Una reunión en Madrid

Juan Domingo Perón y Arturo Frondizi ya habían coincidido políticamente con anterioridad, pero se vieron en persona por primera vez en 1972 en Madrid. Así fue la primera reunión entre los exmandatarios

*) Por Federico Polak.

Aún es invierno. De a ratos aparece un tibio sol que preanuncia la primavera, pero sigue fría esta ciudad bella pero sombría, anclada en el pasado. En pocos años será otra, espléndida y democrática. Pero ahora todavía no. El Caudillo permanece.

Las tapas de los diarios del día de mañana no reflejarán la reunión que está a punto de celebrarse. El ABC pondrá una foto a toda página del árbitro de fútbol internacional Concetto Lo Bello, tomada durante el descanso del partido Milán-Nápoles, e informará sobre su nombramiento como candidato por la Democracia Cristiana para las elecciones italianas del 7 de mayo, agregando que arbitrar y meterse en política al mismo tiempo, es poner fuego sobre un barril de dinamita, por la posible furia de las hinchadas ante un futuro gol mal concedido.

Arturo Frondizi no está preocupado porque la prensa española de la dictadura no se detenga en su visita a Madrid, una ciudad mustia, oscura, atornillada al pasado, la capital de un país que vive tan en el subsuelo del subdesarrollo, que hasta la Argentina parece desarrollada (se encuentra varios escalones arriba, favorecida por los ecos que persisten del período desarrollista que iniciara en 1958).

Es el 13 de marzo de 1972, y por fin se reunirá con Juan Domingo Perón. No se conocen. Han coincidido tácticamente en el pasado, pero Frondizi no sabe aún cuál es el pensamiento del general, si convendrán una estrategia que saque a la nación de la opresión y la violencia, si se avendrá a diseñar una salida alternativa al subdesarrollo. El reciente documento “La Única Verdad es la Realidad” podría ser una pista, pero Frondizi lo descarta como tal. Más allá de la glosa de Aristóteles, ve en él la pluma o la impronta de Rogelio Frigerio, no la de Perón.

Supone que Perón tendrá en cuenta que él, como radical intransigente, fue uno de los que se opusieron en 1945 a la conformación de la Unión Democrática, y también que el 27 de julio de 1955 pronunció por radio, como Presidente del Comité Nacional de la UCR, una célebre y certera alocución llamando al diálogo como sostén de las instituciones, y a la conciliación democrática, a la unión nacional, a la construcción de un país industrialista, pero sin éxito. Perón se encerró en su cinco por uno, y sobrevino la Revolución Libertadora, que venía por la venganza.

Luego juntos produjeron, John William Cooke y Rogelio Frigerio mediante, aquel famoso pacto que lo llevara a la presidencia, pero durante el transcurso de la misma Perón lo combatió con ferocidad, contribuyó a desestabilizarlo. Y desde el exilio, Perón no hace referencia a él por su nombre, lo ha denominado Il Gubbio, aludiendo al lugar de origen de su familia. Dice a quien quiera escucharlo que “Il Gubbio quiere producir petróleo y autoabastecerse, pero eso no sirve, eso es caro, yo lo compro más barato en el Golfo”. Frondizi no se altera. No ataca ni se defiende. Cree que el diálogo es la herramienta adecuada para la construcción de la cosa pública. Dialogando -por intermedio de Frigerio- ha dado inicio con aquel pacto al reconocimiento ciudadano del peronismo como movimiento político, y al justicialismo como partido. Cuando Raúl Alfonsín completa el cuadro, con el Pacto de Olivos, la prensa le reprochará haberlo hecho durante una reunión reservada o secreta, y Alfonsín contestará: “Es lo normal. En política todos hablamos con todos, todo el tiempo”. Pero eso Frondizi lo verá recién en 1993.

Ambos, Perón y Frondizi, exhiben estrategias diferentes. Frondizi tiene como norte una nación abierta a un mundo enmarcado en la coexistencia pacífica, atractiva al capital extranjero, con un modelo de desarrollo de ritmo sostenido que reemplace al país granja por el país factoría, con la industria pesada como base fundamental, produciendo máquinas que a su vez produzcan máquinas. Luego vendrán nuevas formas sociales, más justas y equitativas, que permanecerán. Perón sostiene el mantenimiento de una industria nacional, secundaria e insuficiente para los desarrollistas, y si bien en una famosa conferencia brindada en junio de 1944 en la Universidad de La Plata se ha referido a la necesidad de contar con una industria pesada, en realidad lo que ha dicho es que el ejército la necesitaba, no la nación. Descreído de la coexistencia pacífica, pensó en 1945 que sobrevendría la tercera guerra mundial y sostuvo por ello lo que denominó “tercera posición”. Eso sí, ha introducido para siempre la necesidad de atender la cuestión social, y aumentado la participación de la clase trabajadora en el producto bruto como nadie antes. Pero por sobre todo, es un gran caudillo popular, señalado para encabezar un proyecto nacional definitivo y distinto, dejando atrás un siglo y medio de desencuentros ¿Quién sino él puede desmadejar el coctel siniestro de enfrentamientos en que está sumida la Argentina?

Quienes van a conocerse, aunque distintos, pertenecen al campo nacional y popular. Frondizi es un intelectual profundo, de una inteligencia superior a la media, y ejerce la política como profesión habitual desde que se recibiera de abogado. Es nacionalista, pero “nacionalista de resultados”, como su aparcero Frigerio. Perón es un militar nacionalista,   líder de masas, reconocido profesor y autor de temas políticos y militares (parece ejercer la docencia cada vez que habla). A ambos, tanto el Departamento de Estado como el Foreign Office, los considera demagogos y populistas.

El factor personal es esencial para la construcción política. Frondizi lo sabe. Cuando conoció a Frigerio en una calurosa tarde de enero de 1956, coincidieron de inmediato, porque se generó entre ellos una confianza mutua que los depositaría más adelante en la conducción nacional.

Algunas veces la suerte quiere que suceda así, y otras no. Tanto en uno como en otro supuesto, el factor personal es apto para cambiar el rumbo de la historia. Por caso, otros dos presidentes, en los años 80´, terminarán los desencuentros y las hipótesis de conflictos entre sus países e inaugurarán un período de integración regional hasta entonces inédito, partiendo de una amistad que se forjó en la primera entrevista oficial que les marcaron sus cancillerías.

Respecto de Perón, a Frondizi le falta eso. No son pares, aunque ambos hayan sido presidentes. Perón es la pieza central de la política argentina desde 1943, y lo seguirá siendo al menos por otra década. Frondizi es apenas el estandarte del desarrollismo. No es poco, pero no alcanza para equipararlo con Perón, aunque sus figuras –ambas- sean gigantescas.

Perón ha sobrepasado los 70 años, y está enfermo. Fallecerá dos años después. Frondizi es un hombre de sólo 63. Está pleno, lúcido, fuerte. Hace casi exactamente diez años lo tumbaron los militares. Podría ir por la revancha. Tiene un partido nuevo, integrado por antiguos dirigentes entusiasmados por la perspectiva, y jóvenes dispuestos a la lucha. Conformará una fórmula presidencial con Américo García que lo hubiese transformado en el oponente principal para las elecciones del año entrante, desplazando al radicalismo tradicional (de hecho es Francisco Manrique quien queda a pocos miles de votos del segundo lugar), pero está dispuesto a construir un frente con el justicialismo (como ya lo hizo en 1963, un intento desbaratado por la proscripción del peronismo que se que antojaba eterna). Cree en el frentismo liderado por el justicialismo como la única herramienta adecuada para salir de la violencia y los desencuentros. Sabe que bajo el cobijo de Perón conviven los extremos más opuestos. Los criminales de la Triple A, y los combatientes violentos de las formaciones especiales. Nazis y socialistas gritando “Viva Perón”. Frondizi descarta el “entrismo” como instrumento de participación política. Conformará efectivamente el FREJULI, pero mantendrá su partido vigente e impartirá a sus dirigentes la instrucción de no aceptar cargos públicos en 1973. Sus legisladores actuarán bajo un discurso diferenciado del gobierno peronista, su partido (el MID) dará primero apoyo crítico, y después considerará el frente inexistente, ante la inevitabilidad del golpe militar.

Pero ahora es 1972, y se reunirá con Perón. Serán dos interlocutores que no se han entendido antes de manera directa, personal. Tal vez aparezca la confianza mutua que altere el rumbo de las cosas. O la desconfianza que lo condicione. Poco se sabrá de aquel encuentro. (En 2005 sesionará en San Juan el XIII Congreso de Historia de la Academia Nacional. Allí el periodista Luis Eduardo Meglioli presentará su trabajo “Perón y Frondizi en Puerta de Hierro: el día que se conocieron”, pero la investigación no contendrá aportes emanados de fuentes fidedignas. Es un trabajo basado en una grabación facilitada para su audición por presuntos subordinados de Perón en 1992, sin copias)

Al llegar a Puerta de Hierro, abre José López Rega, quien ofrece té o café. Perón y Frondizi sonríen. Intercambian amabilidades y cortesías mutuas, abordan los temas que les preocupan durante tres horas. El que habla en especial es Perón. Frondizi escucha sus opiniones sobre todos los temas nacionales e internacionales. Queda perplejo sobre una, que el general especialmente profiere en referencia a la juventud maravillosa y su destino final. Frondizi y Frigerio han incorporado a varios pensadores de izquierda al Centro de Estudios Nacionales. Juan José Real enseña allí pensamiento nacional y marxismo a los jóvenes militantes del MID. La turbación de Frondizi aumenta. La entrevista termina.

Frondizi ahora sabe. Acaba de conocer a Perón. Al saber, comprende lo que pasará. Contribuirá al armado del frente, de todas formas. Supone que el frente será un fracaso, pero carece de opciones alternativas para impedirlo. Tratará de influir para que los rumbos cambien, pero no tendrá éxito. Un proceder extraño: contribuir a armar una estructura sabiendo que fatalmente se desarmará.

Él conoce la razón.

Vuelve al hotel. Sus acompañantes están inquietos. Quieren saber cómo le fue, qué pasó. En especial exhibe su ansiedad quien fuera su secretario privado en la Casa Rosada, el hombre que lo acompaña desde antes de la presidencia, Eduardo S. Gonzalez, Tito Gonzalez. Tito no es su secretario personal, es un empresario, pero ha ido con él a Puerta de Hierro. No han podido conversar sobre el contenido de la reunión durante el regreso, para no incurrir en indiscreciones frente al conductor.

Tito dice: “Siéntese doctor, y cuente”

Es entonces que Frondizi, mirándolo de rabo de ojo a un costado, se encamina hacia el baño mientras contesta: «Tito, primero me voy a lavar las manos porque se las acabo de dar al hombre mas amoral que he conocido»


Fuente: http://www.eltontoylossabios.com/?p=276

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