El campo es una pieza difícil de encajar en el rompecabezas del desarrollo nacional. El sector aporta casi la mitad de las divisas del país y moviliza cerca de un cuarto de la economía. A pesar de esto, o por eso mismo, es cuestionado con dureza desde distintos frentes. El debate sobre la política agropecuaria se limita en gran medida a la presión impositiva y el nivel de retenciones a las exportaciones. Son asuntos relevantes, sin dudas, pero no dejan espacio a otras discusiones fundamentales para el futuro del país, como la forma de agregar valor a las materias primas, el fortalecimiento de sectores vinculados al campo como el de maquinaria agrícola, los cuestionamientos ambientales al modelo productivo o el desarrollo de la bioeconomía. Para abrir la puerta a estos debates, y tantos otros, decidimos crear una sección nueva: Visión Agro. Aspiramos a que se convierta en un ámbito plural para repensar el futuro del sector con un espíritu constructivo y desarrollista.

Sabemos que no es una tarea fácil, como demuestra la declaración que hizo unos meses atrás la diputada del Frente de Todos Fernanda Vallejos: “Tenemos la maldición de exportar alimentos”. Este tipo de expresiones forman parte de lo que el periodista agropecuario Matías Longoni denomina como “el conflicto entre el campo y la ciudad”. Ciertos progresistas urbanos, explica Longoni, ven al campo como un sector voraz, contaminante, que explota a los trabajadores y no quiere pagar impuestos. El reverso de esa cara, señala, es la reacción de algunos dirigentes del agro, que se ven a sí mismos como los “salvadores de la patria”, los únicos que realmente trabajan y mantienen a los “vagos” que viven en las ciudades. Este juego de caricaturas cruzadas obstruye cualquier debate, advierte el periodista.

La antinomia entre el campo y la ciudad, o más típicamente entre el campo y la industria, está muy arraigada en el imaginario colectivo. Se instaló a mediados del siglo XX, tras la crisis del modelo agroexportador. En aquel entonces ganó fuerza la idea de que desarrollo era sinónimo de industrialización y que “vivir del campo” equivalía al atraso. Una de las consecuencias de este diagnóstico fue la implementación de políticas para transferir recursos del sector primario a la industria, como en el caso del Instituto Argentino de Promoción del Intercambio (IAPI) durante el gobierno peronista. A partir de la década del cuarenta comienza un proceso de urbanización acelerada, que explica por qué hoy más del 92% de la población argentina vive en ciudades.

El desarrollismo sostenía en sus orígenes una mirada proindustria basada en el concepto del deterioro de los términos de intercambio. Esto no impedía que se reconociera la importancia del campo en la estructura económica argentina. De hecho, el desarrollismo proponía una integración entre la industria y el campo, en especial a través de la tecnificación de la producción agrícola. Rogelio Frigerio, sin embargo, destacaba que existía una tendencia “secular” que provocaba que los precios de las materias primas valieran cada vez menos con relación a los bienes industrializados. Por eso, concluía, la industrialización era el único mecanismo para impedir el empobrecimiento del país y construir una nación desarrollada en el mediano plazo.

La teoría del deterioro de los términos del intercambio comenzó a ser cuestionada con dureza a partir del súper ciclo de los commodities. El auge de China generó un cambio en la dinámica de la economía global que derivó en un encarecimiento de las materias primas y generó un efecto riqueza en los países emergentes que las producían. El campo argentino fue uno de los grandes beneficiados.

El sector agropecuario había experimentado una transformación profunda en las décadas anteriores al boom de las commodities, que continuó en los últimos 20 años, con inversiones e innovaciones importantes tanto en el tipo de producción y los métodos utilizados como en la genética de los cultivos. Argentina se posicionó como un país de vanguardia a nivel mundial en el sector agrícola y eso rindió frutos cuando comenzó los precios comenzaron a subir. No fue solo un golpe de suerte.

El conflicto “entre el campo y la ciudad” alcanzó un pico álgido durante la discusión de la resolución 125, que establecía retenciones móviles a las exportaciones de soja. Fue un parteaguas, no solo para el agro sino para todo el mapa político argentino. Es el hito fundante de “la grieta” que divide actualmente a la sociedad.

Los defensores de la agroindustria en Argentina destacan que es un sector que agrega valor; que involucra a una gran variedad de cadenas productivas, desde la maquinaria agrícola hasta los biocombustibles; que está atravesado por la economía del conocimiento; y que los productores reinvierten sus ganancias en el país. Sin embargo, los números muestran que el sector está muy primarizado. Más del 60% de las exportaciones de maíz y soja, las principales exportaciones del país, se realiza como grano o poroto, según los datos del INDEC. Por otro lado, a pesar del potencial que tiene el país en maquinaria agrícola, no es un jugador de peso a nivel global y buena parte de los equipos que se utilizan en Argentina son importados.

El agro argentino tiene una oportunidad excelente debido al contexto internacional favorable. Aunque también recibe críticas duras del lado del ambientalismo, que gana fuerza en un contexto de preocupación creciente sobre el cambio climático. La producción de alimentos va a ser un debate intenso a nivel global en los próximos años y Argentina tendrá un rol importante en el mismo.

Creemos que este debate justifica crear una sección específica, para dar continuidad a las discusiones sobre el sector. Esperamos que Visión Agro aporte una mirada propositiva para construir una agenda para el campo más allá de la presión fiscal y el nivel de las retenciones.


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