economía
Una persona camina por una calle hoy, en Buenos Aires (Argentina). EFE/ Juan Ignacio Roncoroni

La pandemia determinó la política y la economía en América Latina a partir del segundo trimestre de 2020. Argentina actúo rápido y responsablemente, a diferencia de Brasil y México. Decretó el confinamiento y puso en marcha, de acuerdo a sus posibilidades, programas de asistencia a familias y empresas, como hicieron los países desarrollados. Cerca de mediados de año, el presidente, Alberto Fernández, tuvo su momentum político, con niveles de aceptación mayoritarios. Lamentablemente, desaprovechó esa fortaleza y ese liderazgo. En vez de convocar a un gobierno de unidad nacional, como ameritaba la situación, comenzó a primar el enfrentamiento político, el deterioro institucional y la falta de una estrategia nacional, no solo para enfrentar la pandemia sino para sacar al país de la decadencia en que transcurre hace más de una década.

Lo peor que se hizo frente a la pandemia fue la duración del apagón educativo, que se justificaba en una primera instancia de apagón total, cuando no se sabía casi nada acerca del virus. Así lo hicieron todos los países, pero lo revirtieron a los pocos meses. En Argentina se eternizó. Y en la nueva fase de confinamiento, lo primero que el Gobierno nacional atinó a cerrar fueron las escuelas, cuando en el resto el mundo es lo último que se cierra, recién cuando la situación se descontrola y no alcanza con las restricciones a las actividades recreativaes, gastronómicas y comerciales.

La otra cuestión crítica fue la mala política de aprovisionamiento de vacunas, que es el factor estratégico para la salida de la pandemia y constituye la mejor política tanto en materia sanitaria y social como para la economía. Es cierto que el faltante de vacunas es un problema que afecta principalmente a los países subdesarrollados, pero dentro de la región hay ejemplos como Chile y Uruguay que están en niveles de vacunación similares a los desarrollados. En números de dosis, Argentina representa apenas el 10% del total de América del Sur, cuando Brasil se lleva el 56% y Chile el 17%. A eso se suma la inexplicable pérdida, sin ninguna justificación, de las 13 millones de dosis de Pfizer que hubiera colocado al país en el segundo lugar de la región en número de dosis.

Si hubiera una visión de qué es lo principal y qué lo accesorio, el Gobierno habría centrado la gira internacional del presidente en conseguir vacunas.

Argentina y Perú, los más perjudicados

Es un dato que las economías de Argentina y Perú registraron las mayores caídas en 2020. La diferencia es que Perú venía creciendo los últimos cinco años más del 3% promedio anual, con una tasa de inversión entre 21,5% y 23,5% del PIB. Argentina, en cambio, registró  en ese mismo período una contracción de la economía del 0,2% promedio por año, con una tasa de inversión entre 17% y 20% del PIB. Es más difícil explicar grandes caídas desde niveles derrumbados de actividad como el que mostraba nuestro país que desde economías dinámicas como la peruana.

Es innegable que entramos con una economía frágil a la pandemia, pero también que esta situación excepcional sacó lo peor de la alianza gobernante, que poco a poco fue radicalizando su discurso y su accionar. Se terminó creando un mal ambiente para la inversión, que se encuentra en niveles que no repone el capital amortizado, con medidas que, de modo repentino y sin ninguna discusión con los sectores involucrados, cambian los marcos regulatorios en el que se mueven los sectores productivos. Esto genera mucha incertidumbre en las reglas de juego. Entre otros, el DNU declarando servicio público la provisión de internet; las prohibiciones de exportación de trigo, que se revirtió, y la reciente sobre la carne; la fallida expropiación de Vicentín y los sucesivos incrementos impositivos, sumado a la contrarreforma impositiva, que se generó incrementando el impuesto a las ganancias a las empresas y volviendo a dar vía libre a las provincias para Ingresos Brutos.

Por otro lado, el confinamiento, de los más prolongados en el tiempo, golpeó a la actividad económica de manera especial.

La normalización de las relaciones financieras internacionales se retrasa, en particular la demora en avanzar en las negociaciones con el FMI. Esto impide despejar el panorama financiero y fiscal, lo que se suma a las contradicciones en la política monetaria, cambiaria y fiscal durante gran parte del año. Por eso, a pesar de la exitosa renegociación de la deuda privada, el riesgo país continúe en niveles de default y que el tipo de cambio paralelo se ubicara en niveles de hiperinflación, con impacto sobre la brecha cambiaria.

¿Podemos capitalizar la mejora internacional?

El contexto internacional trae viento a favor, pero lamentablemente la economía Argentina no está en condiciones de aprovecharlo porque no tiene mínimamente en orden lo interno y carece de una visión estratégica. La agenda que marcó el presidente en el discurso de apertura de sesiones de este año no parece el camino: radicalización del enfrentamiento con la oposición, judicialización del préstamo con el FMI y ataque a la justicia.

El plan económico parece ser aguantar para ganar las elecciones, como fue el plan Kicilof-Agis entre 2011 y 2015. La clave del “plan aguantar” pasa por el manejo del balance de pagos con control cambiario, a partir de la administración del uso de divisas, pisando las importaciones, más el ingreso de dólares esperable del crecimiento del precio de la soja y los DEG (Derechos Especiales de Giro) del FMI. Todo se reduce a asegurar el control del tipo de cambio, pisar las tarifas y extender el control de precios para evitar cualquier inestabilidad antes de las elecciones. Después, Dios dirá.

Tenemos un veranito con el precio extraordinario de los comodities, el FMI “regalando dólares-DEGs” (y nosotros reclamamos que nos regalen más), la comunidad financiera internacional y el G7 comprensivos sobre las reestructuraciones de deuda, por la pandemia, y seguramente dispuestos a cerrar un acuerdo light con Argentina para refinanciar el crédito con el FMI. Sin embargo, Argentina sigue dando vueltas sin avanzar por su desorden interno. Argentina vive, con el affaire Basualdo y la discusión sobre la política tarifaria, un momento institucional delicado en que está puesta en cuestión la jerarquía en la toma de decisiones de la política económica. Esto es grave.

Argentina debe normalizar sus relaciones financieras con resto del mundo para volver a un camino de crecimiento, en vez de perder el tiempo y las energías con planteos sobre reformas del sistema financiero internacional. El país precisa urgente cerrar el acuerdo con el FMI y el Club de París para poder dedicarse de lleno a lo importante.

Para volver a crecer de modo sostenible es necesario recuperar la épica de las grandes transformaciones. Salir del statu quo. Se debe encarar de modo contundente la reducción del gasto público en los tres niveles del Estado con una simultánea reducción de la carga tributaria sobre las empresas y la actualización del marco laboral de contratación. Argentina tiene que plantearse una integración inteligente al mundo, a partir del Mercosur pero dejando atrás el encierro en el Mercosur. El país necesita recrear el funcionamiento del mercado de bienes y servicios con formación de precios de mercado.

Lo importante es sincerar los precios relativos, alcanzar los equilibrios macro para estabilizar la economía y lanzar un plan acelerado de inversiones en los sectores estratégicos y aquellos donde nuestro país muestra claras ventajas. Una estrategia de este tipo permitiría recuperar el proceso inversor y la creación de puestos de trabajo genuinos. Estos son los verdaderos desafíos de la economía. Necesitamos dedicar nuestras energías a resolverlos para lanzarnos a la senda del desarrollo.


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