De la recesión al desarrollo

De la recesión al desarrollo

Rogelio Frigerio circa 1992
Rogelio Frigerio circa 1992

Al ministro de economía Domingo Cavallo y algunos otros funcionarios les molesta que se diga que este modelo no engendra crecimiento sino recesión. Exhiben algunos indicadores de actividad industrial que, englobados, parecieran mostrar un incremento de la actividad manufactura.

La realidad es menos evidente y más dura. Han crecido algunos sectores, ligados a la mayor capacidad de consumos que ciertos estamentos sociales tuvieron cuando la hiperinflación dejó de galopar enloquecida. Pero en conjunto la actividad industrial exhibió apenas un repunte modesto que en realidad esconde un gran retroceso que han venido teniendo las industrias básicas, tanto en lo que hace a la producción siderúrgica como química y petroquímica. Se dinamizo en cambio, notablemente, la producción de cemento (ligada a la reactivación en la construcción, inducida a su vez por el alza de los valores inmobiliarios) y la producción de bienes de consumo durable, particularmente automóviles, aunque haya disminuido acentuadamente el porcentaje de fabricación nacional en los vehículos como consecuencia de la importación creciente de insumos y autos desde Brasil y otros países.

Han sufrido mucho el retraso cambiario, en revancha, los textiles, los fabricantes de juguetes, herramientas, productos electrónicos y, por absoluto que parezca y, por absurdo que parezca en el país de las vacas y el trigo, hasta los alimentos.

El aluvión importador reemplázala producción nacional, desplaza obreros de sus puestos de labor y por la vía de la reducción, actividad económica que este implica, achica aún más el mercado interno.

Veámoslo en una actividad primaria, como la lechería, nuestro país llegó a crear ese singular fenómeno cultural que fue la holando-argentina. Sin embargo, a pesar de tener excelentes usinas lácteas, equipadas con modernísima tecnología, estamos procesando leche en polvo que ingresa de Europa en razón del doble influjo de la baratura del dólar, entre nosotros y los subsidios a la producción agrícola que se otorgan en el viejo continente. Resultado: menor calidad a pesar de nuestra excelencia como productores e industriales. Estamos comiendo quesos de Brasil y tomando leche del Mercado Común Europeo. recesión

Si esto ocurre en la lechería, cuyas consecuencias sociales se expresan en el cierre de tambos y pymes de productos lácteos, el efecto social y económico es muchísimo más grave en el caso de la petroquímica, que siendo paradojicamente una de las palancas fundamentales para el muy factible desarrollo argentino languidece hoy asfixiada por la estrechez creciente del mercado interno, los obstáculos para vender en el exterior con este desfase cambiario y, para colmo de males, las importaciones competitivas que subsidiamos con nuestro dólar barato.

Las distorsiones que introduce en toda la economía esta alteración de los precios relativos no pueden ocultarse. Entre ellas, en primer lugar, está el salario. Como consecuencia de la magia “de haber fijado un dólar artificial por ley del Congreso –lo que tarde o temprano terminará por contribuir a su desprestigio, porque es ajena a la naturaleza del parlamento, la determinación arbitraria de las variables económicas- asistimos hoy a otra paradoja. Mientras para los obreros el salario es completamente insuficiente, para las empresas –al menos para que las que son mano de obra intensivas- el “costo laborar” medido en dólares se ha convertido en una pesada carga. De allí que, con plausible miopía, algún representante empresario propugne “disminuir” el costo por la vía del achicamiento de las remuneraciones. recesión recesión recesión recesión recesión

Los salarios considerados en conjunto, tal como lo hace la economía política, constituyen el principal componente de la demanda global. En otras palabras: determinan las dimensiones del mercado interno. Y por este camino llegamos nuevamente a lo que se planteaba al comienzo de esta nota: el modelo de inspiración monetarista que gobierna la economía argentina desde hace varios años –pero que ha alcanzado su expresión más acabada con esta gestión –achica las dimensiones de la actividad productiva en nuestro país y limita sus perspectivas futuras. No lo hace sólo al comprimir el salario –del debate sobre la pobreza que afortunadamente se está sosteniendo impulsado por la Iglesia Católica– surge claramente que la mitad de la población no alcanza a adquirir la canasta mínima de alimentos indispensables, sino también al desalentar la inversión, que es quien engendra nuevos puestos de labor y multiplica las expectativas de los actores sociales. Como no hay inversión pública ni privada, salvo las lógicas excepciones que no modifican el contexto general, el país se encamina hacia una resultante que deja fuera de una participación plena en el mercado de producción y de consumo a dos terceras partes de la sociedad, en diversos grados de marginación.

Si no lo asumimos tal cual es, este fenómeno terminará por hacernos pagar un precio demasiado alto. Mayor que al actual.

Diario El Tribuno – 30 de septiembre de 1992


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