Ucrania
Un mes atrás, le presidennte ruso, Vladímir Putin, ordenó la invasión de Ucrania. / Twitter(@KremlinRussia_)

Vladímir Putin intenta repetir en Ucrania la táctica exitosa que usó hace dos décadas en la segunda guerra de Chechenia. Tras intensos bombardeos y fuego de artillería, el 6 de febrero de 2000, las tropas rusas tomaron Grozni, la capital de Chechenia, que había sufrido un asedio infernal. La operación militar fue un triunfo rotundo para el Kremlin; puso fin a las intenciones secesionistas del gobierno checheno y revivió en la memoria el espíritu patriótico ruso. Putin llevaba menos de dos meses como presidente de la Federación de Rusia y la victoria exaltó su figura. La guerra de Chechenia coronó el ascenso de Putin al poder. Los resultados en Ucrania, sin embargo, no han sido por el momento tan alentadores. A pesar de la guerra de desgaste, Kiev resiste.

El Kremlin gastó miles de millones de dólares para modernizar sus fuerzas armadas en los últimos años, pero el avance de la invasión a Ucrania, que comenzó hace un mes, evidenció falta de coordinación entre las divisiones militares terrestres, problemas en el abastecimiento de combustibles y falta de suministros esenciales para el combate. Esto quedó expuesto en las afueras de Kiev, donde cientos de vehículos fueron destruidos y abandonados por las tropas rusas y, en ocasiones, tomados por las fuerzas ucranianas. Moscú subestimó la resistencia del ejército y el pueblo ucraniano, que contrastan con la desmotivación de los soldados rusos, sobre todo de los conscriptos. En las primeras dos semanas tras la invasión murieron entre 5.000 y 6.000 soldados rusos, según fuentes del gobierno de EEUU.

El ejército ruso avanzó y ocupó territorios, principalmente en el sur y este de Ucrania. La ciudad portuaria de Mariupol sufrió un bombardeo feroz que la dejó casi reducida a cenizas. Las imágenes de sus ruinas se convirtieron en un símbolo de la destrucción de la guerra. Mariupol es un punto estratégico para Rusia, porque le permite controlar un puerto clave en el mar de Azov. La avanzada se combina con los ataques a Odesa, sobre el Mar Negro, donde se encuentra el mayor puerto de Ucrania. El presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, denunció en reiteradas ocasiones que los rusos están atacando a civiles; Moscú lo niega.

La apuesta de Putin

¿Por qué Putin decidió invadir Ucrania? Es una pregunta recurrente, que los analistas internacionales intentan responder desde hace un mes desde diferentes puntos de vista. El principal argumento que se suele mencionar es la expansión de la OTAN hacia el este de Europa, dentro de la zona de influencia de Moscú. Rusia sostiene que ese avance es una amenaza vital para su país y viola un compromiso que EEUU había hecho a la Unión Soviética en la década de los noventa. Esto, sin embargo, no explica por qué decidió iniciar la invasión a comienzos de este año. Otras razones: la dinámica interna de Ucrania, donde estaban perdiendo fuerza los aliados del Kremlin; la debilidad que muestra el liderazgo de Joe Biden; la salida de Angela Merkel del poder y el reemplazo por Olaf Sholz, que todavía no logró hacer pie como canciller en Alemania. En el plano más general, sin embargo, suele haber coincidencia entre la mayoría de los especialistas: Putin sueña con reconstruir el imperio ruso. No como un único país, pero sí como un sistema de estados bajo la influencia de Moscú.

Si Chechenia es el antecedente de la táctica militar que usa Putin en Ucrania, Georgia es el anticipo del método de injerencia en un país extranjero. Tras la llamada Revolución de la Rosas, en 2003, un gobierno prooccidental había llegado al poder en Georgia. Este giro político incrementó la tensión en dos regiones separatistas del país: Osetia del Sur y Abjasia. En 2008 el gobierno de Tiflis intentó recuperar el control de estas regiones y Rusia intervino en respaldo de los secesionistas. Pero en esa ocasión, la guerra duró solo cinco días: Rusia aplastó a Georgia.

En el caso de Ucrania, Rusia justificó la invasión con base en la supuesta necesidad de proteger a la población de las autoproclamadas República Popular de Donetsk y República Popular de Lugansk, las dos provincias separatistas de la región del Donbás. Desde el comienzo de la guerra del Donbás en 2014, miles de habitantes de esta región recibieron la ciudadanía rusa. Este es un argumento adicional que esgrime el Kremlin para intervenir: son ciudadanos de su país que, asegura, sufren un «genocidio». Vale subrayar que no existen pruebas que avalen las denuncias de Rusia. Otra de las justificaciones para la invasión, según Moscú, es la necesidad de «desnazificar» Ucrania, un discurso que se apoya en la exageración de la importancia que tienen determinados grupos de extrema derecha dentro de las Fuerzas Armadas ucranianas, como el Batallón Azov y Pravy Sector.

La discusión histórica

El motivo más llamativo para justificar la invasión —que Rusia denomina «operación especial»— lo aportó el mismo Putin. En el discurso donde anunció que reconocía la independencia de Donetsk y Lugansk, el presidente ruso cuestionó el derecho de Ucrania a existir como un país soberano. Dijo que la independencia de Ucrania se debía a un error del líder revolucionario Vladímir Lenin. 

Ucrania ocupa un lugar central en la construcción de la identidad de Rusia. El Rus de Kiev fue la región histórica donde nació el cristianismo ortodoxo y es considerada la cuna de las actuales Rusia, Ucrania y Bielorrusia. Estas referencias son relevantes para Putin, que es un amante de la historia.

El vínculo entre Ucrania y Rusia fue difícil durante la Unión Soviética. Joseph Stalin sometió a Ucrania a la colectivización de la tierra en la década de 1940, que derivó en una hambruna, el Holodomor, en la que murieron casi cuatro millones de personas, según la historiadora y periodista estadounidense Anne Applebaum. Cuando llegó al poder Nikita Jruschov, de origen ucraniano, entregó a Ucrania el control de la península de Crimea. Una decisión que décadas más tarde iba a ser el foco del conflicto entre Kiev y Moscú. Crimea no solo era un destino de veraneo típico para los rusos, en Sebastopol está la única base naval de Rusia en el Mar Negro.

Crimea también fue escenario, entre 1853 y 1856, de una guerra crucial en la historia del imperio ruso. La derrota puso contra las cuerdas al zar Nicolás I y a su sucesor, Alejandro II, que se vio obligado a impulsar las reformas liberales del imperio a finales del siglo XIX. La guerra de Crimea fue, en algún punto, una advertencia sobre los riesgos de las guerras. Desde entonces, el cambio político en Rusia vendría siempre acompañado de un trasfondo bélico.

El peso de la guerra

La primera revolución rusa, en 1905, también fue consecuencia de una derrota militar, esta vez ante Japón. La Primera Guerra Mundial forzó la abdicación del zar Nicolás II y llevó a la revolución bolchevique. La guerra de Afganistán en la década de 1980 fue uno de los desencadenantes de la disolución de la Unión Soviética, que Putin vivió en carne propia y calificó como la «mayor tragedia geopolítica del siglo XX». El presidente ruso sabe de antemano, por lo tanto, que una guerra como la que acaba de iniciar puede desestabilizar el sistema político.

Rusia tiene capacidad militar para tomar Kiev, pero Putin es consciente de que es insostenible una ocupación a largo plazo. Una estrategia de este tipo tendría que enfrentar una contrainsurgencia que se haría sentir fuerte y provocaría pérdidas humanas, económicas y materiales que Rusia no está en condiciones de soportar. Esto sumado a las sanciones internacionales, que ya afectan a la castigada economía rusa. A pesar de la censura y la represión interna, Putin tiene que sostener un consenso interno en el país y un conflicto prolongado podría incentivar la disidencia y las protestas, principalmente de mano de las madres y esposas de los soldados.

Por el momento, Putin no muestra las cartas. Es difícil saber con certeza cuál es su objetivo concreto en Ucrania. Está claro que su prioridad es evitar que Rusia quede humillada. Menos aún, derrotada ante Ucrania. Entre las alternativas que discuten los analistas está la posibilidad de que exija a Ucrania el compromiso a no ingresar a la OTAN en el futuro y el reconocimiento de Crimea como territorio de la Federación de Rusia. Una propuesta más radical, pero también sobre la mesa, es la división de Ucrania en dos: una zona prooccidental y otra prorrusa, bajo la esfera de Moscú. Este y oeste, divididos por el río Dniéper. Como un recuerdo deformado del muro de Berlín.


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