Viernes 23 de junio de 1950. Es bien temprano y la ciudad de Buenos Aires amanece cubierta de una tenue neblina. Dos hombres de imperturbable mirada, cigarrillos encendidos en la mano, cubiertos de elegantes impermeables y sombrero a tono,  irrumpen en la avenida Callao entre remolones escolares acudiendo a clases y encargados manguereando las veredas como si el agua potable fuera un bien infinito. El despacho del diputado peronista Vicente Bagnasco en el Congreso de la Nación es el punto de destino. Allí los esperan el anfitrión y el doctor Albrieu, que también legislador por la bancada oficialista. Minutos más tarde, los imperturbables caminantes,  los diputados radicales Miguel Ángel Zavala Ortiz  y Raúl Uranga golpean seco a la puerta del despacho. La cita es concretada. Esa mañana no sólo los divide la insignia partidaria, sino también la misión que cada pareja tiene encomendada. A tono con el propósito, las partes se saludan con respetuosa frialdad. Todos exhiben sus poderes; están en orden. Los embajadores peronistas plantean su posición: en nombre de su compañero John William Cooke, exigen que Arturo Frondizi se retracte por  las palabras vertidas hacía su persona en el recinto el día anterior. Agregan que, en caso de negarse, exigirá la satisfacción por medio de las armas.

Uranga y Zavala Ortiz no esperaban otras palabras. De hecho, tienen mandato directo de su correligionario el doctor Frondizi de no retractarse bajo ninguna circunstancia. El entrerriano firme y decidido afirma conciso y certero “que el doctor Frondizi ratifica las palabras vertidas públicamente el día anterior en el recinto”.  No hay nada más que hablar. Se labra el acta y se dispone la ejecución del duelo para esa misma tarde. El doctor Rafael Demaría, un reconocido especialista en armas de fuego, será el director designado. El duelo está en marcha.

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Acta del duelo Cooke-Frondizi

Los duelos de honor en Argentina

Ante de llegar al desenlace de esta peculiar anécdota en la vida de Arturo Frondizi, es interesante remarcar algunas consideraciones con respecto a los denominados “duelos de honor”. En Argentina, el Código Penal contempla el delito de duelo en los artículos 97 a 103. El primero de ellos se refiere al duelo regular, que es el que acontece entre dos personas (si son más, es riña) con intervención de padrinos, que deben ser capaces (mayores de edad), y tienen por función seleccionar las armas, asegurar la igualdad entre los participantes y establecer las condiciones en que el duelo se realizará

La pena por el delito de duelo es de prisión y se gradúa en vistas a las lesiones provocadas. Si son graves o mortales, la pena es de prisión de uno a cuatro años. Si son leves o nulas, la prisión es de uno a seis meses. Lo que hace que las penas se atenúen en comparación con los delitos de lesiones o el homicidio es que aquí hay un consentimiento entre ambas partes, existen padrinos y se discute una cuestión de honor. Se consuma el delito cuando el combate se inicia, sin necesidad de que se produzca daño alguno. Los padrinos no son punibles, salvo que actuaran con alevosía (artículo 102) o cuando programen un duelo a muerte bajo condiciones que ese desenlace sea inevitable (artículo 103). La razón es sencilla: si la ley prevé que los padrinos pongan las condiciones para que los daños sean atenuados, sería contradictorio que la misma norma castigara a un partícipe cuya presencia considera necesaria para aminorar la pena.

El combate debe estar motivado siempre por cuestiones de honor. El honor masculino es tan importante para la ley que si alguien retara a duelo por causas económicas la pena sería mayor. El duelo fue condenado por el Concilio de Trento de 1562 y desde entonces pasó a ser una forma privada de dirimir contiendas.

Sin duda, el duelo más famoso de la política argentina fue el de Hipólito Irigoyen y Lisandro de la Torre, que se batieron con espadas en 1897 por discrepancias políticas. Si bien el peludo era un aprendiz en el arte del esgrima, logró doblegar a su experimentado adversario y lo obligó a usar su característica barba rala para disimular las cicatrices que le dejó aquella disputa. El último duelo público en Argentina fue en 1968 entre el periodista Yoliván Biglieri y el almirante Benigno Varela.

¡Fuego!

23 de Junio de 1950. 16 horas. En un lugar aún ignoto de la Ciudad de Buenos Aires tres autos negros concurren a la cita concebida esa misma mañana, pero originada en el duelo de palabra el día anterior en la Cámara baja del Congreso Nacional.

El director del duelo, el experto en armas don Rafael Demaría, es el primero en llegar y aguarda sosteniendo el armero. Cooke está más ojeroso y pálido que nunca. Ha dormido poco, pero, nobleza obliga, no por temor sino por la visceral furia que alimenta contra su adversario.  Frondizi, no sorprende, se presenta imperturbable, cual efigie antigua de la templanza y la moderación. No hay diálogos ni miradas entre ellos. Una prudencial distancia modera el clima de por sí tenso. La niebla se ha disipado, pero aún así el sol ha preferido mantenerse indiferente al espectáculo y un manto de nubes da un tono grisáceo al acontecimiento.

Los padrinos ultiman detalles con Demaría. Las pistolas de duelo tienen la particularidad de que los muelles son calibrados para obtener el mismo retraso en el tiro y resultar al mismo tiempo de manejo suave. Ornamentos especiales dan a la misma una condición casi de museo. Incluso el armero suele ser en sí mismo una pieza de arte. Cuando el director lo abre, se despliegan brillosas de su interior dos pistolas de duelo sin uso desde la época de la presidencia de Pellegrini, implorando ser nuevamente convocadas y alimentar de pólvora sus férreos y voraces intestinos. Las mismas son revisadas y aprobadas por los padrinos. Se ha cargado una sola bala en cada una de ellas. Segundos después están en manos de los duelistas. No ha pasado un cuarto de hora, pero parece una eternidad. El duelo está listo para comenzar.

El director marca las distancias. Serán 16 metros o 25 pasos entre los antagonistas. No habrá “prioridad de fuego”, sino que a la voz de fuego del director cada uno será libre de disparar su único tiro desde el lugar donde han quedado emplazados.

A las 16 horas y 20 minutos el grito seco de “fuego” retumba en el desolado paisaje. Segundos después, dos ráfagas penetran en el aire acompañados por el eco del ruido de pólvora consumida. Furibundo, Cooke ha disparado a la cabeza de su adversario. Su exuberante vigor y desmedrado odio hacía su adversario le han jugado una mala pasada, no permitiéndole dar puntería. Más tarde tendrá revancha para dar su estocada: cuando Frondizi sea presidente, asumirá el bajo papel de agitador social, al mando de la “resistencia” peronista, siguiendo órdenes del derrocado general. Cooke utilizará una insignificante intervención de un frigorífico municipal para fogonear una auténtica pueblada y traer verdaderos dolores de cabeza a su adversario.

Irónicamente, Cooke fue, con Rogelio Frigerio, articulador del pacto no escrito entre Perón y Frondizi que posibilitó el triunfo del desarrollista en 1958. Aun así, su figura perdió relevancia en la política nacional, en gran parte por su admiración hacia la revolución de Fidel Castro y Guevara, que lo hizo partir a Cuba, y, en otro, por el manejo de Perón, que no quería sucesores ni representantes poderosos. Como síntesis, se podría decir que Cooke fue la versión más “radicalizada” del peronismo y el inspirador de una corriente revolucionaria dentro del movimiento, que distaba mucho del pensamiento del propio Perón, más allá de que mutuamente se utilizaran y manipularan generando pérfidas consecuencias en la historia argentina. No es raro entonces que quien fuera la voz más destacada del entonces partido oficial, el primer representante político del general en el exilio, fuera luego más reivindicado por la izquierda argentina que por el propio peronismo. Murió en Buenos Aires en 1968 a los 49 años de edad.

¿Y el disparo de Frondizi? Años más tarde relató lo ocurrido a su discípulo José Giménez Rebora: tiró al aire porque estaba contra el duelo, pero lo había aceptado porque defendía y mantenía su palabra.


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