Horacio Rodríguez Larreta (padre), un desarrollista aristocrático

El padre del actual jefe de Gobierno no eligió la vida cómoda y sin compromiso que le hubiese permitido su posición económica y asumió los desafíos de la construcción política

Larreta
Horacio Rodríguez Larreta, padre e hijo

En la década de 1990 Rogelio Frigerio (abuelo), gran inspirador del desarrollismo argentino y a quien se apodaba el Tapir, tuvo apremios económicos y decidió deshacerse de algunos cuadros valiosos que había atesorado. Fue entonces cuando Horacio Rodríguez Larreta (padre del actual jefe de Gobierno de CABA) le compró un Victorica gigantesco, un torso de mujer de espaldas que presidía la amplia sala principal de su departamento de la calle Arribeños. Eran los gestos de generosidad de Horacio y una muestra de la camaradería política entre los llamados frigeristas. El Tapir elogiaba a su madre, Adela Leloir, como poeta y mujer de una rica personalidad.

Horacio fue un dirigente destacado del desarrollismo argentino desde que asumió tareas en el Ministerio de Relaciones Exteriores durante la gestión de Arturo Frondizi, en 1958. A pesar de su juventud, integraba un grupo que sobresalía por sus cualidades intelectuales y habilidades diplomáticas, empezando por el canciller, Carlos Florit, profesor de filosofía y redactor de borradores de sentencias en la Corte Suprema, y siguiendo por Oscar Camilión, entre otros. Estos jóvenes se hicieron notar desde el principio y a lo largo de todas sus vidas el alto perfil que tuvieron les consiguió también enemigos pertinaces.

Habiendo estudiado ciencias políticas en Francia, Rodríguez Larreta no hacía gala de sabiduría académica. Si algo lo caracterizaba era su aptitud para relacionarse con gente de cualquier nivel social y educativo y hacerlo con empatía y sencillez. Esto lo probó acabadamente en su desempeño público más conocido: la presidencia del Racing Club de Avellaneda, deporte y club que lo apasionaban. 

Voy a referirme su militancia política en el desarrollismo, aunque él no fuese lo que hoy se entiende por ser un cuadro partidario clásico. Era un testimonio viviente, desde una posición social elevada, en un contexto que fue casi siempre adverso a las ideas que trajeron a la política argentina Frondizi y Frigerio.

Nacido en una familia con el respaldo del patrimonio Leloir (muy importante en propiedades agropecuarias), no eligió llevar la vida cómoda y sin compromisos que le hubiese permitido esa posición, sino que asumió desafíos de construcción política que lo pusieron vuelta a vuelta en encrucijadas riesgosas. Actuó con acierto y error, motivado por la vocación inclaudicable de contribuir al progreso del país, al que pretendía desarrollar. Sabía que podía, aunque obviamente no dependía sólo de él. Lo recuerdo siempre bronceado, como recién llegado de La Costa Azul.

Lejos en el tiempo queda su tarea de coordinar la criticada visita de Ernesto Che Guevara a Buenos Aires, en 1962, desde Punta del Este, donde el líder guerrillero reconvertido en funcionario del régimen cubano participaba de una reunión interamericana, cuando vino invitado por el presidente Frondizi. También sus diálogos con montoneros en los 70 a los que tal vez conocía por lo que sin dificultad definiríamos como relaciones de clase social durante el luctuoso período en que se desenvolvió y fue reprimida ilegalmente la guerrilla en el país.

Es posible que ello le significara haber sido fichado como subversivo por quienes determinaban arbitrariamente quién podía vivir y quién no en la sociedad argentina, lo cual, entre otras intromisiones, lo hizo padecer una detención irregular en la mitad de la noche que, afortunadamente, no fue demasiado prolongada. Su hijo, el jefe de gobierno porteño, recordó ese episodio el 24 de marzo pasado: “Se lo llevaron en un Falcon verde”.

Nada de eso intimidó a Horacio (padre) y siguió actuando en la discusión, difusión y construcción de una política integradora tal como lo propuso siempre el desarrollismo.

Se destacó además en la consultoría empresarial. Creó un equipo con la marca Asesores, y organizó centenares de reuniones de capacitación destinada a directivos de empresas de diversos niveles, sus fieles clientes, muchos de ellos pertenecientes a grandes firmas locales y multinacionales.

Paralelamente, se desempeñó como directivo en Petroquímica Argentina (PASA), un sector de la economía que tuvo su impulso fundador durante el gobierno desarrollista, y ello lo llevó a actuar en las cámaras industriales representativas. Pocos empresarios argentinos pudieron ser mencionados reiteradamente para presidir la UIA o la Sociedad Rural, indistintamente. Horacio Rodríguez Larreta tenía esa condición: nadie podía dudar de su representatividad como productor agropecuario ni de su larga trayectoria en la industria. Su afabilidad y claridad a la hora de actuar lo convertía permanentemente en un referente valioso del sector empresarial.

Sin embargo, no desdeñó acompañar a Oscar Camilión en el Ministerio de Defensa durante el menemismo, donde ofició como jefe de asesores hasta que se convenció que no debían estar allí, visto el derrotero de negocios raros que se instaló en esa dependencia gubernamental. Eso le costó un enfriamiento de su amistad con quien había sido su más cercano compañero de luchas. Sus convicciones pudieron más que sus afectos. Se alejó, dejó de tomar alcohol y estuvo en paz consigo mismo desde entonces, aunque nunca abandonó el habano de calidad que fumaba con displicencia.

Su visión se amplió y sus relaciones se volvieron diversas, mucho más allá de los sectores donde naturalmente se situaba por su labor profesional. Eso le permitió convocar, durante la crisis desatada en 2001, una convergencia notable de personalidades de la política y la cultura.

Así nació el Encuentro del Pensamiento Nacional, que se reunía en las oficinas de Horacio en la calle Maipú, donde concurrían desde Eduardo Conesa hasta Gustavo Lopetegui, desde Miguel Angel Espeche Gil hasta Manuel Figueroa y muchísimos más. Esta convergencia permitió organizar un gran evento en varias jornadas que se realizó en auditorio del Banco Nación, en sucesivas temáticas que cubrían las principales dimensiones de la vida argentina. En la mesa de Cultura estuvieron,  entre otros panelistas, Torcuato Di Tella y José Nun, quienes luego serían, sucesivamente, secretarios de Cultura de la Nación, tal la capacidad de convocatoria de HRL.

Horacio siempre funcionó en sintonía con Frondizi y con Frigerio, pero ejerciendo una notable autonomía a la hora de elegir interlocutores y ámbitos de acción política. Esa independencia lo convertía en protagonista y enlace de las posiciones más antagónicas, dado su savoir faire a la hora de sentar a una misma mesa a personalidades disímiles. Practicaba la integración en la vida política diaria, era su motivación natural y en ella se movía como pez en el agua. No era hombre de comité, aunque concurría a las reuniones partidarias y desempeñaba sin retaceos las responsabilidades que se le confirieran. Su probada versatilidad no lo hizo licuar sus convicciones; todo lo contrario, las vivía con intensidad. Si bien reconocía en Frondizi al jefe partidario y estaba orgulloso de haber participado de su gobierno, la principal afinidad la tenía con Frigerio. Lo hizo padrino de su hijo mayor y homónimo y —como mera especulación— cabe preguntarse si es una carga pesada de llevar.

Horacio Rodríguez Larreta no fue un miembro a tiempo completo de la usina frigerista, pues sus valiosas e indelegables tareas eran extramuros, pero estuvo en el eje de una organización política que se propuso transformar la Argentina en un país que, desplegando su potencial, permitiera a sus habitantes convertirse en ciudadanos plenos.


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