La política de salud del desarrollismo y los desafíos de la pandemia

Ramón Carrillo y Héctor Noblía construyeron un sistema nacional de salud pública moderno e inclusivo. 60 años más tarde, una pandemia nos encuentra en una situación de extrema vulnerabilidad sanitaria

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El presidente Arturo Frondizi y el ministro de Asistencia Social y Salud Pública Hector Noblía

Todo lo que creemos saber o entender en el campo de la ciencia es incorrecto. Porque está mal, porque es insuficiente o simplemente incompleto. Una teoría posterior vendrá y completará, corregirá o mejorará las anteriores, generando un nuevo saber. En ese sentido,  podemos decir que toda la ciencia es un error. Pero esos errores deben dejar la puerta abierta para que la ciencia, con espíritu autocritico, avance.

El flagelo que el mundo entero está experimentando por estos días aún no ha impactado por estos lados como se espera. El país se prepara para enfrentar, quizás, la peor crisis sanitaria del siglo y se desconocen los alcances del daño que provocará.

Para dimensionar la magnitud de la situación que estamos por atravesar, algunos especialistas se aventuran en compararla con la epidemia de polio del siglo pasado. Nuestro país sufrió a comienzos de 1956 una importante epidemia de poliomielitis, que afectó a alrededor de 6.500 personas y se llevó la vida del 10 % de los contagiados. La vacuna recién terminaba de desarrollarse.

Tal vez la mayor preocupación de quienes están al frente de los gobiernos provinciales y del gobierno nacional no sea el alcance del COVID-19, una enfermedad desconocida, sino la capacidad del sistema de salud de dar una respuesta satisfactoria. Todos sabemos el estado en el que se encuentra el sistema de salud.

El legado del doctor Ramón Carrillo

El 80 % de los actuales servicios de salud pública del país fueron construidos por el primer Ministro de Salud Pública de la Nación, el doctor Ramón Carrillo. Fue un momento histórico único, ocupó el cargo entre 1949 y 1954, durante el primer peronismo. Vale la pena repasar brevemente los principales aportes de Carrillo y, sobre todo su, concepción sobre la salud, un tema que estará en boca de todos por varios meses

Carrillo elaboró el Plan Analítico de la Salud Pública, un exhaustivo estudio de más de 4.000 páginas que definía los objetivos principales en la materia y definía las acciones a llevar a cabo. Esto implicaba reformas normativas, un replanteo en la organización del sistema de salud y la construcción de infraestructura sanitaria. El objetivo era tener una política de salud centralizada, que estaba dividida en tres áreas: la medicina asistencial, que es pasiva y está orientada a resolver el problema individual; la medicina sanitaria, que es defensiva y protege; y la medicina social, que es activa, dinámica y preventiva.

La Revolución Libertadora, por supuesto, se llevó puesto este plan y el doctor Carrillo fue perseguido por “peronista”. Esto tuvo consecuencias que se notaron pronto, cuando se evidenció la inacción e imprevisión del gobierno de facto ante la aparición de la epidemia de la polio.

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Ramón Carrillo (de anteojos), el primer ministro de Salud Pública de la Nación, atiende a un enfermo.
Noblía y la política de salud del desarrollismo

Arturo Frondizi se declaraba admirador de las políticas de Carrillo y, sobre todo, de su concepción sobre la salud. Cuando asumió la presidencia, en 1958, designó a Héctor Virgilio Noblía como ministro de Asistencia Social y Salud Pública, con la misión de retomar la dirección que había trazado Carrillo. Noblía se propuso dar un salto cualitativo en las instituciones sanitarias, tanto en la forma de organización, como los roles y los contenidos. “La gran Empresa de Salud”, decía, debía correr en paralelo al desarrollo económico. En la concepción de Frondizi, el desarrollo económico no era un fin en sí mismo, sino un instrumento para lograr el bienestar de toda la población.

El diagnóstico del gobierno desarrollista era que la transformación de la estructura productiva del país traería aparejada la introducción de nuevas tecnologías y nuevas formas de producción y de organización del trabajo. Y, con ello, llegarían nuevos problemas de salud. Por eso, impulsó la creación del Sistema Nacional de Salud.

La arquitectura de la transformación del sistema de salud se sustentó en la creación de innumerables instituciones sanitarias, con una fuerte orientación a la formación y capacitación del personal del Sistema Nacional de Salud. Estas políticas dotaron al país de recursos profesionales altamente calificados en administración sanitaria y hospitalaria, estadística, epidemiologia y saneamiento ambiental.

Una apuesta por la formación profesional

En 1959, fue creada la Escuela Nacional de Salud Pública y fueron becadas varias decenas de profesionales seleccionados para realizar cursos de posgrado en importantes universidades extranjeras. En simultáneo, se reorganizaron los establecimientos asistenciales, se crearon los cuerpos orgánicos de enfermería y se incorporaron a la plantilla ingenieros sanitarios, técnicos en mantenimiento, estadígrafos, nutricionistas, entre otros especialistas.

El Bachillerato Sanitario fue creado en 1960 con la finalidad de formar paramédicos especializados en radiología, hemoterapia, laboratorio y servicios de clínica médica, cuyos egresados tenían prioridad para ocupar cargos vacantes y podían ingresar a las Facultades de Medicina y Farmacia y Bioquímica sin examen de ingreso.

El Instituto de Servicio Social, fundado en esa época, formó un cuadro de profesionales que cumplió un rol bisagra entre los segmentos vulnerables de la sociedad y en los organismos del Estado y entidades privadas dedicadas a la asistencia pública.

Esa preocupación por la formación profesional llevó al ministro Noblía a la creación del sistema de residencias médicas hospitalarias. La resolución 1.788/1960 estableció la educación profesional para graduados de medicina con capacitación en servicio, a tiempo completo y en un plazo determinado, a fin de prepararlos para la práctica integral científica, técnica y social de una especialidad.

Durante el período de Noblía al frente de la cartera —fue ministro hasta que Frondizi fue derrocado—, se crearon el Instituto Nacional de Pediatría Social, el Centro de Capacitación en la Lucha contra la Tuberculosis, el Instituto de la Alimentación y el Sistema de Médicos Residentes, entre otros.

En materia gremial, se consagró la estabilidad de los médicos y profesionales incluidos en el Estatuto consagrado por el decreto 22.212/45 y la compatibilidad en el pluriempleo, siempre que no existiere superposición horaria.

En materia de medicina preventiva, se planificaron y ejecutaron numerosos programas de exámenes de salud e inmunización a segmentos vulnerables del interior del país. También se realizaron diversas campañas de vacunación en plazos y niveles de cobertura inéditos —la triple, BCG, la antipolio, la doble y la de la viruela— Además, se declaró la obligatoriedad de la vacuna antituberculosa, mediante la ley 14.837, y se modificó la normativa referida a la notificación de enfermedades transmisibles.

Con profundo contenido federalista, proyectándose como un moderno centro pediátrico destinado a la investigación, la docencia y la asistencia materno-infantil, en noviembre de 1961 se puso en funcionamiento el Instituto Nacional de Pediatría Social. Con asiento en la provincia de Santiago del Estero, estaba destinado a servir las necesidades de las distintas regiones del país, en función de sus particulares patologías y recursos disponibles. Noblía creó, además, el Centro de Capacitación para el personal de establecimientos tisiológicos de todo el país, que funcionó en la localidad de Recreo, en la provincia de Santa Fe.

En apretada síntesis, Noblía diseñó una política de salud sustentada en una adecuada planificación, desarrollada por un Estado Nacional que ponderase los problemas existentes y emergentes y las tendencias evolutivas, en el marco de un programa de crecimiento económico con un fuerte componente de desarrollo social.

Los desafíos de la salud en la actualidad

Casi 60 años más tarde, una pandemia nos encuentra en una situación de extrema vulnerabilidad sanitaria y con un déficit de infraestructura que evidencian rasgos típicos de nuestro subdesarrollo y la consecuente desintegración económica y social de nuestro territorio. Cuando esta epidemia pase, porque pasará, el debate del estado de nuestra salud pública no tardará en llegar y el objetivo de este artículo es plantear algunos disparadores.

El proceso de descentralización de la salud publica iniciado en los 70 y que terminó de perfeccionarse en los años 90, configuró un sistema más fragmentado e inequitativo que el que se pretendió modificar. Si bien cada una de las 23 provincias y la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, mantiene su a autonomía en materia de salud, dicha autonomía es solo formal. Es una ficción. La consecuencia de este esquema es la inequidad en el acceso a la salud y un menor alcance y la calidad de las prestaciones, pero, sobre todo, es la imposibilidad de coordinar una política pública de salud nacional como las mencionadas más arriba.

El gasto total en servicios de atención de la salud es uno de los más elevados de la región —entre el 8 y el 9% del PBI— y, sin embargo, el sistema de salud argentino es uno de los más segmentados y fragmentados de Latinoamérica. Exactamente lo contrario de lo que alguna vez soñaron Carrillo y Noblía. Lo que fue pensado y para atender a 2 millones de personas hoy intenta atender a 15 millones. El desborde es tal que ya ni si quiera se puede hablar de cuellos de botella.

La inequidad territorial salta a simple vista. En la Ciudad de Buenos Aires hay actualmente poco más de 10 médicos y 7,3 camas por cada 1.000 habitantes, según una investigación publicada por FOPEA. En Misiones hay 1,2 médicos y 1,1 camas cada mil habitantes. En relación con la infraestructura, las deficiencias espantan. Alcanza con recorrer algunas los centros de salud de las provincias del norte o las guardias de los hospitales de CABA para notarlas.

La salud también es un reflejo de la desigualdad. Y puede observarse en la distribución de las enfermedades como la tuberculosis o el mal de Chagas. Salta, Jujuy y Formosa registran tasas de 47,8, 27 y 39,2 casos de tuberculosis cada 100.000 habitantes, más del doble de la media nacional. Un millón y medio de personas padecen mal de Chagas en Argentina, es decir, un 4% de la población. Las provincias más afectadas son Chaco, Formosa, Santiago del Estero, La Rioja, Salta, Mendoza y San Juan.

Revitalizar la Unidad Nacional

Varios hemos celebrado el gesto de unidad entre gobierno nacional y la oposición ante una epidemia que amenaza con castigarnos con dureza. Somos muchos los que esperamos desde hace tiempo un gesto de Unidad Nacional. Lo hemos hecho sin ser ingenuos y con la esperanza de que alguna vez y de forma definitiva aflore ese espíritu de cohesión nacional que nos permita sentarnos en una misma mesa a pensar como retomamos el camino hacia un país que deje atrás el atraso y la postergación de miles de argentinos. Ese espíritu tiene que estar edificado sobre una fuerte autocritica.

Reconocer los errores de las últimas décadas en materia de salud nos puede abrir la puerta para avanzar hacia el diseño de un sistema federal de salud que comprometa a todos los actores involucrados y,  bajo la coordinación del Estado nacional, nos permita reconstruir una salud pública universal de verdad. Ya lo tuvimos, podemos volver a tenerla.

Es necesario ensayar, una vez superada esta crisis, un modelo de unidad nacional en torno a un proyecto de país que revitalice de verdad el sentimiento nacional.

A partir de ese fortalecimiento y de la tarea política para fortalecer la condición nacional, cuando los pueblos luchan por conseguir liberarse del atraso y la postergación. Esa lucha es sin lugar a dudas, la lucha por el desarrollo.


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