusive el derecho de huelga.  Pero el derecho de huelga, como todos los derechos, debe ser ejercido dentro del orden y la ley para fines que encuadren dentro de la Constitución.

Hemos dicho que no admitiremos presiones al margen de las leyes y de la justicia.  Con la misma decisión afirmamos que seguiremos poniendo lo mejor de nuestro esfuerzo para que exista una organización sindical elegida libremente por los propios trabajadores.  Esta decisión, que es popular, que es nacional y que es democrática en su esencia, en sus métodos y en sus objetivos, fue consagrada por el pueblo en los comicios del 23 de febrero.  Esa política se impondrá en menor o mayor plazo según sea la capacidad de los trabajadores para aplicar su espíritu de lucha a la derrota de sus verdaderos enemigos, que son la baja producción, la especulación y el sectarismo gremial, en vez de dejarse llevar por esos enemigos a embates tan estériles, en los que deterioran aún más sus salarios, se aíslan del resto del país y enfrentan las esperanzas y determinaciones de toda la Nación.

El Poder Ejecutivo, elegido libremente por el pueblo para cumplir y hacer cumplir las leyes de la República, cumplirá con su deber.  Las medidas adoptadas en salvaguardia del orden y de la marcha del país serán mantenidas hasta que desaparezca toda amenaza de perturbación.  Esperamos que los hombres a quienes incumbe la responsabilidad de orientar y dirigir el movimiento obrero argentino, sepan asumir esa responsabilidad con conciencia auténticamente sindical, democrática y nacional.

  1. El programa trazado se cumplirá

En el mensaje del 29 de diciembre, señalamos la extraordinaria gravedad de la situación económica e indicamos que tanto el programa de estabilización como el de expansión eran los únicos caminos para evitar el desastre y asegurar el desarrollo nacional.  Es decir, quedó señalado el actual momento argentino como verdadero estado de emergencia nacional.  Por eso anunciamos personalmente el programa económico y por eso hemos asumido personalmente la responsabilidad de su ejecución.  Informaré periódicamente al pueblo del desarrollo de este proceso por ser el pueblo su principal protagonista y su único destinatario.

Porque consideramos que en momentos de gravedad se necesitan medidas de salvación nacional, es que llevamos adelante las decisiones tomadas sin preocuparnos por sus consecuencias políticas, inclusive las electorales, ni por sus efectos sobre la popularidad del gobierno.  Tales aspectos no cuentan cuando se trata de los supremos intereses de la Nación.

Las grandes naciones de nuestro tiempo alcanzaron sus actuales niveles de progreso porque fundaron su desarrollo en el respeto a las leyes y en el esfuerzo de sus hijos.  No hay otra fórmula para alcanzar similares objetivos.  En materia económica y social no hay milagros, sino coraje, trabajo y sacrificio frente a las dificultades.  En otras oportunidades la Argentina supo conjugar esas tres condiciones y realizó grandes hazañas.  Las generaciones actuales tienen que ser dignas de esas gloriosas enseñanzas del pasado y tienen que cumplir con su deber histórico, que les ordena legar a las generaciones futuras un país liberado de toda amenaza de dictadura, atraso o sumisión.

Es en las horas de adversidad y no en las de bonanza cuando se aprecia la dimensión histórica de los hombres y de los pueblos.  Son horas de decisión y de definición.  Cada hombre y cada mujer debe asumir la plenitud de su responsabilidad, porque con la suerte del país se juega la suerte de cada argentino.  Quienes estén de acuerdo con el programa que vamos a cumplir deben decirlo y quienes estén disconformes deben expresar su pensamiento como una contribución al esfuerzo conjunto.  Todos, partidarios o adversarios, deben tener conciencia de que si la situación económica del país no mejora sustancialmente no podrá haber paz social, ni libertad política, ni auténtica vida cultural.  Por ello frente a la realidad económica argentina el programa de estabilización y expansión debe ser cumplido con todos, por todos y para todos.

Cuando cada argentino identifique este programa del país con su propio programa de vida, entonces la fuerza irresistible de 20 millones de voluntades libres y conscientes, realizará la proeza de transformar toda esa energía en una sola e inmensa voluntad de plenitud nacional y felicidad humana.

Por Arturo Frondizi

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