Inversión
El ministro de Economía, Martín Guzmán, en una entrevista en A24. / youtube.com

Unas semanas antes de asumir la presidencia, Donald Trump cuestionó públicamente a la empresa Carrier y la puso contra las cuerdas. La fabricante de aires acondicionados tenía previsto trasladar una planta a México, lo que implicaba la pérdida de 800 puestos de trabajo en EEUU. Tras las críticas del presidente electo, la firma volvió sobre sus pasos y anunció que no mudaría las operaciones. La decisión fue presentada como un triunfo de Trump y como un ejemplo de cómo iba a defender la industria estadounidense desde la Casa Blanca. El premio nobel de economía Paul Krugman minimizó la importancia del caso con base en lo datos: cada mes se producían 1,5 millones de bajas laborales, unas 75.000 por día, destaca en un artículo publicado en The New York Times titulado La era de las falsas políticas. Esa destrucción de puestos de trabajo, explica Krugman, formaba parte de la rotación del mercado laboral: no solo se perdían empleos, también se creaban otros nuevos. Visto así, 800 puestos de trabajo eran insignificantes. ¿O pensaba el presidente ocuparse en persona de cada empresa que quisiera relocalizar sus operaciones?

El abuso de las anécdotas como argumento político es un mal extendido y esta campaña legislativa en Argentina no es la excepción. La cuenta oficial del Frente de Todos publicó en Twitter: “Victoria Tolosa Paz desarma la mentira del éxodo masivo de empresas”. El tuit acompaña un video que muestra a la candidata bonaerense en una discusión con el periodista Luis Majul. Tolosa Paz analiza casos puntuales de empresas extranjeras que fueron compradas por empresarios nacionales, como Walmart, que fue adquirida por Francisco De Narváez, o Brightstar, por Mirgor. El video termina con un texto que anuncia: “Desde que asumimos 117 empresas extranjeras, 701 empresas nacionales y 18 emprendimientos mixtos realizaron inversiones por 33.673 millones de dólares”. El número parece impresionante. ¿Pero qué significa ese monto para la economía argentina?

La formación bruta de capital fijo en 2020 fue de 13,9% del PBI, según datos del INDEC. Es el peor registro desde 2002 y el segundo más bajo en la historia. Y eso a pesar de que la economía se desplomó un 9,9% el año pasado. En el primer trimestre de 2021 hubo un repunte y la formación bruta de capital alcanzó el 17,3% del PBI; desde 2011 no se veía un valor tan alto. El dato, sin embargo, no es para celebrar. En gran parte se debe a un efecto rebote por la reactivación económica y a la ejecución de inversiones postergadas durante el momento más duro de la crisis. Visto en perspectiva, es un resultado magro: el promedio mundial nunca fue inferior al 23%, ni siquiera durante la crisis de 2009. Los países en proceso de desarrollo acelerado, como China, superan el 40%. Otros países de la región, como Perú, Chile y Colombia registran tasas de formación bruta de capital fijo que rondan el 20% y experimentaron procesos de capitalización intensos en las últimas décadas.

El problema es más grave si se tiene en cuenta que Argentina acumula más de tres décadas de baja capitalización. Desde 1983 la formación de capital fijo nunca superó el 20% del PBI. Y a partir de 2009 sufrió una fuerte caída en la tasa de formación de capital hasta los niveles actuales.

“¿Qué pasa con la inversión en Argentina? ¿Crece o cae?”, se preguntó el ministro de Economía Martín Guzmán en una entrevista reciente con Luis Novaresio en A24. Guzmán explicó que la inversión estaba creciendo y todos los días había anuncios de inversión en el país. Esto es cierto, como también lo era que Trump había salvado los 800 empleos de Carrier. Pero es anecdótico. La ironía es que el mismo Guzmán pedía al periodista: “Miremos los datos y no las anécdotas, los datos son los que nos dicen la realidad”. Esto también es cierto.

El problema es cómo se leen los datos y qué datos se miran.

Liberar la economía

El enfoque casuístico a la hora de explicar la economía va más allá de un argumento ingenioso de campaña. Es coherente con una forma de administrar la economía que pone al Estado en el centro de casi todo. Un ejemplo reciente es el Programa Federal de Fortalecimiento de la Reactivación Productiva, una iniciativa bienintencionada del Ministerio de Desarrollo Productivo de la Nación. Básicamente, consiste en el otorgamiento de subsidios a las cargas patronales para las empresas que contraten a empleados nuevos. El mecanismo diseñado para implementar el programa es ilustrativo: un Aporte No Reembolsable (ANR). En resumen, una herramienta burocrática y potencialmente arbitraria de asignación de fondos públicos que exige a los interesados la presentación de numerosos documentos y formularios que posteriormente serán analizados por del Estado. Caso por caso.

La lógica es similar a la utilizada por Trump para enfrentar la deslocalización de Carrier y tiene las mismas limitaciones: ¿va a participar el Estado en cada una de las decisiones del sector privado?

Una alternativa más simple y transparente al programa que lanzó el ministerio, y con un impacto potencial mucho mayor, era la reducción de aportes patronales por un plazo determinado para las nuevas contrataciones. Para todas las empresas. Las políticas de este tipo limitan la participación del Estado en cada una de las iniciativas y se apoyan en una mayor libertad e iniciativa del sector privado. Por eso son vista con suspicacia por el parte del oficialismo.

Otro ámbito donde es evidente el intervencionismo excesivo es la administración del comercio exterior, tanto por las limitaciones a las importaciones como por el cepo a algunas exportaciones. No se trata de medidas de crisis, sino de una forma de entender el vínculo entre el Estado y los privados.

Máximo Merchensky planteó con claridad el problema de “la elefantiasis del Estado y su rigidez” en un artículo titulado Cambio de superestructuras. El artículo subraya que la posibilidad de un cambio estructural y un proceso de capitalización de la economía está condicionada a una serie de reformas previas a nivel institucional o superestructural.

La agenda que señala Merchensky es indispensable para otorgar un mayor grado de libertad a la economía y que la inversión pueda despegar. Mientras no se aborde, la inversión va a seguir siendo una serie de anécdotas que los candidatos cuentan durante campaña, pero no el motor del cambio que el país necesita. O, parafraseando a Krugman, seguiremos en la era de las falsas políticas. Los datos nos dicen la realidad.


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