¿Vacaciones? A Las Toninas

*)Por Sebastián Lucas Ibarra.

El rubro turismo y compras en exterior es el más deficitario de la cuenta corriente argentina: tuvo en 2017 un saldo negativo de 10.662 millones de dólares; un 26% superior al déficit comercial

Monumento al lobo marino, en el balneario de Mar del Plata.

Uno de los grandes problemas de la economía argentina es el déficit de cuenta corriente. En el primer trimestre de 2018 se alcanzó el triste récord de 9.623 millones de dólares de déficit, un 34% mayor que en el primer trimestre de 2017. Un monto insostenible. Este desequilibrio está detrás de la inestabilidad que atraviesa la economía argentina. El economista desarrollista Luis María Ponce de León enfatizó este punto el miércoles pasado en charla con el equipo de VD. Un sector pone en evidencia la magnitud del desfasaje: el rubro turismo y consumos en el exterior es el más deficitario de la cuenta corriente del país y explica un tercio del déficit en la balanza de pagos. Exagerando un poco, podríamos decir que pedimos ayuda al FMI para financiar tours de compras y viajes de placer.

Entre enero y abril de 2018, el turismo y el consumo de los argentinos en el exterior acumularon un saldo negativo de 4.094 millones de dólares, un 6,5% más que en el mismo periodo del año anterior. Y ya las cifras de 2017 habían sido preocupantes: el déficit del sector fue de casi 10.662 millones de dólares; un 26% más que el déficit comercial, que el año pasado registró el valor más alto en la historia. El gasto del turismo saliente fue el año pasado de 12.700 millones de dólares y hubo ingresos por turismo receptivo del orden de 2.000 millones. Unos 8.800 millones fueron destinados a la cancelación de deudas en dólares con tarjetas de crédito, informa el Banco Central. El 85% correspondió a gastos de argentinos en el exterior y el 15% a e-commerce.

Y no hay que pensar solo en viajes a Europa o Miami. Los argentinos gastaron en 2017 en Chile 1.353 millones de dólares —dolares que los propios argentinos no invertimos acá—. El monto debería hacer cosquillas en la fibra más nacionalista de los más nacionalistas. A los menos, igualmente debería incomodarlos: es el reflejo del desbarajuste económico que genera un tipo de cambio atrasado. Pero, ¿es una devaluación la mejor salida?

Correcciones necesarias

A la mayoría nos gusta viajar y no se trata de sentirse culpable por hacerlo. Pero el turismo en el exterior genera una sangría de divisas y el retraso cambiario es una forma encubierta de subsidiarlo. En la situación que se encuentra el páis, viajar al exterior es como un lujo y debe costar como tal. El Gobierno puede y debería aplicar un impuesto a los viajes al exterior para desalentarlos. De hecho, este impuesto ya existe.

Una ley sancionada durante la presidencia de Arturo Frondizi gravó los pasajes al exterior con una alícuota del 1% sobre el precio de los tickets. Alfonsín la elevó al 5% y en ese monto se mantuvo durante toda la convertibilidad y  el kirchnerismo. En enero de 2005 se promulgó la Ley Nacional de Turismo 25.997, que ratificó ese monto. El gobierno actual modificó esta norma y subió la alícuota al 7%. El jefe de Gabinete, Marcos Peña, reconoció este martes que la posibilidad de un nuevo incremento “está sobre la mesa”.

Una segunda vía para desincentivar los viajes al exterior es una devaluación. Algo que ya se produjo. En lo que va del año, la cotización del dólar se disparó más del 50%. Al mismo tiempo,  un segundo semestre en el que la actividad económica se ralentizará augura una reducción del turismo en el extranjero. El problema es la inflación. Si no se revierte la tendencia alcista de los precios, es solo cuestión de tiempo para que vuelvan a resultar baratos para los bolsillos argentinos los viajes y las compras en el exterior. El impuesto sobre los pasajes al extranjero tienen la ventaja de que es una política direccionada hacia un sector en particular, el que genera mayor déficit.

La lógica dice que la devaluación alentará la llegada de extranjeros y, al desincentivar los viajes hacia el exterior, favorecerá el turismo local. Esto debería dinamizar la economía y el empleo. No soy tan optimista. Creo que el efecto de la desaceleración económica  y la inflación anularán estas ventajas rápidamente a menos que haya un acuerdo estratégico del gobierno con el sector.

El desbalance de la cuenta corriente en general y el turismo en particular son manifestaciones de una estructura productiva que no genera las divisas que necesita para sostenerse y expandirse. Una economía que no produce lo suficiente para llevar el tren de vida que su sociedad demanda. El Gobierno tiene que intervenir para corregir esas incongruencias. Más allá de las medidas coyunturales, deberá solucionar el problema de base, que es la falta de incentivos a la producción y a la exportación, al mismo tiempo que promueve una apertura inteligente del mercado a las importaciones.

Ya sabemos a dónde nos llevó el populismo cambiario. No hace falta ser historiador para recordar que “La plata dulce” de Martínez de Hoz y el “deme dos” de la convertibilidad nos costaron nuestra industria y crisis terribles. Quizás lo que falta no sea conocimiento de los problemas, sino el valor de tomar medidas impopulares cuando son necesarias —impopulares dije, no antipopulares—. La peor decisión es no tomarlas, postergarlas o creer que gradualmente los problemas se pueden diluir. No en Argentina, un país que produce como una economía subdesarrollada y pretende gastar como una del primer mundo.

 

Sebastián Lucas Ibarra

Director de Visión Desarrollista. Licenciado en Relaciones Laborales UBA.

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