nuevo desarrollismo
Tres operarios trabajando en una fábrica de acero en China. / Fanjianhua (Freepik)

Este proyecto nació de la frustración. Como reacción a una frustración. Fue hace seis años.

Todavía no existía la idea de crear un medio y mucho menos el nombre Visión Desarrollista. Existía, sí, un grupo de jóvenes que frecuentaban espacios desarrollistas. No eran espacios multitudinarios —aclaración innecesaria—, pero sí convencidos. Y había una convicción arraigada con especial fuerza: tenía que actualizarse el pensamiento desarrollista. Todos coincidían en esto, pero nadie se sentía capaz de hacerlo. Era un lugar común y un imposible. No pasaba nada; esa era la frustración.

El mundo había cambiado tanto desde que se formuló la primera versión del desarrollismo. Y no estaban Arturo Frondizi ni Rogelio Frigerio para guiarlos. Algunos creían que el aggiornamiento de sus ideas tenía que ser el resultado de un debate amplio. ¿Pero con quién? Muchos de los referentes desarrollistas históricos que seguían vivos no se dirigían la palabra desde hacía décadas. La idea de reunirlos a debatir parecía estúpida.

Entonces pasó algo inesperado. Los tres principales candidatos a la presidencia en 2015 —Daniel Scioli, Mauricio Macri y Sergio Massa— se presentaron en público como desarrollistas. Era incómodo para nosotros. ¿Podían ser desarrollistas los referentes de tres espacios, a priori, tan distintos? ¿Qué significaba ser desarrollista, entonces? O peor: ¿significaba algo?

Etapa uno: los orígenes del desarrollismo

Con estas preguntas en la cabeza nació Visión Desarrollista (VD). Nos pareció razonable empezar por el origen: ¿qué había sido el desarrollismo? VD era un proyecto modesto y esa fue su principal virtud. No pretendía repensar el desarrollismo, sino entenderlo. Entrevistamos a los referentes históricos; los que no se dirigían la palabra desde hacía décadas.

Algunos habían sido ministros del gabinete de Arturo Frondizi, como Alfredo Allende. Otros habían integrado la Usina Desarrollista, el grupo de intelectuales que lideraba Rogelio Frigerio. Son los casos de Guillermo Ariza y Luis María Ponce de León. Hicimos la última entrevista a Oscar Camilión, que entonces cumplía una pena de prisión domiciliaria por la causa de la venta ilegal de armas a Croacia y Ecuador. Camilión fue uno de los referentes más importantes del desarrollismo, al igual que Antonio Salonia, a quien también entrevistamos. Hablamos con Héctor Valle, Mercedes Marcó del Pont y Aldo Ferrer; también con Hugo Carassai, Ideler Tonelli y Carlos Zaffore.

La pluralidad fue y sigue siendo un pilar del proyecto. Si no podíamos reunir a los referentes para que debatieran cara a cara, al menos podíamos exponer sus ideas, experiencias y trayectorias en un mismo espacio virtual. Las trayectorias eran realmente muy diversas: había kirchneristas, macristas y massistas; algunos habían sido funcionarios menemistas, otros furiosamente antimenemistas. Todos, sin embargo, se decían desarrollistas.

Las ideas del desarrollismo clásico —si nos permiten esta denominación— estaban plasmadas en decenas de libros. Una característica del desarrollismo es, justamente, que escribió y sistematizó su pensamiento como pocas corrientes ideológicas en Argentina. ¿Hacía falta un proyecto como Visión Desarrollista? Creemos que sí. En las entrevistas encontramos algo que no está en Las condiciones de la victoria ni en El movimiento nacional. Algo que está en los testimonios de varones y mujeres que vivieron el proceso político de primera mano: una memoria histórica oral que muchas veces discrepaba con el discurso canónico desarrollista. Había pasión y convicción, también dolor y dudas. Fracasos, lealtades y traiciones. Esos testimonios son los rastros del cruce entre las ideas y la lucha política, y explican las razones que llevaron a cada uno por un camino distinto. Conocerlos nos ayudó a releer las seis décadas de existencia del desarrollismo, desde la cima del poder hasta su casi extinción.

Pero esta no es una historia sobre el pasado.

Etapa dos: las voces críticas

— ¿Que sos qué? ¿Desarrollista? El mundo cambió mucho desde 1958.

A los desarrollistas nos suelen decir este tipo de cosas, como si fuéramos los únicos que no nos dimos cuenta de los cambios del mundo. Un dato: ya lo sabemos. Otro dato: la mayoría del equipo de VD no había nacido cuando el mundo comenzó a cambiar, a mediados de los setenta. Pero no nos adelantemos.

En seis décadas surgieron problemas nuevos, movimientos nuevos, ideas nuevas. Queríamos poner ahí el foco en la segunda etapa del proyecto, con una mirada crítica hacia el pensamiento desarrollista. Y discutir con otros actores. El desarrollo no solo preocupa a los desarrollistas. Esa apertura incluía, especialmente, a los opositores más acérrimos del desarrollismo clásico. Por eso hablamos con Domingo Cavallo y Ricardo López Murphy. Nadie duda de que son los antagonistas perfectos de Rogelio Frigerio. Justamente por eso tenían algo para aportar.

A algunos lectores les disgustó tanta amplitud. Lo lamentamos, pero defendemos que esta etapa es necesaria para proyecto. Refleja, además, otro principio de VD: la civilidad política. Creemos que se puede discutir con respeto y disentir —incluso coincidir— con el que piensa distinto. Y que en eso se basa la cultura democrática. El debate político actual se reduce muchas veces a un cruce de acusaciones a los rivales —en general de corrupción o de defender intereses inconfesables— y la ausencia de ideas. Es una dinámica peligrosa para la democracia: conduce al hartazgo de los ciudadanos ante una dirigencia ensimismada que no atiende los problemas reales del país, que son muchos y crecientes.

Una revisión crítica no podía limitarse a los referentes del liberalismo más duro, claro. Hablamos con una nueva generación de dirigentes desarrollistas, como Rogelio Frigerio (nieto), Federico Poli, Máximo Merchensky y Juan Pablo Carrique. También con jóvenes que están pensando el desarrollo con nuevos enfoques, como Daniel Schteingart, Diego Coatz y Victoria Giarrizzo. Entrevistamos a referentes industriales, como José Ignacio De Mendiguren, a liberales progresistas, como Eduardo Levy Yeyati, y académicos, como Agustín Salvia. En esta etapa diversificamos el método de trabajo y ampliamos el equipo de VD, tocamos temas que antes no tocábamos, organizamos charlas y debates.

La reflexión crítica es un proceso continuo, una etapa que no termina nunca. Pero en estos seis años llegamos a algunas conclusiones.

Etapa tres: un nuevo desarrollismo

Un proyecto de desarrollo nacional exige definiciones en tres ejes estratégicos: la inserción en la economía global, el modelo de acumulación y la coalición para el desarrollo. El modelo de acumulación es lo primero que te viene a la cabeza cuando pensás en el desarrollismo: qué sectores de la economía son el núcleo del proceso de desarrollo (o de reproducción del capital). El contexto internacional configura los límites y las oportunidades del modelo de acumulación; es así hoy y ha sido así desde los inicios del capitalismo. La coalición para el desarrollo es la expresión de los sectores políticos, económicos y sociales que deben apoyar un proyecto de desarrollo para que tenga éxito. Frigerio lo llamaba “la alianza de clases y sectores”.

Existe una respuesta trivial para los tres ejes, bastante extendida entre la dirigencia política actual: Argentina tiene que relacionarse y comerciar con todos los países, todos los sectores son importantes y la coalición no puede dejar a nadie afuera. Este afán abarcativo tiene dos defectos. Primero, es una forma poco elegante de esquivar el bulto. De no responder nada. El segundo es que disimula —con más elegancia— una concepción liberal: que el mundo decida por nosotros, que el mercado autoregulado defina los sectores ganadores y no hace falta ninguna coalición para el desarrollo, para eso está la democracia. 

La formulación original del desarrollismo, la de Frondizi y Frigerio, tenía definiciones precisas en los tres ejes. Pero, como todos sabemos, el mundo cambió mucho desde entonces.

El capitalismo posdesarrollista

Cuando gobernaba Frondizi regía el sistema de Bretton Woods, los estados de bienestar gozaban de buena salud, las políticas keynesianas eran la regla, se toleraba cierto grado de proteccionismo que blindaba a los mercados nacionales de la competencia externa. Era la época de la descolonización y la industrialización del mundo subdesarrollado. Tanto, que industrialización y desarrollo eran prácticamente sinónimos. La inversión extranjera, en aquel entonces, significaba la radicación de una empresa nueva en el país. El modelo de acumulación se basaba en el mercado interno y la sustitución de importaciones.

Todo cambió a partir de los setenta y se aceleró con la revolución conservadora de Ronald Reagan y Margaret Thatcher. Anotá esos nombres: son los malos de la película.

La revolución conservadora fue el fin de Bretton Woods y el comienzo del neoliberalismo. El mundo avanzó hacia libre movilidad de capitales y la baja de los aranceles de importación. La primera consecuencia fue la deslocalización productiva y la expansión de las cadenas globales de valor. Los procesos productivos se fragmentaron en operaciones dispersas en distintos países, según las ventajas comparativas de cada uno. Muchas industrias se mudaron en el sudeste asiático, China y algunos países del exbloque soviético atraídas por la mano de obra barata y la laxitud de las normas laborales. Con la baja de aranceles, las compañías trasnacionales incrementaron su tasa de ganancia radicando la producción en los países subdesarrollados y exportando desde allí al resto del mundo.

El aumento de la desigualdad en los países desarrollados fue la segunda consecuencia, en forma muy marcada en EEUU y más atenuada en Europa. Es el reflejo tanto del incremento de la rentabilidad empresaria y financiera como del estancamiento del salario de las clases medias y bajas, que sufrieron por la deslocalización de los puestos de trabajo y la competencia de la mano de obra asiática. Una tercera consecuencia fue la disminución de la pobreza en los países que recibieron las inversiones extranjeras, en especial en China. Esto, a su vez, impulsó la demanda de alimentos y provocó el boom de las materias primas de principios de siglo.

El capitalismo cambió de forma y se impuso la versión de la globalización que conocemos hoy. Que no es la única posible. Las inversiones extranjeras ya no son lo que eran en los años de Frondizi. La mayor parte de los flujos de capitales son decididos por grandes fondos de inversión y por multinacionales, que invierten en los países donde tienen operaciones, eslabones de sus cadenas globales de valor. También se radican inversiones, claro, donde hay recursos naturales para explotar o grandes mercados de consumo para abastecer.

La liberalización de los flujos de capitales provocó el aumento de la volatilidad financiera. Y generó un efecto secundario: la competencia fiscal. Los países rebajan impuestos para incentivar que las empresas se radiquen en su territorio, lo que aumenta la presión para que otros países hagan lo mismo. La desregulación financiera provocó también la proliferación de los paraísos fiscales.

Estos cambios crearon un contexto adverso para el desarrollo. Y minaron la base del modelo de acumulación que estuvo vigente en Argentina hasta mediados de los setenta: la sustitución de importaciones.

Todo esto no lo vas a encontrar en Netflix.

El neoliberalismo en Argentina

Argentina no se benefició con la deslocalización productiva. Por el contrario, la industria nacional sufrió la competencia de países con mano de obra más barata y la presión para una mayor apertura comercial. Hay otros factores que lastran la competitividad del sector industrial, como las deficiencias en la infraestructura, que se traducen en elevados costos logísticos; la presión tributaria, agravada por la competencia fiscal; y las elevadas tasas de interés, combinadas con la falta de crédito.

El campo argentino sí se benefició, en cambio, por el auge de las materias primas. Pero no todo cayó del cielo. Los aricultores argentinos invirtieron, incorporaron tecnología e innovaron en los métodos de producción. Es cierto que otros países de la región tuvieron un mejor desempeño durante el superciclo de las commodities, pero la comparación es injusta. Salvo Brasil, ninguna otra tenía un sector industrial considerable. Ganaron con el aumento del precio de las materias primas y no perdieron con la desindustrialización.

Desde principios de los ochenta, Argentina atraviesa un proceso de extrema volatilidad financiera. La deuda externa fue un problema recurrente, al igual que la fuga de capitales. Desde 1975, los argentinos fugaron el equivalente a un PBI actual. La inestabilidad, sin embargo, no fue una particularidad Argentina. Con la crisis de la deuda mexicana en 1982 comenzó la llamada década perdida para toda Latinoamérica. México volvió a tener una crisis financiera en 1994 —el efecto tequila— y le siguieron la crisis financiera del sudeste asiático en 1997, la rusa de 1998, la de Brasil en 1999, entre otras. Argentina colapsó en 2001, pero también lo había hecho Ecuador en 2000. De hecho, la economía ecuatoriana está dolarizada desde entonces. 

La inestabilidad financiera y el aumento de la desigualdad tienen raíces en procesos de escala global. Si en Argentina se manifiestan de una forma excacerbada, se debe a las características de su matriz productiva, propia de un país periférico con una industrialización incompleta y poco integrada a las cadenas globales de valor. Tampoco hay tantos países con las características de Argentina.

De la sustitución de importaciones a la heterogeneidad productiva

El modelo de acumulación argentino cambió bruscamente a partir de 1976. La transformación comenzó con Alfredo Martínez de Hoz y se completó con Domingo Cavallo. El resultado es una economía heterogénea con cuatro segmentos diferenciados: sectores globalizados y competitivos, sectores de productividad intermedia orientados al mercado interno, sectores de baja productividad que subsisten con el auxilio del Estado y la economía popular.

Este modelo excluye a gran parte de la sociedad, pero tiene sus ganadores. Los sectores estrella son el campo —el más dinámico y el pilar del modelo de inserción internacional—, algunas industrias competitivas con perfil exportador —en las ramas siderúrgicas y petroquímicas, por ejemplo—, los grandes grupos multinacionales y, en los últimos años, la economía del conocimiento. La minería y el petróleo no convencional son actividades con potencial, aún poco explotadas. El sector financiero es una paradoja: tiene alta rentabilidad a pesar del bajo grado de desarrollo de las finanzas y el mercado de capitales en Argentina en relación con países del mismo nivel de ingresos. La industria automotriz es uno de los mayores complejos exportadores gracias a su integración con Brasil al amparo del Mercosur.

Un escalón más abajo en la escala de competitividad se ubica una amplia variedad de actividades orientadas al mercado interno. Las que eran el núcleo del modelo de sustitución de importaciones. Estas empresas crecen cuando el consumo se expande y entran en crisis cuando se estanca. Podrían ser competitivas con otras condiciones logísticas, impositivas o financieras —por no mencionar la inflación—, pero necesitan protecciones estatales y subsidios para sostenerse en la coyuntura actual.

Las llamadas economías regionales tienen características similares al grupo anterior: si el contexto es favorable, pueden crecer, generar empleo e incluso exportar. Son actividades concentradas geográficamente —como la vid en Mendoza y San Juan, el algodón en Chaco, la fruticultura Río Negro o el azúcar en Tucumán—, por eso tienen baja incidencia a nivel nacional, pero son estratégicas por su capacidad de generar un desarrollo más equilibrado en todo el territorio. De ahí la importancia de estudiar la historia productiva de las provincias y las regiones del país. En las últimas décadas, las economías regionales han tenido resultados dispares y muchas están en crisis.

Un peldaño más abajo están los sectores de baja productividad que solo se sostienen gracias a la asistencia estatal. Un caso emblemático es la industria textil. Son actividades que, sin embargo, cumplen un rol importante desde el punto de vista social porque generan muchos puestos de trabajo. “Garantiza la paz de los conurbanos”, según el politólogo José Natanson. La contracara es que suelen generar empleos mal remunerados, muchos en negro, y de baja productividad. En esta categoría también podría incluirse una parte del empleo público, especialmente en las provincias y los municipios, que actúa como un mecanismo compensador del desempleo en las regiones menos dinámicas del país, donde hay un déficit marcado de empleo privado.

Por último, la economía popular. Los cartoneros, las vendedoras ambulantes, los artesanos, las costureras y otras cooperativistas de distinto tipo. Son trabajadores sin patrón ni derechos laborales que suelen estar organizados por medio de los movimientos sociales. No son desempleados transitorio ni desgraciados que pasan por una mala racha, son un sector permanente del entramado productivo.

Este modelo de acumulación es la consecuencia de 50 años de neoliberalismo, que tuvo fases de expansión y de resistencia. Porque tanto el (primer) alfonsinismo como el kirchnerismo fueron intentos de oponerse a la transformación neoliberal, pero no provocaron un cambio estructural del modelo de acumulación. De hecho, la resistencia se manifestó como un conflicto abierto con los ganadores del modelo. En general, en lo discursivo y, en ocasiones, como una exacción impositiva a los sectores de alta rentabilidad para su redistribución posterior. Sí, el campo es el ejemplo más evidente.

Un camino posible es abandonar la resistencia y abrazar decididamente el modelo basado en el campo, la minería, los hidrocarburos no convencionales, las industrias que hoy exportan y la economía del conocimiento. Complementado con el turismo, las economías regionales y algunos sectores de productividad intermedia. Implica asumir el modelo neoliberal —el más acorde a la fase del capitalismo globalizado actual— y “quitarle los pies de encima” a los sectores más dinámicos. ¿Es este un modelo deseable para el país? ¿Existe alguna alternativa? ¿La sustitución de importaciones? ¿La integración en cadenas globales de valor?

En la tercera etapa del proyecto queremos centrarnos en este tipo de preguntas. Sobre el modelo de acumulación y la inserción a la economía global — ¿Qué hacemos con el Mercosur? ¿Qué tipo de relación tenemos con China y EEUU? ¿Qué forma va a adoptar la globalización pospandemia?—. También, claro, sobre la coalición para el desarrollo.

Una coalición para el desarrollo

Todo proyecto de desarrollo tiene ganadores y perdedores. Por eso es un debate difícil. Y por eso mismo muchos evitan darlo. Nosotros no.

Frondizi llegó al poder gracias a un pacto con Juan Domingo Perón. Esto lo sabemos todos. El pacto no perseguía solo fines electoralistas y tenía un fundamento teórico: era la expresión electoral de una alianza de clases y sectores. Perón era líder político del movimiento obrero y el programa de desarrollo requería el apoyo de los trabajadores. Otros sectores de la coalición eran las clases medias y profesionales, expresadas en parte por la Unión Cívica Radical Intransigente (UCRI), la incipiente burguesía nacional, la iglesia y las fuerzas armadas. Ese era el diagnóstico de Frigerio y de eso trata su libro más conocido, Las condiciones de la victoria.

La alianza de clases y sectores no excluía expresamente a nadie, pero Frigerio advertía de que había sectores contrarios al programa de desarrollo. Fundamentalmente, los que ganadores del modelo vigente. Los llamaba intereses agroimportadores: eran los exportadores de materias primas, poco vinculados al mercado interno, y los importadores de bienes industriales y petróleo, que no querían competidores nacionales. No los condenaba por inmorales ni los acusaba de ocultar intereses inconfesables. Al contrario, tenían intereses clara y objetivamente opuestos al programa de desarrollo. O, al menos, no eran sus beneficiarios directos.

Un programa de desarrollo necesita hoy también una coalición que lo apoye, pero el panorama de actores económicos, políticos y sociales cambió profundamente.

La democracia está consolidada y las Fuerzas Armadas perdieron toda relevancia política. La Iglesia católica tiene menor influencia, tanto por el alejamiento de sus fieles como por la expansión de nuevos credos, en particular las iglesias evangélicas, con un arraigo social importante. El bipartidismo, si alguna vez existió, es cosa del pasado. El sistema político está configurado en torno a dos grandes coaliciones, con identidades menos rígidas y mayor ductilidad que en el pasado. ¿Quién representa al peronismo? ¿Es el peronismo el representante del movimiento obrero?

En el último medio siglo aumentó la informalidad y la precariedad laboral. Hubo una desindicalización del mundo del trabajo. Surgieron los movimientos piqueteros, que evolucionaron hacia organizaciones sociales. Hay una nueva central sindical, la CTA, que tiene como lema la fábrica es el barrio, en referencia a la economía popular.

La burguesía nacional también es un mosaico complejo. ¿Son lo mismo un chacarero del norte y un pool de siembra en al zona núcleo? ¿Una gran industria exportadora y una PyME metalúrgica de Córdoba? ¿Un gran grupo multinacional y un arrocero de Corrientes? La coalición para el desarrollo depende de estos matices. Y no es que se vaya a dejar a un sector afuera, pero algunos están más adentro que otros.

El movimiento ambientalista, el movimiento feminista y el movimiento por los derechos humanos son también nuevos actores de la cartografía política argentina, que es más diversa, compleja y democrática de lo que era en 1958.

Nuevas agendas

— Obvio que hoy todos se dicen desarrollistas, ¿quién puede estar en contra?

— Los ambientalistas.

Este diálogo es real. Pasó hace unos días, en una charla entre periodistas. Y tiene sentido: el ambiente siempre fue un tema ríspido. Los desarrollistas consideraban tradicionalmente las cuestiones ambientales como un costo que frenaba el despliegue de las fuerzas productivas. Esta mirada ya no es válida —bueno, antes tampoco lo era—, no solo porque la agenda ambientalista gana cada vez más fuerza sino porque un desarrollo que no es sustentable, no es desarrollo. Es un modelo extractivista que se basa en la descapitalización del planeta y dilapida las posibilidades de progreso y de una vida digna de las generaciones futuras.

La agenda ambientalista marca los límites de los modelos de desarrollo deseables — ¿Es sustentable el sistema de producción agrícola actual?—, pero no es la única. La igualdad de género es una de las demandas sociales más visibles en todo el mundo. Las mujeres argentinas cobran entre un 20% y un 25% menos que los hombres; y esa brecha asciende al 45% en la economía informal. Cada 30 horas una mujer es asesinada por un hombre en el país. Las mujeres dedican el doble de tiempo que los varones a las tareas domésticas y de cuidado, que son una forma extendida de trabajo no remunerado. El proyecto de desarrollo deberá transformar Argentina en los próximos años para dar respuesta a los conflictos ambientales, a las demandas de igualdad de género y a la creciente desigualdad social. O será un fracaso.

Un escéptico podría señalar que todos los políticos hablan de definir un proyecto de país y construir consensos. Y que nosotros proponemos algo bastante parecido con palabras diferentes. Que esta tierra está demasiado trillada. Tendría razón. Es casi un lugar común, repetido desde hace años, que nadie ha sido capaz de concretar.

Nosotros no aspiramos a resolverlo. Sí a entenderlo y a participar en el debate. Con modestia, como siempre. Así empezamos y así seguimos, 50 ediciones después.


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