El Acuerdo UE-Mercosur representa una oportunidad estratégica. Esta afirmación no se basa en la creencia de que la apertura comercial es la vía para el desarrollo, sino en el convencimiento de que los mercados ampliados, cuando se tienen en cuenta las diferencias sectoriales, como lo hace este acuerdo, y cuando se complementan con la generación de espacios de diálogo publico-privados, pueden actuar como dinamizadores del sector productivo.

En un mundo tan complejo, el más desafiante desde la posguerra, abrir espacios multilaterales, después de más de 20 años de negociaciones, es de por sí un logro. Los grandes cambios siempre desatan, junto a las esperanzas, miedos. Esos sentimientos conservadores son aprovechados por los que propician el statu quo para formar coaliciones que impidan el cambio. El Acuerdo hoy tiene la posibilidad de no actuar solo como simplificación comercial, sino de abrir espacios de diálogo y negociación permanentes que aseguren a la vez la estabilidad necesaria para las inversiones productivas y los ajustes requeridos en etapas de revolución productiva, como la actual, donde las fronteras tecnológicas y los mercados se están redefiniendo constantemente.

Para convertirse en un dinamizador del desarrollo, este acuerdo debe constituirse en un ordenador de las reconversiones sectoriales, en el marco de una apertura equilibrada que dinamice al sector privado y le posibilite incrementar inversión, productividad e innovación, en acuerdos estratégicos con sus pares de Europa y del Mercosur. Por ello es esencial que su implementación tenga en cuenta los desafíos de la revolución digital y la llamada Industria 4.0, que están significando cambios muy profundos en el mundo productivo y en el del trabajo. Frente a la velocidad y amplitud de esos cambios, este acuerdo, y las nuevas alianzas que se podrían generar, puede brindar un marco institucional y un horizonte temporal al esfuerzo de reconversión productiva, obligando a una trama a la cual cuesta diseñar futuro, a hacer ese ejercicio. La reconversión productiva requiere tiempo, y este acuerdo prevé plazos suficientes para que el sector privado pueda ponerse a la altura del desafío competitivo. Se establece que el 87% del comercio del Mercosur se desgravará en plazos que van de 6 a 17 años y el 60% de las importaciones desde la UE se desgravará en plazos de entre 12 y 17 años (incluyendo los 2 años de plazo estimado para la entrada en vigor del Acuerdo). Ademas la previsibilidad en las reglas de juego es un elemento fundamental para disparar inversiones. En el caso de los ejercicios de integración, las decisiones unilaterales de ruptura de comercio, como ha sido moneda corriente en los últimos más de diez años del Mercosur, perjudica la radicación de inversiones en los países con los mercados de consumo más pequeños. La UE nos “prestará” su enforcement para el cumplimiento de los acuerdos, que la región no supo sostener en sus procesos de integración.

Por otra parte, este acuerdo no actuará en el vacío. Hay que visualizarlo como un complemento de las apuestas para una Argentina con una macroeconomía ya ordenada y con fundamentales alineados. Una macro con un tipo de cambio competitivo y estable, un proceso de desinflación fortalecido, una situación fiscal en caja, un expansión monetaria prudente que debiera permitir tener tasas de interés razonables y compatibles con la rentabilidad del sector privado, son escenarios posibles teniendo en cuenta el trabajo que se está llevando adelante. Al mismo tiempo, este cambio en el relacionamiento con el mundo nos exigirá disciplina macroeconómica porque no será más posible implementar atajos a nuestros recurrentes desordenes macroeconómicos. También hay que enmarcar este acuerdo en la plena vigencia de la reforma impositiva impulsada por el Gobierno, que ataca impuestos distorsivos y apunta a generar incentivos para la inversión, las exportaciones y el empleo y con mejores infraestructuras de logística, gracias a las inversiones en modernización que el Gobierno viene impulsando, en un esfuerzo como hace décadas no se emprendía.

El acuerdo tiene la potencialidad de convertirse en un apoyo para la actualización tecnológica del aparato productivo y en un dinamizador del crecimiento. Para ello se deben complementar las acciones de facilitación del comercio, con las de atracción estratégica de inversiones y la generación de oportunidades de aprendizaje e innovación en nuevas actividades productivas. El diálogo público-privado, que ha acompañado el cierre de esta larga negociación comercial, es una base importante para avanzar y generar alianzas para la producción y el desarrollo.


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