La industria y la innovación, ejes del desarrollo global

Apostar a las finanzas por sobre la producción fue un error garrafal para EEUU, que China aprovechó para posicionarse geopolíticamente

A finales del siglo XX, la industria manufacturera se había convertido en algo que muchos países desarrollados consideraban prescindible. Y EEUU en particular. La industria era el pasado, algo superado que había que dejárselo a los chinos. No tenía sentido competir contra sus bajísimos costos laborales. Profundizaron desde entonces con la liberalización y la apertura económica —los aranceles a las importaciones alcanzaron el mínimo en la historia norteamericana— y apostaron por los grandes ganadores de la globalización: las finanzas, la tecnología y las comunicaciones.

Industria
La portada de ‘The Economist’ de febrero de 2009

Y un día, el sistema colapsó. La crisis financiera del 2008, originada por la quiebra de Lehman Brothers, fue resultado del cambio de eje desde lo productivo hacia lo financiero.  Pero los responsables no se hicieron cargo. El Estado intervino para salvar al mundo de las finanzas. A los banqueros. Es decir, al mismo sector que había generado la crisis, pero no revirtió el rumbo perdido. The Economist, la biblia del liberalismo, llegó incluso a objetar la necesaria ayuda estatal para el sector industrial después de la crisis de 2008. El Colapso de las manufacturas”, tituló la revista en una portada de 2009, como un réquiem para el proyecto industrialista americano (¡No para el financiero!).

Era una lenta y prolongada agonía. Desde hacía tres décadas la industria venía perdiendo impulso y llegó en 2010 a representar solo el 11,7% del PIB norteamericano. Muchas empresas, ante la pasividad o incluso el desaliento estatal, habían optado por deslocalizar la producción de EEUU e instalar plantas en China y otros países asiáticos. A comienzos del 2000, gran parte de lo que los estadounidenses consumían se producía en China. Es decir, pagaban salarios chinos a costa del desempleo norteamericano. Frente la caída de la industria, los sectores beneficiaros del nuevo sistema, las finanzas, la tecnología y los servicios, no generaron empleo en la misma escala. Esto se tradujo en un mayor desempleo, estancamiento de los salarios y, al fin de cuentas, un empeoramiento en el estilo de vida norteamericano. El impacto social, cultural y político que generó ayuda a explicar el fenómeno Trump, que prometió —y en parte cumplió— un ambicioso plan de reindustrialización, basado en un mayor proteccionismo comercial y el enfrentamiento abierto a la desafiante China. Buena parte del millonario déficit comercial de EEUU se debe al comercio con el gigante asiático.

La reacción frente a China promueve la revolución 4.0

IndustriaPara ser justos, Trump no fue el primero que se dio cuenta de la importancia de la industria. Hasta The Economist, cuatro años después de la polémica portada, dio un giro radical y defendió la “Tercera revolución industrial”. Aunque realmente es conocida como la cuarta revolución industrial, o 4.0. El gobierno de Obama invirtió en 2012 la suma de 2.200 millones de dólares para actualizar la manufactura nacional. Obama también creó el programa Manufacturing USA, que no solo continúa en funcionamiento, sino que es el emblema del cambio de paradigma. Manufacturing USA es una red público-privada de institutos que trabajan en áreas críticas de tecnología avanzada e interactúan con fabricantes, gobiernos y organizaciones educativas para innovar y aplicar las nuevas tecnologías en los procesos industriales.

El error de dejar a un lado la industria era muy evidente. Los líderes norteamericanos se dieron cuenta de algo que advierte con precisión George Bernych, el director de investigación y desarrollo del Instituto de Manufacturación Digital e Innovación en el Diseño (DMDII), en una entrevista con El Mundo: “Quien pierde su liderazgo industrial, pierde su habilidad para innovar”. Y quien pierde su habilidad de innovar, se queda atrás en el desarrollo. Esto se volvió muy evidente por el ascenso impresionante de China, que lo posicionó como retador de la hegemonía norteamericana.

 

China se convirtió recién en 1992 en una de las diez economías más grandes del mundo. En la década de los 80 había comenzado un proceso de crecimiento a tasas de alrededor del 10%, impulsado por un fuerte programa estatal de industrialización manufacturera. En 2010 arrebató a Japón la segunda posición en el ranking mundial. La clave de la fuerte expansión fue una industrialización acelerada de bajo nivel tecnológico, que era despreciada por el mundo desarrollado porque la consideraba anacrónica, sustentada por la mano de obra barata e impulsada por un régimen autoritario.

Si EEUU no reaccionó frente a la crisis del 2008 sí lo hizo frente a la consolidación de China como una economía capaz de disputarle el liderazgo. Un escenario que no se veía desde la guerra fría. Pero no fueron las altas tasas de crecimiento lo que percibió como una amenaza, sino la determinación del Partido Comunista Chino de orientar el desarrollo hacia las nuevas tecnologías y disputar el liderazgo de la revolución 4.0. 

China tenia claro el riesgo de caer en la trampa de ingresos medios, como le pasó a los países de América Latina. Por eso no se conformó con el rol que el mundo desarrollado le asignó como fábrica global de manufacturas y los productos simples y más baratos. Los dirigentes chinos comprendieron que la clave era la triada industria-innovación-desarrollo. Y una vez logrado el primer objetivo, la industria, se lanzaron hacia el segundo: liderar los el proceso de innovación. Para subirse a la ola de la revolución 4.0 del presente, pero también para disputar el liderazgo industrial del futuro. Así como EEUU tiene Manufacturing USA, China elaboró su propio plan de modernización e integración industrial: Made in China 2025. El programa tiene dos objetivos estratégicos: la sustitución gradual de la tecnología extranjera utilizada por la industria nacional y el aumento de la presencia de la tecnología de origen chino a nivel internacional. La disputa entre China y EEUU por la implementación del 5G es, posiblemente, el primer ejemplo de una dura carrera tecnológica, que tiene ribetes geopolíticos.

Unión Europea: acuerdos para fortalecer la industria y la innovación

La industria también entró con fuerza en la agenda de Bruselas. La Comisión Europea, de hecho, definió en marzo de este año a China como un “competidor económico” y un “rival sistémico”. Fue el segundo paso para replantear la estrategia industrial comunitaria. Un mes antes, Francia y Alemania habían firmado un manifiesto sobre una política industrial común. La estrategia define objetivos claros para 2030 y aboga por una “inversión masiva en innovación”, especialmente en Inteligencia Artificial, campo en el que ambos países aspiran a convertirse en líderes mundiales.

Europa es consciente de que debe unir esfuerzos para defender su lugar en la disputa geopolítica, donde ya se encuentra relagada a un segundo plano. La inestabilidad de las políticas y económica de alguno de sus miembros y los efectos del desenlace del Brexit pondrán a prueba la capacidad de sostener una estrategia compartida y efectiva.

Japón: educación para la sociedad 5.0

Siempre adelantado, Japón ya no debate el rol de la industria y está trabajando el concepto de Society 5.0. “La sociedad 5.0 está centrada en el humano y equilibra el desarrollo económico con los problemas sociales a través de la integración del ciberespacio y el espacio físico”, detalla la web oficial del gobierno nipón. Es un aspiracional hacia el que debería evolucionar Japón. La quinta forma de sociedad seguirá, cronológicamente, a las cuatro anteriores: la sociedad cazadora, la agrícola, la industrial y la de la información.

Los avances tecnológicos cambian nuestra forma de vida y lo seguirán haciendo. Como la conducción autónoma o la inteligencia artificial. Japón decidió poner el foco en las personas, no en la tecnología, porque el mundo avanza hacia un futuro súper inteligente y los ciudadanos deberán estar a la altura para aprovecha al máximo las oportunidades. “Para preparar a los estudiantes para el rápido cambio tecnológico, la clave es centrarse en las fortalezas humanas”, explica el ex ministro de educación de Japón, Yoshimasa Hayashi, en una entrevista con la revista Foreing Policy.  “En la era de Google, las personas ya no necesitan memorizar cada hecho. Hoy en día, muchas tareas se realizan mejor con computadoras. Por lo tanto, el énfasis debe estar en las habilidades humanas como la comunicación, el liderazgo y la resistencia, así como en las habilidades de curiosidad, comprensión y lectura”, completa Hayani.

Desde Society 5.0 Japón busca adaptar a su gente al nuevo tipo de vida que impondrán los avances tecnológicos
El proyecto Society 5.0 de Japón busca adaptar a los ciudadanos al nuevo tipo de vida que impondrán los avances tecnológicos

Un punto central del plan Society 5.0 es una transformación revolucionaria del sistema educativo tradicional. La primera idea es hacer más flexible el avance en los cursados, más allá de las clasificaciones. Con este sistema, si un alumno de quinto grado aprobara todas las materias salvo matemáticas, podría continuar el resto de los estudios y volver a cursar solo esa asignatura hasta que haya adquirido los conocimientos. “Entre quinto, sexto y séptimo grado las habilidades básicas deben perfeccionarse. Son los cimientos de todo”, explica el exministro.

América Latina: subirse al cambio o prolongar el subdesarrollo

En la región hay discusiones y debates entorno al desarrollo en tiempos de revolución 4.0. Se percibe una concientización sobre la relevancia de la temática en sectores particulares e incluso gubernamentales pero eso no se traduce en programas concretos ni en políticas públicas de la enorme magnitud que el desafío requiere.

Latinoamérica continúa siendo la región más desigual del mundo, pero no puede darse el lujo de quedar atrapada en la discusión sobre los problemas crónicos, económicos y sociales. No puede dejar pasar otra oportunidad. “La región no hizo el catching up [la convergencia o acercamiento acelerado a los países desarrollados] durante la tercera revolución y, por eso, el tema hoy es debatir cuáles son las políticas públicas que deben crearse para aprovechar la nueva ola de desarrollo”, resume Mario Castillo, jefe de la Unidad de innovación y nuevas tecnologías de la CEPAL.

La triada industria-innovación-desarrollo es un camino trabajoso que la región debe atravesar en forma paciente, aprendiendo de la experiencia de los países desarrollados. Lo primero es entender de una vez que sin industria no hay desarrollo. Cada país debe definir las prioridades productivas y promover una educación adaptada a los nuevos desafíos. Y para ganar peso geopolítico, siguiendo el ejemplo europeo, trabajar en una profunda y coordinada integración regional se torna un imperativo.


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