¿Un fin en sí mismo o una herramienta para el desarrollo?

El acuerdo Unión Europea-Mercosur no debería ser un fin en sí mismo, pero puede ser herramienta importante para emprender el camino hacia un desarrollo sostenible

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El proceso de globalización de finales del siglo XX ha mostrado al capitalismo en sus estado natural. La industria de los servicios está en auge y las cadenas globales de valor (CGV) descentralizan la producción de forma vertical, localizando la producción donde la reducción de costos más que compensa las dificultades de la distancia y la coordinación. El acuerdo estratégico entre los bloque de la Unión Europea y el Mercosur resignifica la tendencia hacia la ampliación del capitalismo. En este proceso, no estacionario por definición y que busca incansablemente innovaciones tecnológicas, se ve inmersa Argentina.

Sin ánimos de hacer revisionismo histórico y tal como advertía Rogelio Frigerio, Argentina presentaba a mediados de siglo, como punto crítico de crecimiento, insuficiencia en la tasa de formación de capital. Era la consecuencia de la escasa inversión, resultado de una bajo nivel de ahorra interno. A ese círculo vicioso, el economista denominó subdesarrollo.

Este círculo todavía forma parte de nuestra estructura económica. Argentina sistemáticamente incurre en déficits de balanza de pagos, que en ausencia de mercado internacionales de capitales que financien estos desequilibrios, deriva mecánicamente en crisis externas. Estos procesos se denominaron históricamente ciclo de marcha y contramarcha.

La economía más cerrada del mundo

Mucho se ha hablado de los términos del acuerdo con la Unión Europea, que involucra aproximadamente a un sexto de la población del mundo. Antes de entrar en el debate entre proteccionismo o aperturismo, sin embargo, Argentina debe discutir si la vía para terminar con la restricción externa es incrementar las exportaciones a través de incentivos como el acuerdo mencionado, o si hace falta una política de desarrollo para exportaciones.

La necesidad de una mayor apertura económica está fuera de discusión. Argentina es uno de los países más cerrados del mundo, según informe de Ecolatina. Las exportaciones representaban poco más del 10% del PBI en 2017; las importaciones tenían un peso similar. Esto niveles son notablemente inferiores a los de los países desarrollados, y como muestra el gráfico, también menores a los de países en vía de desarrollo como Bolivia, Chile y Perú.

Fuente: Ecolatina

Por otro lado, es inviable el desarrollo sin la inversión extranjera directa. Por eso es prioritario para  Argentina terminar con sus desequilibrios macroeconómicos y generar estabilidad, lo que abrirá las puertas para una mayor participación en el mercado de capitales. El acuerdo puede ser una herramienta para facilitar estas condiciones y, con el apoyo del Estado, canalizar los flujos de dinero hacia la inversión en infraestructura para los sectores productivos.

El entendimiento con la Unión Europea es un camino hacia una inserción internacional inteligente, ya que no puede pensarse una estrategia de desarrollo de espaldas a las economías más relevantes del mundo. Como dice Jorge Castro en su libro Desarrollismo del Siglo XXI: “No hay una política de los países subdesarrollados enfrentada e incompatible con las políticas de los países desarrollados. Es errónea toda política que arranque de la noción de enfrentamiento irreductible entre los intereses de uno y otro mundo y es acertada toda política que parta de la noción de integración y de la unidad de intereses de ambos”.

Esto nos hace reflexionar acerca del rol del desarrollismo en los tiempos que vienen. Si bien el acuerdo estratégico Unión Europea-Mercosur no debería ser un fin en sí mismo, puede ser herramienta muy importante para emprender el camino hacia un desarrollo sostenible en el tiempo.

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