El desmantelamiento industrial durante el Proceso, explicado por Rogelio Frigerio

El 24 de marzo de 1976 fue un quiebre en la historia del país. Tanto por el terrorismo de Estado como por el programa económico, que destruyó el entramado productivo nacional. Así contaba Rogelio Frigerio el proceso

Industrial
El ministro de Economía, José Alfredo Martínez de Hoz, y el presidente de facto, Jorge Rafael Videla, durante el Proceso de Reorganización Nacional.

Con la asunción de [José Alfredo] Martínez de Hoz en el Ministerio de Economía, en abril de 1976, se inició un periodo que llega hasta nuestros días y tiene como característica central, desde el punto de vista de la política económica, la implementación de un esquema de corte monetarista. Así se buscó cambiar la estructura de la producción interna bajo los cánones de la división internacional del trabajo. Los instrumentos utilizados fueron la rebaja arancelaria y el retraso cambiario, la reforma financiera y las altas tasas de interés y la depresión de los salarios.

La aplicación de tal política dio por resultado una fuerte retracción de la economía, la ausencia de incentivos para invertir en actividades productivas, el creciente desempleo, serias dificultades en el balance de pagos, el aumento del gasto público y el mantenimiento de las presiones inflacionarias.

La conjunción de todos estos datos de la realidad puede ser mostrada sintéticamente con la reducción del ingreso disponible de la población y la magnitud de la deuda externa, ya que
de una manera u otra reflejan lo que está sucediendo en otras áreas de la economía. El ingreso neto disponible per cápita (equivalente al producto bruto interno deducidas las ganancias o pérdidas del intercambio, la remuneración a factores del exterior, las depreciaciones y los impuestos) del año 1982, es menor que el de 1960. Por su parte la deuda externa era de 38.700 millones de dólares, que generan intereses anuales cuya magnitud supera los 4.000 millones de dólares.

Pero conviene puntualizar otros resultados globales del plan:

  • Durante 1982 el PBI declinó 5,7% completándose así un periodo de ocho años durante los cuales en solo dos se registraron tasas positivas de crecimiento en términos per cápita.
  • Este largo ciclo adverso ha determinado que el nivel del PBI actual por habitante sea menor que el de 1969; el industrial, menor que el de 1965; y el de la inversión resulta similar al de 21 años atrás.
  • El consumo, medido en valores absolutos es un 7% inferior al de 1974. Por su parte, el consumo anual per cápita de carne vacuna disminuyó de 83 kilos en 1970 a 63 kilos en 1982. En igual lapso, el de harina de trigo bajó de 94 kilos a 88 kilos. El de leche fuida, de 68 litros a 50 litros. El de azúcar, de 37 kilos a 33 kilos. Por señalar ejemplos críticos de la depredación que sufren las condiciones de vida populares, degradadas inclusive en la alimentación, además de otros despropósitos.
  • La mortalidad infantil es de 42,4 por mil, mientras que en los países desarrollados oscila entre 4 y 10 por mil.
  • El déficit de iviendas es de 2.200.000 aproximadamente.
  • El 42% de la población del Gran Buenos Aires no tiene red cloacal. En igual situación se encuentra el 80% de la Gran Córdoba, el 60% del Gran Santa Fe y el 89% de Formosa, por ejemplo.
  • Solo el 62% de los niñoz en edad escolar completaron el primario, según el Censo de 1980.

No obstante ese menoscabo de la comunidad experimentado en estos años, cabe destacar los efectos en la órbita de la formación de capital, que es donde se preanuncian los resultados futuros de esta política económica:

  • Durante 1982 la inversión bruta cayó el 20%, determinado en consecuencia que su niel per cápita sea inferior al del año 1962. En la correspondiente a los equipos durables de producción, el nivel por habitante no supera a la del año 1960.
  • En términos netos, la inversión en equipo durante 1982 fue por segundo año consecutivo negativa, lo cual significa una reducción del stock de capital. A ello debe sumarse la obsolescencia de muchos de los equipos que actualmente están en funcionamiento.
  • La inversión neta en equipos de producción durante el período entre 1976 y 1982 fue de 3.759 millones de pesos de 1970; esto significa una inversión anual de 537 millones de pesos de 1970. Entre 1959 y 1962 la inversión fue de 7.922 millones, lo cual equivale a 1980 millones por año. O sea que hace 20 años, durante el gobierno desarrollista, se invirtió por año y en términos netos casi cuatro veces más que ahora. ·
Una estructura económica y social más débil

Más allá de los daños múltiples y profundos que ha dejado en el país la aplicación sin resuello del plan lanzado en 1976, sin embargo, ha arrojado otras secuelas generales que conviene sistematizar desde la óptica de la estructura económica y social. La inestabilidad y el estancamiento caracterizaron genéricamente el periodo entre 1976y 1983 como tendencias dominantes, en nada alteradas por las oscilaciones periódicas que naturalmente aparecen en un lapso de varios años.

Y hay que señalar, dentro de ese marco global, que en este tramo se operó una transferencia de ingresos entre los sectores económicos y sociales que vulneró directamente las posibilidades de crecimiento. Está expuesto que el salario se redujo abruptamente; pero esta caída no se revirtió en un firme proceso de acumulación, que fue débil al principio y decididamente negativo luego, porque las condiciones económicas canalizaron el ahorro hacia la especulación en desmedro de las inversiones productivas.

Más aún, dentro de la menguada inversión hubo un creciente componente en el rubro de las construcciones respecto de los equipos durables de producción, en tanto que dentro de
aquellas cobraron predominio las del sector público. Y cuando la tendencia se corporizó francamente en la caída absoluta de las inversiones —como sucedió con toda crudeza en los años 1981 y 1982—, las mayores declinaciones se anotaron a la  vez en los ramos más reproductivos del equipamiento, en particular en los equipos durables de producción, que solo en 24 meses exhibieron una contracción de la inersión de más del 33%. Esta severa reducción del tercio de la inversión en esos renglones dinámicos significómás que estancamiento; porque la magnitud de la caída implicó que ni siquiera se lograse reponer el desgaste y la obsolescencia del aparato productivo: fue una disminución en términos absolutos  del parque productivo del país.

El desmantelamiento industrial

Junto con esos retrocesos cualitativos hubo también otras modificaciones perniciosas en la estructura de la producción y en el perfil del empleo, debido a la declinación de las actividades productivas más dinámicas y con mayor capacidad de enriquecimiento de la economía.

El estancamiento generalizado se acentuó en la producción manufacturera, y este atraso fabril quedó finalmente evidenciado en que los niveles de producción industrial por habitante fueron equiparándose con los de épocas pretéritas cada vez más lejanas. En 1980 eran similares a los de 1976 e inferiores a los de 1974; para 1982, la producción industrial ya había retrogradado al rango que ostentaba en 1964: ¡18 años antes!

Por ese camino iba perjudicándose aún más la estructura productiva. Dentro de un conjunto en aguda contracción la actividad manufacturera perdió posiciones frente a otros sectores menos pujantes. De casi el 30% del PBI global, que aportaba en 1974, el sector industrial descendió al 25% por ciento en 1980 y, todavía más, al 23% en 1982.

El debilitamiento se volcaba especialmente sobre las industrias básicas, pues la indiscriminación con que se consideraban las distintas facetas de la producción fabril revertía en menoscabo de los emprendimientos que requieren una mayor densidad de inversión, mayor aporte tecnológico, e insumen un tiempo de maduración más prolongado. Estos rasgos caracterizan a las las industrias pesadas fundamentales, como la siderurgia y
la metalurgia no ferrosa, la petroquímica, la fabricación de maquinarias y equipos, la de la celulosa y el papel. Los pilares primordiales que necesitaba implantar el país para emerger del subdesarrollo fueron así desalentados.

Los registros fabriles de estos años exponen con crudeza la magnitud del menoscabo industrial, así como su incidencia social:

  • El PBI industrial por habitante de 1982 fue un 9% inferior al del año 1965.
  • El valor agregado por la industria manufacturera durante 1982 fue el más bajo de la serie que arranca en 1970.
  • En el caso del sector alimentos, bebidas y tabaco, el nivel de producto es similar al de 1O años atrás; en textiles, confecciones y cuero el más bajo desde 1970; lo mismo ocurre en el caso de madera y muebles, minerales no metálicos, maquinaria y
    equipos y otras industrias manufactureras. En lo que respecta al papel, imprenta y publicaciones, el PBI manufacturero de 1982 resultó inferior en un 25,8% al de 1974; el de productos químicos y petroquímicos alcanzó niveles similares a los de 1975, y en las industrias metálicas básicas se recuperaron los valores de 1974.
  • La producción total de automotores de 1982 fue apenas un 1,7% superior a la de 1962; un 32,1% mas baja que la de 1965 y un 55% inferior a la de 1973.
  • El consumo aparente total de acero crudó por habitante fue en 1982 de poco menos de 80 kilogramos; esto es, un nivel similar al de 1956.
  • El consumo de papel por habitante en 1982 fue similar al de 1960.
  • En 1960 el valor agregado por la industria manufacturera argentina era equivalente al 18,7% PBI industrial de América Latina; en 1982, esa proporción se había reducido a
    poco menos del 9%.
  • El número de obreros ocupados en la mdustna fue en 1982 un 28% inferior al de 1970. Y esta reducción en los niveles de empleo no fue una consecuencia de la capitalización del sector ni de la introducción acelerada de modernas tecnologías, sino, simplemente, del achicamiento del aparato productivo fabril.
  • Las mayores caídas en los niveles de empleo se registraron en actividades como la fabricación de textiles, prendas de vestir, calzado, construcción ·de maquinaría no eléctrica y de máquinas y aparatos eléctricos, con reducciones que en todos los casos superaron el 50% respecto de los volúmenes ocupados en 1970.

El flagrante proceso de desindustrialización que exponen esa cifras es el resultado inevitable de una política económica para la cual era lo mismo producir “caramelos o acero”. Martínez de Hoz y su equipo abusaban del dominio de los medios de comunicación para formular publicitariamente estos falsos enunciados, mientras se estaban carcomiendo las bases económicas de la Nación. El retroceso industrial que verifican esas cuantificaciones denuncian igualmente un desmedro cualitativo computable en la desaparición de franjas íntegras de la actividad manufacturera, desplazadas por la importación o eliminadas del aparato productivo, que nunca pudieron recobrarse.


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