Las discrepancias con Bolsonaro profundizan la crisis del Mercosur

El bloque debe superar la falsa antinomia entre industria y apertura comercial. Un equilibrio que resulta imposible cuando Brasil y Argentina están enfrentados

Mercosur
Los presidentes de Brasil y Argentina, Jair Bolsonaro y Alberto Fernández

La noticia fue sorpresiva y generó reacciones airadas: la Cancillería argentina anunció que el país dejará de participar en las negociaciones en curso para acuerdos comerciales del Mercosur con otros países. Afecta las negociaciones de los Tratados de Libre Comercio (TLC) con Corea del Sur, Canadá, India y Líbano. Los defensores de estos acuerdos subrayan que abrirían mercados para los bienes y servicios más competitivos de nuestro país, como los agroindustriales. A cambio, habilitaría la importación libre de aranceles de productos con mayor valor agregado o que demandan mano de obra intensiva, lo que agravaría la crisis de rentabilidad y empleo en las PyMEs industriales argentinas. Quedan excluidos de está suspensión los acuerdos ya firmados con la Unión Europea y con la Asociación Europea de Libre Comercio (EFTA).

Inmediatamente llegaron las reacciones de la oposición: “Argentina se aísla del mundo”. Algunos recordaron el título de un libro de Aldo Ferrer, Vivir con lo nuestro, una frase que se convirtió en una chicana fácil del liberalismo. El gobierno, en tanto, justifica la medida por la pandemia. Entiende que la crisis exige mayor protección que lo normal para las empresas, el empleo y la situación de las familias más humildes, frente al riesgo de la importación sin aranceles.

Este enfoque genera la falsa antinomia entre industria nacional y apertura comercial. Los liberales reniegan del programa industrial, por un sesgo economicista centrado en las ventajas competitivas actuales pero que no ponderan de la misma manera su relevancia en el empleo y su efecto social: la paz de los conurbanos. Los populistas anteponen la distribución a la producción, acuerdan pactos sociales frágiles, reparten subsidios, desalientan la mejora de la productividad y quitan los estímulos a la libre competencia. Esa antinomia se puede superar con una respuesta inteligente. Los desarrollistas creemos en el desarrollo industrial y en la diversificación productiva, más allá de las ventajas competitivas de corto plazo. Pero también que el comercio es el instrumento básico para generar riqueza. Arturo Frondizi recorrió el mundo abriendo mercados y buscando acuerdos. Lo hacía teniendo bien claro que las negociaciones debían estar alineadas con los intereses nacionales. Es decir, con el desarrollo del país. Las otras dos posturas, por facilismo y mezquindad reniegan, de esa visión desarrollista.

El Mercosur, una unión imperfecta

Argentina es hoy la oveja negra en el Mercosur. Los otros tres países miembros — Brasil, Uruguay y Paraguay— están gobernados por coaliciones liberales. Además, los dos socios menores no tienen un sector industrial relevante. Por eso promueven políticas de apertura comercial y las negociaciones de TLC con otras economías. A eso llaman la “internacionalización” del bloque. El peronismo se había opuesto al acuerdo con la Unión Europea y promueve el refuerzo de la esencia regional del Mercosur, en contraposición a la internacionalización.

El principal obstáculo para esta mirada regional que plantea Argentina es, ni más ni menos, que Jair Bolsonaro, el gobernante de la potencia económica del bloque y principal socia comercial del país. Bolsonaro había prometido en la campaña presidencial “menos Mercosur y más acuerdos bilaterales”. Los sectores industriales de San Pablo, afortunadamente, le impidieron avanzar en ese camino, pero el presidente brasileño no abandona la idea de debilitar el bloque con la firma de nuevos TLC o la flexibilización del arancel externo común. Para el gobierno Argentino el Mercosur es algo fundamental y, a diferencia de Bolsonaro, no está en tela de juicio su permanencia o existencia. El enfrentamiento explícito entre Brasilia y Buenos Aires respecto al rumbo del bloque es lo que está detrás del anuncio de Argentina de suspender las negociaciones hasta que pase la crisis del COVID-19.

¿Qué puede pasar?

El impacto del anuncio debe matizarse. En el corto y mediano plazo no habrá nuevas negociaciones. Al menos mientras dure la pandemia. Una vez superada la crisis sanitaria, se abre un nuevo panorama. ¿Qué pasaría si Argentina mantiene la misma tesitura y los otros tres miembros del bloque deciden avanzar con acuerdos de libre comercio? Brasil, Paraguay y Uruguay podrían seguir negociando, llegar a acuerdos y que Argentina quede excluida, explica el especialista en comercio Marcelo Elizondo en La Nación. La suspensión de las negociaciones, según la exsecretaria Comercio Exterior Marisa Bircher, “deja abierta una amenaza a nuestros país de la potencial distorsión comercial que podría generar un beneficio de libre comercio para los socios, excepto para la Argentina”.

Si bien Argentina corre el eventual riesgo de que los otros países miembros se abroquelen y resuelvan avanzar en la agenda de internacionalización a sus espaldas, tiene argumentos jurídicos para cancelar las tratativas con economías extrabloque. Sería un caso extremo que provocaría una crisis diplomática de magnitud con una eventual expulsión de Argentina del Mercosur, dejando trunco el proyecto regional.

La chance de que esta situación extrema ocurra es el factor Bolsonaro. Si tiene éxito en la implementación de su programa económico y concentra poder político local y regional, nada impedirá que concrete los deseos que tiene para el bloque. Creo más probable un segundo escenario: su estilo de liderazgo controvertido y autoritario terminará por colmar la paciencia de los brasileños y de los factores de poder limitando su autoridad. Si eso es lo que ocurre, las tensiones entre los países bajarán y hasta es posible que Argentina recupere parte de la iniciativa regional.

El desafío de fondo

Si bien el Mercosur es hoy una unión aduanera imperfecta llena de obstáculos —barreras sanitarias y fitosanitarias, medidas antidumping, aduanas internas, políticas nacionales sin coordinación—, el bloque representa un mercado de más de 270 millones de personas, muchas de ellas de ingreso medio. El PBI conjunto es de 2,5 billones de dólares, lo que lo convierte en la octava economía más grande del mudo.

Para la Argentina el bloque es fundamental. En 2019 exportó más de 12.500 millones de dólares, el 20% de sus ventas al exterior. Y, lo más importante, es el primer destino de exportación de la mayor parte de productos industriales, como autos, maquinarias y químicos. Cerca del 60% de las exportaciones de manufacturas industriales del país tienen como destino algún país del miembro. Más de la mitad de las PyMEs exportadoras argentinas venden al Mercosur, lo que les permite generar divisas, empleo de calidad y pagar mejores salarios.

La demanda brasileña tracciona a la economía argentina. Y eso excede a Bolsonaro (aunque sí lo pone en riesgo su política aperturista con otros mercados). Tanto es así que el especialista en la temática, Gustavo Segré, subrayó en la Usina Desarrollista que, en plena pandemia, nuestro principal socio comercial ya registra un superávit comercial con China, un país que ya superó el momento más crítico de la epidemia y su demanda se está reactivando con fuerza. Por lo tanto, si Brasil aprovecha el tirón económico, Argentina podría tener una oportunidad para aumentar las exportaciones.

El desafío de la industria argentina es la internacionalización y la apertura de nuevos mercados. Pero antes debe prepararse para tamaña empresa. Una apertura indiscriminada puede minar la base de este sector, que es un articulador del desarrollo nacional y regional. La clave está en un equilibrio delicado que resulta imposible cuando Brasil y Argentina tienen gobiernos que defienden ideologías e intereses contrapuestos. Ocurre tanto cuando gobiernan los populistas como cuando lo hacen los neoliberales dogmáticos.

Solo una visión desarrollista compartida por los miembros del Mercosur será capaz de transformar el bloque en un dinamizador del desarrollo, que atienda la meta de la apertura y la internacionalización, pero también que genere una ruta que permita la mejora de la competitividad, la diversificación productiva y la especialización inteligente de las regiones de cada país. Es este el déficit estructural que tiene el Mercosur y que Rogelio Frigerio profetizó antes de su formación: la verdadera integración se realiza a partir del pleno desarrollo de las respectivas economías. Primero el desarrollo, luego la integración, como fue el caso de la UE. Y primero que nada debe lograrse la propia integración de las economías nacionales. Pensar en la internacionalización sin haber resuelto esto solo puede profundizar los desequilibrios internos de la región.

Pensar y trabajar en un bloque formado por economías nacionales integradas y con un fuerte intercambio entre los miembros es la base para la creación de un mercado común real. Recordar que alguna vez hubo por en la región estadistas como Arturo Frondizi y Juscelino Kubitschek nos hace creer que puede volver a ser posible.


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