Izquierda
Gustavo Petro ganó el domingo la primera vuelta de las presidenciales de Colombia. / Luisa Gonzalez (REUTERS)

El triunfo del exguerrillero Gustavo Petro en la primera vuelta de Colombia refleja el giro hacia la izquierda que está experimentando la región. Una nueva marea rosa se expande por el continente, pero a diferencia de la de comienzos de siglo, alcanza a países que entonces quedaron fuera, como Chile y Colombia. Petro deberá enfrentar el 19 de junio a Rodolfo Hernández —al que llaman el Trump colombiano— y las primeras encuestas anticipan una elección competitiva. La izquierda nunca gobernó en Colombia y el adversario de Petro es un outsider de la política; el perfil de los candidatos reflejan el malestar de los votantes con los partidos tradicionales, que no han sabido dar respuesta a los problemas socioeconómicos que padecen los pueblos del continente. Un triunfo de Petro consolidaría el giro hacia la izquierda que comenzó con la llegada al poder de Gabriel Boric en Chile, Pedro Castillo en Perú y Xiomara Castro en Honduras. Pero la elección clave es la de octubre en Brasil, donde el expresidente Lula Da Silva llega como favorito.

La avanzada de la izquierda se alimenta del cansancio generalizado de las sociedades latinoamericanas y un sentido de más de los mismo. Algunos de los nuevos líderes presentan rasgos populistas que buscan aprovechar esa desilusión y construyen su discurso con base en la división de un ellos nosotros. Entre los adversarios políticos se destaca el empresariado, a los que apuntan como culpables de los problemas de sus países.

En la línea populista se enmarca, por ejemplo, el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador. Su gobierno cumple también con otro tópico de la izquierda, como es la relativización de la inseguridad. En los primeros tres años de su gobierno hubo más asesinatos que en todo el sexenio anterior. El presiddente, sin embargo, plantea una política de  «abrazos no balazos».

El país donde se estabilizó el populismo de izquierda con mayor claridad en la región es Venezuela, que pasó de ser uno de los más ricos y con mayor estabilidad política a vivir una triste realidad de miseria social y desequilibrios socioeconómicos, persecución política y restricciones a la libertad de expresión. Tras el desencanto en la década del noventa, la llegada de Hugo Chávez al poder despertó las esperanzas de los sectores populares. Con el paso del tiempo, y la caída del precio del petróleo, aparecieron los problemas y la esperanza se convirtió en frustración.

Los partidos tradicionales de centro, tanto de derecha e izquierda, no supieron defender lo conseguido institucionalmente en las décadas de consolidación de la democracia a finales del siglo XX y carecieron de iniciativas para mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos.

Las caras del cambio sin respuestas

Gabriel Boric y Pedro Castillo se mostraban como las caras del cambio de sus respectivos países. A pesar de que hubo en los últimos años un crecimiento económico, las desigualdades sociales salieron a la luz marcadas por las protestas violentas en las calles desde 2018 en distintos países de la región. Y mantienen sus efectos hasta la fecha en Chile, Perú, Ecuador y Colombia. La demanda social exige el cambio ahora, por eso no hay margen de error.

Boric llegó en mayo de este año al 57% de desaprobación, la cifra más alta desde que asumió el cargo el 11 de marzo pasado. Desde que volvió la democracia en Chile en 1990, es el presidente que ostenta la menor aprobación en un período tan corto de gobierno. Boric arrastra problemáticas sin resolver que venían desde antes del inicio de la gestión. La inflación acumulada en los últimos 12 meses alcanzó un pico de 10,5%. Esto se suma al conflicto mapuche en Araucanía, el sur del país, donde debió desplegar al ejército para contener la violencia. El país atraviesa una ola de inseguridad y la preocupación por el crecimiento del narcotráfico va en aumento. El 4 de septiembre se celebrará el plebiscito constituyente y es una fecha clave para el Gobierno.

En Perú, Pedro Castillo no logra hacer pie en su presidencia. Desde su llegada a la Casa de Pizarro tuvo que enfrentar dos intentos de destitución por parte del Congreso por presuntos casos de corrupción en el entorno presidencial, el nombramiento de funcionarios y hasta una acusación de «traición a la patria» por supuestamente favorecer a Bolivia en su búsqueda de salida al mar. La moción de vacancia es una práctica muy común en el país, lo que muestra una seria fragilidad institucional. Un dato no menor es que los últimos seis mandatarios electos terminaron destituidos y presos, a excepción de Alan García, que no llegó a la cárcel porque se suicidó minutos antes de ser detenido.

Boric y Castillo sufren en carne propia, por errores propios y un contexto adverso,  altos niveles de impopularidad. Atentos deberán estar tanto Petro o Hernández a estos síntomas que manifiesta la sociedad cansada de las desigualdades, del paso amargo de la pandemia y sobre todo un marcado hartazgo con la dirigencia política.


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