antivacunas
Marchas contra las medidas sanitarias en Lausana, Suiza. / Fabrice COFFRINI (AFP)

Suiza celebró el domingo una votación atípica. Fue el referéndum para imponer el llamado pasaporte COVID, es decir, la obligatoriedad de acreditar que uno está vacunado para acceder a ciertos lugares como el interior de un restaurante, el cine, la iglesia o un espectáculo con más de 1.000 personas. Lo atípico no es el referéndum, un instrumento usado con frecuencia en Suiza, sino la agresividad de la campaña en un país donde la política suele ser calma. Que incluyó amenazas de muerte contra políticos, que debieron ser puestos bajo protección policial. El sí —la aprobación del pasaporte COVID— se impuso por el 62%, pero el rechazo es significativo. En especial si se tiene en cuenta que solo una fuerza política pidió votar en contra: el partido populista de derecha extrema UDC (Unión Democrática de Centro).

La votación en Suiza es el último episodio de un fenómeno que viene ganando fuerza en Europa y que los movimientos nacionalistas populistas están aprovechando para crecer. Es el rechazo a las restricciones a quienes no quieran vacunarse. Los críticos de las políticas como el pasaporte COVID acusan que los gobiernos están imponiendo medidas autoritarias, casi dictatoriales. Y estas posiciones están haciendo eco en las sociedades europeas. En algunos países las restricciones son duras: en Francia, por ejemplo, no vacunarse puede implicar la pérdida del empleo.

En los últimos meses se produjo en Europa un fuerte ascenso de la curva epidémica de la mano de la variante delta. La causa del rebrote es que un porcentaje elevado de la población aún no se ha vacunado. ¿Faltan vacunas? Al contrario, sobran. Hasta las exportan. El problema son los llamados antivacunas, que se niegan a inocularse. A pesar de ser una minoría, no ponen solo en riesgo su salud, sino que facilitan la propagación del virus y también las mutaciones y el surgimiento de nuevas variantes. La prueba más evidente es la aparición de la variante ómicron en el sur de África, que volvió a encender las luces de alerta en todo el mundo este fin de semana. La diferencia, sin embargo, es que el bajo nivel de vacunación en esta parte del mundo sí se debe a la falta de vacunas. Una muestra del impacto global que tiene fracaso de los programas de cooperación internacional para llevar más dosis hacia las zonas más postergadas del planeta.

Los próximos meses pueden ser críticos para la pandemia. “Para el 1 de febrero puede morir otro medio millón de personas en Europa”, advierte el director regional de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Hans Kluge, en una entrevista con El País. Kungle plantea como necesario volver a imponer el uso de los tapabocas. Es importante aclarar que la OMS no adhiere a la obligatoriedad de la vacunación contra la COVID-19 en ningún país, aunque sí defiende la importancia de la inmunización.

Frente a la amenaza de una nueva ola de contagios, los gobiernos europeos buscan aumentar el porcentaje de vacunados de distintas maneras, que van desde los incentivos. hasta las prohibiciones. Francia adoptó una de las posiciones más estrictas e impuso la obligatoriedad de la vacunación a todo el personal sanitario y de geriátricos. Quienes no lo hagan, perderán el empleo. Y también aumentó las restricciones para la vida social y la movilidad de quienes no estén inmunizados. Para controlarlo se exigirán certificado de vacunación para entrar en bares y restaurantes y para viajar en tren o avión.  El Ejecutivo griego sancionó normas tan duras como el francés.

La resistencia antivacunas

Las primeras marchas contra el pasaporte COVID fueron en Italia y Francia. En Italia, de hecho, las protestas se desvirtuaron y terminaron en la toma de la sede de CGIL, el principal sindicato del país, por parte de militantes de ultraderecha. En las últimas semanas hubo réplicas en Austria, Bélgica, Dinamarca y Países Bajos. En Dinamarca, cientos de personas protestaron contra la reinstauración de la exigencia del certificado de vacunación para asistir a lugares de ocio. La violencia está latente, como demuestra la protesta contra las restricciones del pasado 19 de noviembre en la ciudad holandesa de Rotterdam, que se transformó en la madrugada en un estallido de violencia y acabó con siete heridos y más de 50 detenidos.

El disparador de las protestas en Austria fue el anuncio de que el Gobierno está preparando una ley para hacer obligatoria la vacunación contra COVID-19 a partir de febrero próximo. En Austria solo el  65,9% de la población adulta está vacunada. El problema más persistente en Europa Occidental, de hecho, está en los países de habla alemana: Alemania, Austria y la región germanófona de Suiza tienen las tasas más bajas de vacunación, ya que solo el 75% de las personas mayores de 12 años recibió al menos una dosis. En comparación, en Francia e Italia es más del 90%. Y en Portugal casi no quedan personas sin vacunar.

Un caso especialmente importante es el de Alemania, la mayor economía de la Unión Europea y una de las que tiene menores avances en la vacunación. El gobierno está preocupados por la situación sanitaria, a tal punto que el ministro de Salud, Jens Spahn, no vaciló en decir: “Para fines de este invierno, todos en Alemania estarán vacunados, recuperados o muertos”. Por el momento el ejecutivo no avanzó en la imposición de la vacunación obligatoria. El ministro Spahn, sin embargo, adelantó que es una carta sobre la mesa: “La libertad significa asumir la responsabilidad y la sociedad tiene el deber de vacunarse”. Pero hay organizaciones del país que ya comenzaron a tomar medidas por su cuenta. Un ejemplo es el club de fútbol Bayern Múnich, de Baviera, que suspendió, sin goce de sueldo, a los cinco jugadores que no recibieron la vacuna contra el coronavirus.

Es difícil encontrar una sola respuesta para explicar la reticencia alemana a las vacunas. Hay motivos políticos, pero también culturales. “Existe cierta correlación con los partidos de extrema derecha, pero la razón principal es la confianza que la gente le tiene a la naturaleza”, señala al New York Times Patrick Franzoni, médico encargado de la campaña de vacunación en la provincia de Bolzano, que es fronteriza con Austria y Suiza. Franzoni explica que en la población de habla alemana hay una cultura que confía más en el aire puro, los productos orgánicos y los tés de hierbas que en los fármacos convencionales.

Pero no se trata solo la preferencia por un estilo de vida saludable y las medicinas alternativas. También existe un movimiento de base incentivado por intereses y pujas políticas, entre ellas un peligroso avance de la extrema derecha que ya había comenzado a cobrar fuerza antes de la pandemia.

En algunas partes de Europa, estar o no vacunado se convirtió en una forma de identidad política. Algo que también ocurre en EEUU y, con menor intensidad, en Brasil. En todos estos casos, detrás de las protestas hay organizaciones de derecha extrema o neofascistas que capitalizan el descontento.

En Argentina, hasta el momento, el rechazo a las vacunación es marginal. Hasta el momento, no es un problema del que tenga que ocuparse. Pero la evolución en el resto del mundo de este fenómeno puede provocar un efecto contagio al que hay que estar atentos. En especial si en los próximos meses llegara una nueva ola de casos al país.


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