grieta
Mauricio Macri y Cristina Kirchner durante la asunción de Alberto Fernández, el 10 de diciembre de 2019. / Agustin Marcarian (Reuters)

El debate público argentino está encapsulado por las imposturas de la grieta. La legítima curiosidad nos lleva a intentar una descripción del fenómeno, que puede mirarse desde cerca o con un perspectiva más amplia.

El análisis con el microscopio muestra discusiones fundamentalmente condicionadas por el marketing, que evoca los problemas pero no los procesa en términos de su resolución. Si esto se hiciera implicaría aperturas inéditas y participación social ampliada.

La fenomenal maniobra ideológica que sufrimos se despliega para mantener lo que provisoriamente, faltos de mejor denominación, llamamos la bicoalición conservadora. Es un bloque de intereses mutuamente necesarios para reproducir la distribución del poder e impedir una transferencia hacia una más amplia y rica representación popular. Tengamos presente la naturaleza dinámica de las relaciones de fuerza que permiten cambios o los impiden.

Nos tienen atrapados alineaciones simétricas que ofrecen falsas opciones electorales, pero que se presentan como una opción de hierro a la sociedad argentina. Los márgenes de dichas coaliciones no logran expresar alternativas superadoras, pero su existencia es un indicio de cambios potenciales. Javier Milei ensaya en estos días un acercamiento al ala liberal-autoritaria del PRO. Juan Grabois, quien se permitió decir que le hacía ruido el patrimonio de los Kirchner, tuvo que “recular en chancletas”  —la expresión fue utilizada por un dirigente social que simpatiza con su gesta— como demostración clara de que para él también funciona el encuadramiento y la verticalidad en los alineamientos bloqueantes.

Las opciones que ofrece la bicoalición conservadora son falsas, aunque en apariencia sean fuertísimas al presentarse como únicas, porque hasta ahora ninguna propone una vía palpable de superación de la crisis histórico estructural que nos mantiene en decadencia perpetua. Son falsas opciones, en consecuencia, porque nos mantienen estancados, sin futuro, cada vez más enfrentados y evocando superficialmente los problemas reales, como para tenerlos nominalmente registrados, pero sin hincarles el diente, ausentes de soluciones eficaces y vacíos de contenido transformador.

El panorama es otro cuando se ve la significación de la grieta con un catalejo, para ver el conjunto y su dinámica que no llevan a ninguna parte y solo prometen seguir administrando la miseria y creando nichos de captura de la renta nacional sin multiplicación ni ampliación de la riqueza social.

El acuerdo como huida hacia adelante

Repetidas voces se elevan para proponer lo que se podría evaluar como una parodia de acuerdo. Lo hizo en primer término la vicepresidenta, Cristina Fernández, antes de la escenificación electoral, pero casi nadie del otro lado de la grieta registró su mensaje. O descalificaron a la emisora con fuertes referencias a sus antecedentes autocráticos,  que tienen muy afectada su credibilidad más allá de sus devotos seguidores, lo que en su momento le alcanzó para gravitar decisivamente en el armado de la coalición que llevó a la presidencia a Alberto Fernández y hoy no parece ya mantener alineada a la tropa.

Lo hizo también recientemente el dúctil Sergio Massa y despertó aún mayores suspicacias al proponerlo para después de las elecciones, relativizándolas ahora que viene la taba dada vuelta en el aire. Todas esas buenas intenciones, que de bueno no tienen nada, pavimentan el camino del infierno. En ese contexto, del otro lado, se permitieron dudar de la seriedad de tales propuestas, pero sin ofrecer otras vías palpables.

¿Hay que renunciar, por estas volteretas, la mayoría de las cuales son meros fuegos de artificio, a plantear la cuestión de fondo que se está jugando en la Argentina de estos días?

Creemos que no hay que renunciar a lo que exigen las circunstancias de este momento histórico: detener el retroceso y plantear un programa sólido de desarrollo. En otras palabras: hay que plantear qué tipo de acuerdo sirve a esa necesidad y cual confunde como mera distracción. Separar la paja del trigo.

Necesidad y posibilidad

El acuerdo posible es el que imaginan operadores bienintencionados a ambos lados de la grieta, buscando la sobrevida de una vaca lechera que parece inextinguible pero que agoniza a ojos vista. Ellos proponen acuerdos de “gobernabilidad”, de “institucionalidad”, de convivencia y, en definitiva, de reparto de un botín que se captura desde el Estado y es transferido a segmentos pequeños de poder mientras el dispositivo de apropiación de la mayor parte de la renta nacional sigue intacto en asociación entre el Estado y el sistema financiero.

Esta maniobra, que ha sido representada muchas veces desde el Pacto Social de Gelbard en 1973, es cada vez más percibida como obscena y oprobiosa por el conjunto de la sociedad argentina. No sirven para nada porque es más de lo mismo.

Ese tipo de acuerdo ficto es la perpetuación del fracaso sistémico que ha ido convirtiendo la democracia en una parodia ritual, donde cada vez hay más excluidos y menos ciudadanía real y concreta,  que reclama el acceso creciente de los diversos sectores a mejores niveles de vida y de cultura.

Afortunadamente, la democracia como posibilidad —como expresión de las apetencias más legítimas de la población— no se envilece ni se degrada con esos procedimientos de sus manipuladores y, de un modo u otro, se sacude de encima en algún momento a quienes intentan apropiarse de ella y convertirla en un procedimiento de perpetuación de beneficios ilegítimos. No siempre está abierta esa oportunidad, pero nunca desaparece del todo. Sorprende cuando las cosas llegan a un límite y salta por el lado menos pensado. Algo de esto puede estar pasando camino al 14 de noviembre.

El acuerdo necesario es otra cosa. Debiera constituir el programa que pueda sustraernos del espiral de retroceso en que estamos embretados y hay que tomárselo en serio. ¿En qué consiste?, deberíamos preguntarnos. Veamos, ensayemos posibilidades.

Acuerdo o simulacro

Se trata de asumir una dirección de marcha que integre la sociedad y potencie sus posibilidades de construcción material y espiritual. Objetivo ampliamente compartido por la comunidad argentina, pero no viabilizado por su dirigencia.

Las propuestas que se hacen desde diversos ángulos de visión económica, algunas francamente miopes, al reducir el programa a la liquidación del déficit fiscal, y aún las más inspiradas en cuanto a solidaridad con los compatriotas desposeídos, muestran —en el debate público, porque en la intimidad de los equipos nacionales pueden estar ocurriendo otras cosas que ignoramos— una superficialidad apabullante.

Tal vez esta simplificación errática se deba a las necesidades del marketing de la comunicación política en general y de la electoral en particular, que impone el criterio de la sencillez en los mensajes políticos, pero en cualquier caso resulta ominoso, embrutecedor, y de una mediocridad desconsoladora.

No suelen superarse las recomendaciones ya gastadas del ajuste en todos sus trasvestismos terminológicos posibles, tanto en la versión desangelada e insolidaria como en la variante pobrista.

Hasta quienes se presuponen a sí mismos como una alternativa con sensibilidad popular no  pasan de recomendar fórmulas de estrechez y reparto de la pobreza realmente existente, presuntamente legitimadas por el ascetismo de vida de sus expositores, lo cual no es, por cierto, una característica universal de las autodesignadas dirigencias sociales. Esto tal vez lleve a los más decentes a una vida de santidad, pero sus propuestas no se encarnan en la necesaria creación vigorosa de nueva riqueza sin lo cual las masas desprotegidas seguirán siendo carne de cañón del clientelismo.

Hay por lo menos tres ejes que deben vertebrar una propuesta sólida para el desarrollo nacional: una integración progresiva de los desheredados al trabajo formal, con una etapa de transición que requerirá nuevas formas de asociación y desempeño de actividades socialmente útiles; una integración productiva sectorial y regional que lleve estímulos de inversión a todo el territorio nacional; y una dirección de marcha que equilibre la generación y distribución de la renta nacional, hoy capturada por el Estado para sostener el empleo público, las ayudas sociales y, sobre todo, la ampliación sistemática del endeudamiento restándole al país la necesaria fijación de prioridades de inversión pública y privada.

Nada de esto es posible, aunque fuese a medias, sin un acuerdo político amplio, muy amplio, donde los ganadores de hoy asuman que su futuro no está garantizado si se mantiene su hegemonía depredadora actual. El inmenso poder que detentan, de altísima rentabilidad como corresponde a situaciones de aguda inestabilidad, no está asegurado y ellos lo saben.

Sin embargo, como bien apuntó el filósofo esloveno Slavoj Zizek años atrás, “saben lo que hacen e igual lo hacen”. Quizá siguen en lo mismo por falta de visión, por rutina intelectual o por debilidad teórica, o por cualquier mix patético de estas limitaciones. Lo cierto es que en Argentina han caducado las dirigencias establecidas. Han fracasado de modo inapelable.

Los pases de factura mutuos, a ambos lados de la grieta, contienen algo más que semillas de verdad, pero no constituyen un corpus analítico sobre el que se pueda fundar un diagnóstico útil. Sobre todo: carecen de la humildad y la consiguiente autocrítica que son necesarias ahora, cuando se han quemado todos los papeles y la epistemología de nuestra crisis carece de herramientas realmente operativas.

Si a algún lector le parece poco esperanzador este enfoque, vale entonces pensar que el empeño en la propia destrucción es una patología que concierne a muy pocos y que la inmensa mayoría de compatriotas tiene aspiraciones legítimas y está dispuesta a engendrar un futuro distinto, menos mezquino y más solidario.


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