COVID-19: la recuperación tendrá como protagonistas a las empresas, no al Estado

Solo una política integral que aborde los "problemas de superestructura" puede hacer posible la acumulación y la capitalización de la economía argentina

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Un hombre con tapabocas camina sobre el Puente de la Mujer, en Buenos Aires, el 18 de mayo de 2020. / REUTERS

La crisis económica global provocada por el confinamiento implementado en todo el mundo para combatir la pandemia del COVID-19 está determinada por varios aspectos concurrentes que conviene diferenciar. Por un lado, una brusca contracción de la utilización del factor trabajo —confinado en sus hogares—, lo que provocó una caída de la producción de bienes y servicios por parte de las empresas y de los ingresos salariales asociados. Al mismo tiempo, es evidente el desplome del consumo por las restricciones al comercio y el tránsito, lo que también provocó la caída de los ingresos salariales. Esto está asociado al brusco cambio forzado en los comportamientos de los agentes económicos como consecuencia del temor al virus. Por último, pero engoblando todo lo anterior, el espíritu de época sufrió un duro golpe, que pone en crisis la relación de las personas con sus planes, objetivos vitales, sus patrones de consumo, sus expectativas y modos de relacionamiento, y promete dejar una huella severa en los comportamientos futuros.

El impacto en el factor trabajo, el consumo y el cambio en el comportamiento en los actores son estrictamente económicos y explican la profundidad inmediata de la crisis. Tanto los cambios de comportamiento como el del espíritu de época, en cambio, permiten imaginar y prever la extensión en el tiempo, el alcance y la profundidad de esta crisis, que está determinada precisamente por los factores socioculturales que impactan e impactarán en la economía y que no podemos subestimar.

Políticas contra la crisis a nivel mundial

La salida de la crisis, según han explicado muchos economistas, requiere medidas que contrarresten los procesos enumerados más arriba. Hay una serie de medidas de coyuntura, monetarias y fiscales, que los diferentes países pusieron rápidamente en marcha, para proteger a los que viven al día y necesitan ingreso para consumir; proteger a las empresas, que son las unidades de organización de la economía y definen el trabajo, la producción, el comercio, el transporte, el consumo y los servicios; y proteger los contratos, que es el modo de interrelación de las empresas.

Vale destacar cuán diferente es esta problemática de las empresas y los contratos de, por ejemplo, una guerra o un desastre natural, que destruyen elementos materiales (infraestructura, equipos, edificios). Aquí lo que está dañado y en riesgo es el valor intangible de los activos, como consecuencia de los cambios de comportamiento inmediatos y esperados.

Los países europeos, que son los modelos de Estados de bienestar, tienden a privilegiar la protección del trabajo, mientras que países que siguen modelos más liberales, como EEUU, tienden a privilegiar la protección de los contratos. Esto influyó en la forma concreta de las políticas anticrisis, pero en todos los casos fue orientada de manera bastante precisa.

Un latiguillo que se escucha una y otra vez insiste en que el COVID-19 demuestra la importancia de los Estados y la regulación. Que la crisis “no se puede dejar librada al mercado”. La verdad es que es exactamente al revés. Si bien los Estados pueden generar marcos de referencia y grandes líneas de acción, la salida de la crisis tendrá como protagonistas excluyentes a las empresas y al mercado como punto de encuentro de las fuerzas productivas y los nuevos comportamientos de los consumidores.

En todos los casos, las empresas son los agentes que interpretan el nuevo status y dinamizan los procesos económicos y, por eso, son sujetos de una atención especial por parte de los Estados. En todos los casos serán las empresas las encargadas de amortiguar el impacto de la crisis, interpretar el nuevo espíritu de época, ajustar su funcionamiento a los nuevos patrones de consumo y proponer los cambios organizativos, los nuevos procesos, los nuevos productos, las nuevas formas de trabajo requeridas para volver a crear riqueza lo más rápidamente posible. El rol del Estado es brindarles herramientas para posibilitar y acelerar ese proceso.

Los Estados no pueden bajar a la solución puntual de los problemas más concretos de la economía porque su función es la producción de bienes públicos, cuya racionalidad es netamente política y cuyo alcance es más general. En la articulación de los esfuerzos para la producción de bienes privados, en la consideración de los aspectos para que esta producción sea eficiente, sólo las empresas privadas, y su relación constitutiva con el mercado y el sistema mercantil de formación de precios, tienen el anclaje de racionalidad económica necesario.

Esta verdad de Perogrullo, que la heterodoxia neomarxista o neokeynesiana gusta poner en cuestión en términos teóricos, no debería ser menoscabada en medio de los debates que genera la crisis. De cómo se plantee esta cuestión y de cómo se responda a ella dependerá qué herramientas se utilizan y con qué fines. Y en última instancia, cuán rápidamente se econtrará el camino para la superación de la crisis.

La crisis del COVID-19 para la economía Argentina

En Argentina, a crisis mundial se combina con elementos anteriores que ya configuraban una crisis local a partir de una serie de problemas propios que databan de mucho antes. Sobre esta idea de las “comorbilidades”, de la enfermedad anterior que el COVID-19 viene a potenciar, aparecen diferentes interpretaciones. En el extremo hay dos formas antitéticas de enfocar esa concurrencia de sendos procesos, interno y externo, propio y ajeno, en la crisis argentina, y dos previsiones también antitéticas.

Por un lado, la crisis mundial desdibujará los rasgos particulares de la crisis argentina, porque los subsume y reformula en el marco de un proceso más global, con problemas globales para los cuales el mundo ofrecerá respuestas también globales, con fuerte impacto local. Por otro, la crisis mundial agravará los problemas particulares de la economía argentina, los profundizará y potenciará, tornando aun más difícil encontrar una política que permita superar la larga crisis del país. empresas

Cabe preguntarse también qué mundo emergerá de la crisis. Aquí también hay dos extremos, según dónde pongamos el foco. Podemos imaginar que “todo volverá a ser como antes” en el mundo de la producción y el consumo de bienes y servicios, comercio, transporte, turismo, a poco que se encuentre un tratamiento o vacuna para el COVID-19 y se vaya derrotando al miedo al virus. O bien “nada volverá a ser como antes” y el miedo subsistirá en una porción más o menos grande de la población mundial, afectado seriamente los comportamientos y hábitos de consumo, y por ende las ecuaciones económicas de una altísima cantidad de actividades.

Los rasgos específicos de la crisis argentina —particularmente los de una maraña superestructural que impide y profundiza el gran problema de base de nuestro desarrollo, que es la falta de capitalización de nuestra economía— deberían servirnos para encuadrar la gravedad del impacto de la crisis mundial actual, sus efectos sobre nuestro país, y las dificultades concretas que podemos esperar a la salida de la crisis mundial, que tendremos que enfrentar, y para las cuales convendría ir preparando las herramientas adecuadas de política económica. No se trata meramente de señalar las “comorbilidades”, sino de caracterizar mejor el proceso y plantear mejor los problemas.

Es muy probable que haya cambios en el contexto mundial como consecuencia de la fuerte liquidez que los gobiernos de los países centrales han inyectado en sus economías. Pero no está claro qué impacto tendrá esto en los precios de las materias primas, la disponibilidad internacional de capitales y su destino, el comportamiento de las economías emergentes.

Mientras tanto, nosotros sí podemos asumir que en Argentina seguiremos arrastrando los problemas típicos, algunos de ellos agravados: la alta presión fiscal, la regulación y el control de precios e incluso el takeover estatal de empresas, diferentes relatos de demonización del capital y una exigencia genérica de “ser solidarios” que justifica (mal) nuevos impuestos y presión sobre los patrimonios y el capital.

En este contexto, los empresarios argentinos tienen que tomar decisiones. ¿Van a a pensar cómo invertir? ¿Cómo meter plata en sus empresas, que la AFIP les va a preguntar de dónde la sacaron? ¿Va a tener la voluntad de apostar a recuperar lentamente algo parecido a la ya mala empresa, llena de problemas estructurales, que tenía antes de la pandemia? ¿Para ganar cuánto, en cuánto tiempo? ¿O por el contrario va a aprovechar para generar quebrantos, buscar liquidez y sacarse de encima viejas contingencias? Después de esta devastación masiva, pensemos que la vida sigue, entonces, nuevas empresas van a venir a hacer algo sobre las ruinas que deja esta crisis. ¿Qué significan esas nuevas empresas en términos económicos? Es decir: por supuesto que algo acontecerá con esas máquinas, con esos mercados, con esos edificios, con esas marcas. Pero será algo diferente, luego de la destrucción del valor y el quebranto de las actuales empresas.

¿O queremos evitar este proceso? ¿Estamos dispuestos a discutir cómo encarar los viejos problemas y la actual potenciación que implicó el COVID-19? Esta es la posibilidad más concreta que esta crisis nos ofrece a los argentinos. No se trata de ofrecer una respuesta a aislada a alguno de estos problemas. No se trata de hablar de alguna panacea como “la estabilidad”, “la confianza” o “la redistribución”. Se trata de abordar simultáneamente todos estos problemas, para hacer posible el funcionamiento de las empresas argentinas, sobre la base de la capitalización, la inversión, los aumentos de la productividad para poder crecer.

Imaginación y coraje para una formulación nueva política económica

El corazón del problema económico es la aplicación de capital y trabajo para la creación de valor. Esto es particularmente patente en Argentina, donde la carencia de capital agrava más y más una crisis histórica, secular. 

En la década del 60 y en las posteriores, se proponían los “cambios estructurales” en el nivel de la estructura económica (la coronación del modelo de insdustrialización por sustitución de importaciones) como la forma de cerrar el círculo de la acumulación y la capitalización sin desequilibrios de la matriz insumo producto que pusieran periódicamente en jaque el sector externo. A eso apuntaban los modelos de Raúl Prebisch y Rogelio Frigerio. Hoy tenemos que tener claro que solo una política integral que aborde los “problemas de superestructura” puede hacer posible la acumulación y la capitalización de la economía argentina.

Sólo a partir de enfocar estas cuestiones fundamentales se pueden establecer algunas líneas verticales que también revisten gran importancia. Por un lado, el fortalecimiento de educación pública y privada, no sólo como herramienta igualadora de oportunidades, sino como un engranaje de formación de capital humano que haga posible el desarrollo de nuevos activos en la era de la economía del conocimiento. Por el otro, el desarrollo de políticas especiales de promoción de un conjunto de actividades que, por sus características, puedan absorber rápidamente inversiones, capitalizarse, elevar rápidamente su productividad, generar mucho valor, competir internacionalmente, estabilizar la balanza de pagos externa aportando dólares genuinos y traccionar al conjunto de la economía. En tercer lugar, el desarrollo de otra línea, completamente diferente, de políticas de promoción de actividades mano de obra intensivas, necesariamente de productividad baja y baja competitividad, en aptitud para generar una fuerte oferta de empleo privado de calidad que ayude a cicatrizar el tejido social argentino y recrear el capital social que caracterizó a la Argentina hasta mediados del siglo XX. Por último, el desarrollo de la infraestructura de transporte y logística, la inversión en conectividad, fibra óptica y redes.

Parece que los cambios que vienen en los comportamientos serán duraderos. Esto no implica necesariamente una crisis dramática, sino una crisis que obliga a una dramática reconversión. El problema que enfrentan las economías del mundo será, probablemente, un problema de reconversión.

¿Cómo está Argentina preparada para una reconversión? Cuenta, como siempre, con el ingenio de los argentinos. Cuenta con esa aptitud tan propia de nuestro ADN histórico para soportar los golpes. Pero también tenemos el resto de los problemas que señalamos, de los que muchas veces no nos olvidamos, sino más bien nos hacemos los distraídos. Particularmente, la dirigencia. O abordamos estos problemas o las mismas trabas que habían llevado a la crisis de las empresas previa a la pandemia inhibirán tanto la reconstrucción o reconversión de las empresas, cuanto el surgimiento de las nuevas empresas. Este es el problema que tenemos que enfocar.

La ciencia política ha estudiado la tendencia de la superestructura a su reproducción. Cada uno de los factores que traban la capitalización está asociado a intereses muy concretos. Por eso, la formulación general de los problemas tiene que engranar con los intereses afectados por, o comprometidos con, las posibles soluciones a cada uno.


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