Andrés Ibarra: “El problema central de Argentina es la competitividad”

El exministro de Modernización piensa el desarrollo en términos una agenda de competitividad que divide en seis ejes: institucional, internacional, modernización, sectorial, fiscal y macroeconómico

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El exministro de Modernización de la Nación, Andrés Ibarra

Es más común escuchar que Andrés Ibarra hable de conectividad que de economía. La tecnología, la innovación, el empleo público y la gestión del Estado en general eran los temas que manejaba como ministro de Modernización. Ocupó dos veces el cargo. La primera fue entre 2011 y 2015, en el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. La segunda, entre 2015 y 2019, en el Gobierno Nacional. Aunque hable pocas veces en forma explícita de economía, Ibarra es economista de profesión. Tiene una visión del desarrollo enfocada en la competitividad y define una agenda integral de seis ejes para abordarla: institucional, inserción en el mundo, modernización, política sectorial, equilibrio fiscal y equilibrio macroeconómico. “Sin ese abordaje integral, no hay posibilidad de tener un país en serio, competitivo y que se desarrolle”, sostiene en una entrevista con Visión Desarrollista. De nuevo en el llano, hace un balance crítico del gobierno de Cambiemos. Destaca una larga lista de logros y considera que impulsó una agenda muy seria para el desarrollo, pero admite que la crisis desencadenada en 2018 tuvo un impacto social muy duro y al Gobierno le faltó tomar medidas para atenuarlo. “Nosotros pensábamos que nos valoraban por lo que estábamos haciendo y nos iba a votar aunque mucha gente y las empresas estuvieran pasándola mal por por la crisis económica”, reconoce.

¿Cuál es tu visión sobre el desarrollo económico en Argentina?

Desgraciadamente, hubo muy pocos periodos en los que parecía que el país se encaminaba hacia un desarrollo sostenible en el tiempo. Uno muy valioso fue el desarrollismo. [Arturo] Frondizi asumió y tuvo la oportunidad de tomar medidas en esa línea, con el concepto de propiciar las inversiones, como hizo con la política petrolera. Las políticas implementadas en ese momento permitieron una década de crecimiento en Argentina. Después hubo islas de crecimiento, con los planes de estabilización de [Adalbert] Krieger Vasena, con Dagnino Pastore, en un momento del Plan Austral y en parte del gobierno de Carlos Menem con Domingo Cavallo. Pero, conceptualmente, Argentina vive una tragedia desde el lado económico. No bajamos de 20% de pobreza desde hace 15 años, con picos de más de 50% en 2002. Hace 12 años que no crecemos. Hace 60 años que convivimos con inflación, con tasas medias del 60%. El gasto público pasó de alrededor del 20% a más del 40% del PBI. El riesgo país casi nunca bajó de los 500 puntos desde los 90, con picos de 5.000 puntos en 2003. Durante nuestro gobierno llegamos a los 400 puntos en 2017. Argentina no es un país creíble. Y eso nos lleva al concepto de la competitividad. El problema central de Argentina es la competitividad. Y te agrego una variable más: el número de argentinos que dependen del Estado.

¿A qué te referís cuando decís que dependen del Estado?

En 2002 había casi ocho millones de argentinos que dependían del Estado. ¿De qué manera? Había 2,2 millones de empleados públicos, 3,6 millones de jubilaciones y 2 millones de asignaciones familiares. En 2015, cuando asumimos, había 17 millones. El doble. El número de empleados públicos creció en un millón y llegó a 3,5 millones, las jubilaciones a 6,6 millones y la asistencia social a 3,7 millones. A eso hay que sumarle otros 3 millones de asignaciones familiares. Sumaban 17 millones y creciendo. En 2019 llegamos a los 19 millones, aún con una política austera en materia de gasto y empleo público. Casi la mitad del país tiene este tipo de dependencias, que son financiadas por el Estado. Ahí viene otro problema, que es la presión impositiva, que es altísima. Toda esa combinación de pobreza, estancamiento, riesgo país, inflación y personas que viven del Estado hace que el país sea impracticable.

¿Cómo se puede revertir?

No hay magia en esto. La clase política tiene que dejar de lado las propuestas engañosas que van por un camino híbrido y no va a permitir que nos desarrollemos nunca. ¿A qué me refiero con un camino híbrido? El mejor ejemplo es lo que está pasando hoy con Vicentin. El viernes estuvo el presidente [Alberto Fernández] con empresarios y les dijo: “Yo los voy a apoyar, soy capitalista”. Cinco días después tomó una medida que, aunque le den la explicación que sea, va en otro sentido. El mundo no solo escucha las palabras, sino que ve los hechos. Y encima esto se produce en el medio de una negociación de deuda. El ministro de Economía está tratando de cerrar el acuerdo y le tiran con esta señal. Parece de locos. Si Argentina no entiende que el camino tiene que ser el de la competitividad, es imposible generar crecimiento y desarrollo. Nos vamos a quedar atados a nuestra mediocridad. A la permanente mediocridad.

¿Existe una agenda de la competitividad?

Desde mi punto de vista hay seis ejes, que son los que nos van a permitir crecer, desarrollarnos y ser competitivos como país. Primero, una agenda de valores, como la que planteamos nosotros en el Gobierno. Esa agenda tiene que ver con respetar a rajatabla la Constitución Nacional en términos de la división de poderes y la justicia independiente. También con la agenda de transparencia, gobierno abierto y participación ciudadana, y con un mayor federalismo. El segundo eje es la agenda de la inserción en el mundo. Hay que apostar por una Argentina abierta al mundo, como nosotros logramos hacer en gran medida. La tercera agenda tiene que ver con lo que llamamos específicamente la competitividad: la modernización y la innovación. Esto incluye lanto la infraestructura de rutas, autopistas, puertos, aeropuertos, comunicaciones e Internet como las políticas para favorecer la innovación y la agenda digital. Cuarta agenda: la que tiene que ver con el sector real de la economía. Los desarrollos sectoriales. Saber qué vas a priorizar y cómo. La cinco y la seis tienen que ver con dos temas fundamentales que nosotros también intentamos lograr en el Gobierno, que son el equilibrio fiscal y el equilibrio macroeconómico, lo que incluye al sector externo y la política monetaria.

¿Qué se necesita para impulsar esta agenda?

Esto nace de la política. La política tiene que entender que el abordaje es integral y que, sin ese abordaje integral, no hay posibilidad de tener un país en serio, competitivo y que se desarrolle. Creo que nuestro Gobierno intentó poner esta agenda sobre la mesa. Creo que fuimos exitosos en varios de estos temas. 

¿Qué falló o qué faltó?

Teníamos una herencia catastrófica. Como una autocrítica, creo que tendríamos que haber sido mucho más duros en compartir que el país estaba quebrado. Nos llenamos de optimismo, me incluyo. Creíamos que con haber logrado un cambio de rumbo, por lo menos en las urnas, nos iba alcanzar para salir. Teníamos una agenda muy seria por delante para lograr ese cambio de rumbo. Y como digo, en muchas áreas de esa agenda tuvimos éxito. Pero, claramente, no alcanzó.

¿Cuánto poder político se necesita para llevar a cabo esta agenda?

Tiene que haber una fortaleza política para evitar que demos tumbos, como le está pasando a este Gobierno, que parece tener un internismo permanente. Conviven en él distintas ideologías. Hay un sector al que le gusta Venezuela y hay otro sector que es más capitalista. En esa convivencia, pareciera que el presidente busca un cierto equilibrio. Y con ese supuesto equilibrio es muy difícil ser contundentes a la hora de ratificar un rumbo. Acá hay que ser terminante: o vamos para un lado o nos fundimos yendo para el otro. Si vamos para el lado de la competitividad, pienso que hay que hacer esto que acabo de decir. No hay otra manera, porque sino te quedás a mitad de camino. Podés crecer unos años, como pasó durante el gobierno de [Néstor] Kirchner, en parte por el rebote de la crisis de 2001 y ayudado por el precio de la soja. Pero el país no ha tenido una política seria y sostenida en el tiempo por varias administraciones. No ha habido una agenda compartida por la mayor parte de la clase política, que mire para el mismo lado. Y eso dificulta cualquier proceso de crecimiento de largo plazo. 

¿Creés que el sector del Gobierno que llamás capitalista puede compartir la agenda que planteás?

Creo que sí, pero el problema es que hay un sector importante que no. Lamentablemente, es lo que se está viendo. Aunque para mí todavía no empezaron a gobernar. Los primeros dos o tres meses no pasó nada. Lo único que hicieron fue congelar las tarifas. Después vino el coronavirus y, desde entonces, lo único que pasa en este país es la cuarentena. No hay plan económico ni nada. Lo único que está haciendo Martín Guzmán es negociar la deuda. Me resulta insólito como economista, no entiendo cómo se hace para negociar sin un plan económico que explique cómo vas a cumplir. Que explique cómo vas a crecer, cuántas divisas vas a generar, cuánta va a ser la incidencia de los intereses de la deuda sobre el PBI, cuánto va a ser el déficit fiscal. Si no hay plan económico, muy difícil mostrar un rumbo. Y ese rumbo sería muy importante para que los agentes económicos, dentro del país y afuera, empiecen a planificar y tomar decisiones. Hoy el país está paralizado. Y evidentemente no es solo por el coronavirus. 

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Andrés Ibarra en una presentación cuando era ministro de Modernización de la Nación
Además de la herencia recibida, ¿qué otras barreras se encontraron?

Digo que tendríamos que haber sido más contundentes porque realmente la herencia era dramática. Y reflejaba que Argentina sufre desde hace décadas el estancamiento, la inflación, un riesgo país altísimo, una política cambiaria desastrosa, con el cepo, una pobreza del 30%. Además de no tener planes de competitividad sectorial y un plan de desarrollo integral. Todo eso era una herencia tan contundente que, la verdad, no daba para ser optimistas en el corto plazo. Lo que pasa es que lo fuimos porque comenzamos a tomar medidas que, desde nuestro punto de vista, iban en el sentido correcto para que el país creciera y se desarrollara. Pensamos que iba a funcionar y el mundo nos iba a acompañar, a pesar de que arrancábamos desde muy abajo.

¿El gradualismo quedó corto? ¿Tendría que haberse implementado una política de shock, como proponía Carlos Melconian?

Desde mi punto de vista, políticamente era imposible generar una política de shock. El gradualismo fue adecuado. Estaba previsto que el plan funcionara con financiamiento. Que no se cortara el financiamiento. Y  llegamos muy bien hasta abril de 2018. Ganamos las elecciones. Lo que siguió fue el shock. Estábamos en un camino de cornisa y se hizo lo que se pudo. Pudo haber errores, podríamos haber corregido un poco más algunas variables. Reducir más el gasto y el déficit, lo que hubiera significado menor endeudamiento. Anticiparnos a las situaciones. Puede ser… pero el camino era el correcto. 

¿Cuáles creés que fueron los mayores avances del gobierno?

Cuando hablo de esta agenda de seis temas para el desarrollo, en todas empezamos a hacer cosas. En la agenda institucional, desde el primer día dijimos: transparencia, división de poderes, justicia independiente, mayor federalismo. Se puede meter ahí también la lucha contra la corrupción,  el narcotráfico y las mafias policiales. En la apertura e integración al mundo, abrimos más de 150 nuevos mercados, hicimos decenas de misiones internacionales encabezadas por Mauricio Macri. A mí me tocó ir a España, Vietnam e India. Toda la política con el Mercosur, el G20, la integración al mundo a través de la OCDE y la OGP (la Alianza para el Gobierno Abierto). En materia de infraestructura: el plan de rutas, puertos y aeropuertos que hoy existen. Hoy se tocan. Y, por supuesto, el plan de modernización, digitalización, comunicaciones y conectividad, que es transversal y soporte de la economía. 

¿Qué destacás en materia de modernización?

Conectamos a dos millones de hogares que no tenían acceso a Internet. ¿Cómo? Quintuplicamos los kilómetros de fibra óptica iluminada de ARSAT. La fibra óptica que había dejado el kirchnerismo llegaba a 60 localidades, más o menos. Nosotros llegamos a 1.300, con la fibra óptica y los privados. Pasamos de 600 localidades que tenían 4G a 2.800. Pusimos Internet satelital y puntos WiFi gratuitos. Conectamos a Internet a 3.600 escuelas rurales y a 200 centros de salud. Lanzamos un plan de conectividad para el turismo. Definimos 200 lugares turísticos en el país: al que no le poníamos 4G, le poníamos fibra óptica o Internet satelital. Implementamos la telemedicina: conectando más de 100 centros de todo el país con el Garrahan. Los trámites a distancia, que hoy se puedan usar en la pandemia. Mucho de lo que podemos hacer en la pandemia es gracias a todo lo que hicimos nosotros. Si no fuera por nuestras políticas, no habría manera de comunicarse hoy. La velocidad de banda ancha del país pasó de 4,5 megabits por segundo a más de 20 megabits por segundo. Lo multiplicamos por cinco.

Al macrismo se lo acusaba de tener una mirada antiestatista. ¿Es un prejuicio?

Una cosa es ese concepto de un Estado obsoleto, pero grandote, que plantea el populismo. Y otra cosa es un Estado dimensionado como corresponde, pero que le da servicio al ciudadano, que fija reglas del juego y permite desarrollar un plan de infraestructura. Te doy el mejor ejemplo: como Estado, invertimos en Arsat para hacer 30.000 kilómetros de fibra óptica y, gracias a eso, alrededores de 800 proveedores de Internet (ISP), tuvieron fibra para conectar a los vecinos de sus localidades. Ese combo público privado es lo que tiene que hacer un Estado que funciona bien. Que genera reglas del juego y que invierte donde no está el privado. Con políticas activas desde el ENACOM, generamos un plan de financiamiento. Se los llamó ANR (Aportes No Reembolsables) y destinamos casi 1.000 millones de pesos. En ese plan, un privado chiquito, una cooperativa o un ISP, presentaba su proyecto para su pueblo y nosotros le dábamos los fondos para que invirtiera. Después, por supuesto, se tenía que hacer cargo del mantenimiento y de la operación. Pero si no hubiera sido de ese modo, no se hubiera podido hacer la obra para llerva Internet.  Y eso sucedió en centenares de localidades. Eso es un Estado que funciona y no el populismo de regalar los fondos sin controlar o contratar empleados sin saber para qué van a ir a trabajar.

¿Creés que se podrían haber implementado políticas más favorables a las PyMEs, algo más orientado a promover la producción?

Hay dos tipos de políticas públicas. Las activas y directas hacia un sector y las más indirectas, pero que ayudan en la logística y en la reducción de costos. Nosotros tomamos una cantidad de medidas que favorecían a las PyMEs. Todas las mejoras de infraestructura logística que se hicieron —puertos, rutas, autopistas, comunicaciones, mejoras en términos de digitalización— apuntan directamente a la línea de costo de las empresas. Y ahí están las PyMEs. Mauricio [Macri] creó las mesas sectoriales, donde estaban las PyMEs de la agroindustria, la industria química, la construcción y las tecnológicas, por ejemplo. Y ahí se hablaba de todos los problemas y se abordaban y se canalizaban a través de los responsables de cada sector. Hubo también algunas medidas directas de apoyo a las PyMEs, en términos impositivos y del costo del financiamiento. Pero, desgraciadamente… Tengo un buen ejemplo. Nosotros implementamos un plan especial para que las PyMEs invirtieran en telecomunicaciones. Pero nos agarró el problema de 2018 y 2019. Y por más que la subsidiábamos, la tasa de interés estaba en las nubes. No era rentable por culpa de la macroeconomía. Por eso tal vez se confunde un poco. Nuestro gobierno sí tuvo una política dirigida directa e indirectamente a las PyMEs. La decisión política estaba; la macro nos impidió ser tan efectivos como hubiésemos deseado.

¿El mal desempeño macroeconómico explica la derrota de 2019?

El gran problema de 2019 fue no haber entenido que, por más que hicimos un montón de cosas que fueron valoradas por la comunidad —por las PyMEs, por los empresarios, por la gente en general—, eso no alcanzaba. La gente tenía el agua al cuello y tendríamos que haber generado una política mucho más activa desde el Estado para suavizar esa situación hasta que se acomodara la macro. De esa forma, la crisis hubiera sido un poco más suave y no tan agresiva. Creo que la pifiamos. Nosotros pensábamos que nos valoraban por lo que estábamos haciendo y nos iba a votar aunque mucha gente y las empresas estuvieran pasándola mal por por la crisis económica. Fue un error de medición, de percepción, de análisis de la situación. Intentamos corregir, pero no nos alcanzó el tiempo.

¿Qué podrían haber hecho para suavizar el impacto de la crisis?

Podríamos haber reducido algunos impuestos y bancar más tiempo ciertos subsidios. De una manera coyuntural, no como una política definitiva. Eso nos hubiera ayudado y tal vez hubiéramos ganado las elecciones. Les podría seguir mencionando un montón de hitos que sí logramos. Nuestro gobierno tenía una buena agenda para el desarrollo.

¿Qué fue lo que más te sorprendió cuando asumiste en el Estado nacional?

El gran tema es cómo gestionar en el marco de la política. Los niveles necesarios de consenso, las reglas, la burocracia, entendida como la maraña de temas que tienen que ver con la normativa. En el Estado nacional, la necesidad de consenso político es fundamental. Me parece que ese tema tendría que haber jugado mejor en algunas iniciativas que tomamos. Por ejemplo, cuando fuimos al Congreso con el tema de la ley de Competitividad. En un proyecto de ley para mejorar la competitividad y reducir la burocracia, introdujimos la modificación de 80 leyes. Eran todas normativas viejas que no tenían ningún sentido, pero imaginate: que el Ejecutivo mande a modificar 80 leyes fue casi una afrenta para el Congreso. Ese proceso merecía un consenso mucho mayor. Un buen ejemplo que tuvimos nosotros es el COFEMOD (Consejo Federal de Modernización). Al principio, no sabés las resistencias que había. Eran provincias que habían estado en ese consejo federal en los años del kirchnerismo, cuando hubo mucha desconfianza. Nosotros logramos romper esas paredes y se construyó un equipo muy, pero muy positivo. Incluso llegamos a consensuar un posible proyecto de ley de modernización. Un tema que no pude lograr, fue la sanción de la ley Comunicaciones. Tuvimos que tejer, consensuar. Ayudó mucho [Miguel] Pichetto. La sacamos en el Senado y no pasó Diputados, por más que intentamos. Me parece que el proceso político de consenso es un gran aprendizaje y es una necesidad para gobernar. Y ni les digo para esta propuesta que hago de la agenda de competitividad. 

Al gobierno de Cambiemos se lo calificó a veces como el Gobierno de los CEOs. ¿Considerás que la experiencia del sector privado sirve para gestionar el Estado?

Sinceramente, para mí, esas definiciones que se hacen peyorativamente son una estupidez. Cada uno tenía un rol, una función. Todos traíamos formaciones diferentes y cada uno puede tener un enfoque diferente, pero me parece una pavada estigmatizar. ¿Qué es mejor? No ser CEO y ser, ¿qué? ¿Político de 30 años? Hay que tratar de sacarle el jugo al que tiene una experiencia política de 30 años y al que tiene una experiencia de CEO, cada uno en el lugar adecuado. Todo eso se tiene que amalgamar, formar un equipo de buen funcionamiento, con buenas reglas y con planes. 

¿En qué sentido aporta la modernización del Estado a la agenda de competitividad?

Es uno de los seis eje. No es el único, por más que haya sido el nuestro. Pero sí es fundamental porque le da soporte a que las empresas sean más competitivas. Una empresa que exporta no solo es competitiva por una política pública de tipo de cambio alto. También puede ser competitiva por menores costos, porque se construyó una autopista o se pavimentaron caminos de tierra. También porque se llevó la conectividad a Internet y un trámite que requería horas hombre, ahora se puede hacer en línea. O porque ya no piden coimas en las distintas oficinas públicas. Hay un montón de formas de mejorar la competitividad a través de la modernización. Y ni te digo en el contexto actual. Hoy casi ni hace falta hablar. Lo que veíamos como futuro digital, llegó hoy. Todo se aceleró y vino para quedarse. Si nosotros no hubiéramos hecho lo que hicimos, hoy Argentina estaba en la prehistoria. No podríamos ni estar haciendo esta charla por Zoom. No podríamos comunicarnos por 4G, porque era muy precario. ¿Se acuerdan de que en todas las nochebuenas era imposible comunicarse? Bueno, eso se revirtió completamente en los últimos años.

En el Gobierno impulsaste la agenda figital. ¿Qué es?

La agenda digital es la combinación de todas las medidas de modernización y digitalización, tanto para el sector público como para el sector privado. Tiene un eje específico de inclusión digital, porque hace falta que a la gente se forme y se capacite. Si no la incluís digitalmente, medio país se queda afuera. También abarca los temas nuevos, como Internet de las cosas, robótica e inteligencia artificial. Y la base es la infraestructura tecnológica y la conectividad. Ese combo significa que todo un Gobierno y un país trabaja para fortalecer esa agenda digital. 

De las políticas que impulsaste desde el Ministerio de Modernización, ¿qué es lo más importante que quedó pendiente y qué se debería continuar?

Me preocupa que hubo un cierto retroceso con el expediente electrónico y el sistema de compras digitales Compr.Ar. El Gobierno habilitó a través de un decreto la posibilidad del uso de papel, por si el sistema funciona mal. Ese es un error garrafal. Si el sistema funciona mal, no se arregla con un decreto que te permite evadirlo. Se arregla con los técnicos: tenés que mejorar la conectividad y mejorar el software. Es un error dar marcha atrás. El objetivo tiene que ser la continuidad de las políticas que implementamos. El Gobierno, en algunas cosas, lo ha hecho y lo ha valorado. Por ejemplo, montó el Certificado Único Habilitante para Circulación a través de la página del Gobierno. También es muy malo si dan marcha atrás, como está pasando, con la Sociedad por Acciones Simplificada (SAS). La SAS permite abrir una sociedad en minutos o en horas, cuando antes tardaba seis meses. Es una locura que tiren eso abajo. Gracias a las SAS, se armaron alrededor de 20.000 sociedades que le dieron empleo a más de 50.000 personas. No es un argumento veraz que no existen controles y por eso lo tiran atrás. De ninguna manera es así.

¿Por qué creés que lo hacen?

Tienen un preconcepto viejo de cómo discriminar la apertura de sociedades en Argentina. Hay que pensar en grande y dar herramientas para facilitar que se creen empresas y puestos de trabajo. Después, controlás con la normativa que corresponda. Espero que entiendan el camino, a pesar de estas malas señales iniciales. Toda la  política que implementamos favoreció claramente el emprendedurismo, la innovación y el empleo.

¿La agenda digital es una oportunidad para Argentina?

La agenda digital es un soporte espectacular para las áreas de oportunidad donde Argentina es claramente competitiva, como la agroindustria y la industria del conocimiento. Y para muchos sectores donde empezamos a tener oportunidades competitivas. Sectores de la economía real. Muchos están originados en el campo, pero tienen valor agregado. Ni hablar si se recupera un poco el precio del petróleo y se reactiva Vaca Muerta. Argentina tiene grandes oportunidades de crecimiento, hay que aprovecharlas. Y hay que abrir mercados y competir. Porque si nos quedamos encerrados, no tenemos manera de salir del 50% de pobreza que vamos a tener este año.

¿No es peligroso abrirse sin haber alcanzado antes los objetivos de la competitividad?

Abrirse significa dialogar con el mundo: vos qué tenés, yo qué te puedo dar. Y, obviamente, es como cualquier negociación. Vamos a aprovechar todo lo que podamos vender nosotros. Pero si podemos importar alguna tecnología nueva y después sustituirla, eso también es una oportunidad. Igual tenés que abrirte al mundo porque es la única manera de generar divisas. Piensen una cosa: los planes de estabilización de Krieger Vasena, Dagnino Pastore o el Plan Austral, se generaron por distintas crisis en el sector externo. Muchas veces por el tipo de cambio. ¿Qué hacemos siempre? Retrasamos el tipo de cambio para bajar la inflación y eso genera un saldo negativo la balanza comercial. Y así es imposible generar dólares genuinos. Eso se tiene que terminar. Tenemos que tener un tipo de cambio alto, competitivo, y generar divisas, que es una fuente fundamental para el desarrollo. Todo eso dentro de una verdadera agenda de competitividad del país.


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