¿Son compatibles la minería y el desarrollo sostenible?

El dilema no es minería sí o minería no, sino las condiciones en las que los Estados permiten realizar y controlan la actividad

minería
Trabajadores en la mina de oro Veladero, en San Juan. / Marcos Brindicci (REUTERS)

La vida moderna afecta al medioambiente. Entre otros motivos, porque demanda recursos mineros. Hasta hace algunos años, el impacto ambiental no se percibía como un factor de riesgo para el futuro de la humanidad. Hoy, sin embargo, es observado con preocupación y crece la necesidad de regularlo y controlarlo. La minería —en especial, la metalífera—altera el medio natural, como la mayoría de las actividades que el hombre realiza para su subsistencia. Desde efectos casi imperceptibles hasta impactos claros en el aire, el suelo y el agua. Las explotaciones de escalas pequeñas provocan un impacto menor que otras actividades industriales o agrícolas. Cuando la escala crece, sin embargo, surgen las mayores complejidades.

Para recibirme de abogado, elaboré una tesina sobre esta temática en particular y su regulación legal. Ello debido a mi fuerte vínculo familiar con la provincia de San Juan y la inquietud que siempre me generó como desarrollista el progreso económico y social de la Nación. En este artículo explico por qué el dilema no es minería sí o minería no, sino las condiciones en las que los Estados permiten realizar y controlan la actividad.

Impacto ambiental y socioeconómico

La extracción de un recurso natural no renovable constituye el mayor efecto ambiental de la minería a cielo abierto. Pero no es el único.

Las explotaciones mineras a cielo abierto abarcan superficies extensas. Además de la mina en sí, las explotaciones incluyen escombreras externas de grandes dimensiones. A ello se suman los vertederos para los residuos del procesamiento y las superficies destinadas a la infraestructura de soporte, como los complejos de viviendas para los mineros, el suministro de energía, las vías de transporte, los talleres, las oficinas administrativas o las plantas de tratamiento.

A su vez, este tipo de explotaciones afectan el balance hídrico de las aguas subterráneas, lo que puede deteriorar la calidad de las mismas por infiltración de efluentes residuales contaminados. También por los efectos de lixiviación en las escombreras y en la mina. La megaminería puede también afectar la biodiversidad a lo largo del ciclo de vida de un proyecto y con posterioridad, tanto en forma directa como indirecta.

Además de impacto ambiental, la actividad minera produce un impacto socioeconómico: altera los modos de vida y la economía de la región en la que se desarrolla. Esto tiene claramente efectos positivos, pero también negativos.

Desarrollo sostenible

El concepto de desarrollo sostenible implica que las actividades productivas satisfagan las necesidades económicas, sociales, de diversidad cultural y de un medio ambiente sano presentes sin comprometer las necesidades de las generaciones futuras, utilizando los recursos en forma racional. Fue formulada a partir de los informes del Club de Roma, desarrollada en el informe Brundtland e incorporada a los términos del Derecho Internacional en la Declaración de Río de Janeiro de 1992, en el seno de la Conferencia de Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo.

La justificación del desarrollo sostenible proviene tanto del hecho de tener recursos naturales limitados, susceptibles de agotarse, como del hecho de que una creciente actividad económica sin más criterio que el fin de lucro, tanto a escala local como mundial, provoque graves problemas ambientales que puedan llegar a ser irreversibles. El ideal es evitar los impactos. En el caso de la actividad minera, esto significa modificar la forma de operación para reducir o limitar al máximo posible estos efectos; y en los casos donde esto sea imposible, cancelar las operaciones.

La actividad minera no puede escapar de una dirección cada vez más tuitiva por parte del Estado. Hoy en día es una actividad económica imprescindible para la vida y el desarrollo humano. Pero, dado su elevado impacto sobre el ambiente, es imperativo abordarla con con el apoyo de la ciencia y el debido control social, como ocurre en los países desarrollados, para la preservación de la biodiversidad. No caben aquí las reglas del economicismo, que pretende regular las relaciones sociales de acuerdo con las reglas del mercado e intenta regular la actividad política por las mismas reglas.

Las dirigencias políticas deben estar preparadas, tanto ética como intelectualmente, para conducir los destinos de las comunidades y de la Nación, trabajar codo a codo con el sector privado y controlar eficientemente esta actividad productiva estratégica tan particular, con la seriedad y responsabilidad que se requieren.


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