Francisco
En la encíclica 'Fratelli tutti, el papa Francisco hace un llamado a la fraternidad y a la amistad social. / Prensa del Vaticano

La encíclica Fratelli tutti es un excelente compendio de las líneas principales del pontificado de Francisco. En particular, sobre algunos puntos medulares de incidencia social, cultural, política y económica. Para el Papa es claro que los presupuestos valorativos no existen para quedarse en el plano de las ideas; importan centralmente como una postura existencial que lleva a prácticas concretas, inmediatas y radicales. Esto no niega la necesidad de contar con un cuerpo de fundamentos últimos no relativos e insustituibles, pero advierte sobre el riesgo de quedarse en la teoría sin pasar a la práctica y que no solo sea una traición a las propias convicciones sino que termine tergiversando el sentido y el contenido de las mismas.

La insistencia pontificia por una vuelta a la centralidad de las fuentes, encuentro tres razones subyacentes que lo guían: revitalizar la fe, iluminar una humanidad líquida y fragmentada que parece haber perdido sus fundamentos, recordar en el farragoso océano de comunicación, informaciones y opiniones cuál es el centro y aporte neurálgico del cristianismo.

El mundo no adolece de datos y conectividades sino de cercanías reales, testimonios tangibles, apoyos significativos. Esto es aplicable a la época y sus hombres en general, de la cual es parte y no escapa la propia Iglesia. El Papa muestra una doble obsesión (permítase la hipérbole): identificar lo central y poner esa centralidad por obra, como prueba —en este mundo abrumado y escéptico— del eje predicado. Es quid del cristianismo un Dios que es amor, no abstracto sino encarnado, misericordioso, que levanta al caído, cuya fuerza actúa en la debilidad, que valora toda la creación y que no hace acepción de personas. La primacía de la caridad ilumina el entendimiento y la acción. Los miembros de la Iglesia deben envolverse en la misericordia como una constante, la pulsión por la justicia, el llamado a la solidaridad, y ese logos se expresará en el amor a todo y a todos.

Jorge Mario Bergoglio fue consciente desde el inicio de la necesidad de ir al núcleo y graficarlo, en una sociedad marcada por la imagen antes que por el discurso. Así se expresa desde el vamos en la elección del nombre para su pontificado, Francisco, en referencia al santo de Asís. Fue un nombre cargado de simbolismo, acorde con las líneas maestras de lo que será su pastoreo. Un nombre que nunca había sido utilizado hasta el momento por un pontífice. Sin apartarse un ápice de la comunidad de fe que lo cobija, marcó la necesidad de una audaz y profunda renovación.

La figura del santo de Asís refresca, identifica y sistematiza los ejes del pontificado de Francisco. Primero, la reparación de una Iglesia que ha perdido fuerza y está herida por escándalos, propios del apartarse a la fidelidad debida al centro del mensaje cristiano, a la contundencia de su espíritu y misión. Segundo, la revalorización de la austeridad como base efectiva para una existencia liberada de las ataduras materiales —en un mundo profundamente materialista—. El corrimiento de la riqueza como valor permite recordar que cada persona humana vale por sí misma, de manera absoluta y sin distinción por categorías, y enfatiza la prelación del más desprotegido. De aquí se derivan sus constantes llamados a la atención prioritaria y urgente de las periferias existenciales: los últimos, los descartados, los pobres, los presos, los refugiados, los migrantes. De allí también se comprende —en sintonía con il poverello d’Assisi— su prédica por el diálogo, por el encuentro, por la paz mundial: la fraternidad, propia de hermanos sin distinciones, tiene alcance universal. Y, por último, alaba la obra de la creación e insta a cuidar la naturaleza, todo lo creado: la casa común, que también requiere restauración.

Las líneas centrales de la encíclica

Es en este marco que repaso la encíclica de Francisco expongo lo que me interpela de la misma como dirigente político y espero pueda servir para aprehender el mensaje del Papa. Más que en clave de bóveda, como estímulo para ir a la fuente y apreciar el necesario y acertado discurso pontificio que algunos descartan con prejuicios superficiales o ideológicos (tal vez ambos terminen siendo lo mismo), sin abrirse y darse la posibilidad de meditar y preguntarse sobre las responsabilidades y auxilios que debemos prestar ante realidades duras de sufrimiento, marginalidad, injusticia u olvido

Fratelli tutti es un llamado a la fraternidad y la amistad social: el signo de los tiempos está dado por la unidad, el deseo del espíritu, el anhelo profundo de los pueblos y la posibilidad real por las disponibilidades técnicas, a pesar de la constante incitación y profundización de las grietas, los muros, las divisiones, las agresiones, las indiferencias que surgen de soberbias minorías encaramadas a significativas e influyentes instancias de poder. 

La hermandad tiene un fundamento profundo sobre el que se asientan las exigencias enfatizadas por el Papa: la intrínseca dignidad de toda persona humana. Cuando este principio se hace carne y no queda en letra muerta, dándole la entidad ontológica y práctica que merece, el resto de las opciones y prioridades se acomodan con nuevo peso y relación. La fraternidad no sólo encuentra un sentido y una fuerza renovada cuando parte de esta base, sino que complementa y ordena los términos de libertad e igualdad. De aquí surge la importancia de un diálogo sincero, del tendido de puentes y encuentro entre las distintas identidades, de una paz que se contraponga a la cultura de la exacerbación de los enfrentamientos, las diferencias y los conflictos. Dicho principio es tan fuerte que impregna todo análisis y actuación, personal y sociopolítico, supera las limitaciones ideológicas y abre la mente y el corazón para el compromiso y el involucramiento generoso y constructivo en lo público y comunitario.

A nadie le corresponde menos si es que sostenemos en serio la igualdad. Nadie debe quedar postergado o excluido de esa dignidad intrínseca propia de cada hombre y mujer, igual para todos. No es una mera teoría sin consecuencias. Su menoscabo no puede esperar, justificarse ni ignorarse: ¿cómo demorar u obviar la opción preferencial por los pobres, la atención del desvalido, la defensa de quienes no tienen poder, la denuncia frente a toda marginación, la inmoralidad del desprecio y de la cultura del descarte?

No podrá aceptarse ningún abuso, no solo hacia el ser humano sino también hacia la naturaleza, la casa común que a todos pertenece, que nadie puede usufructuar con un consumismo egoísta que perjudica al resto. La encíclica recuerda el destino universal de los bienes de la tierra, y es en esa lógica que se sostiene la función social de la propiedad y sus límites. La concentración económica y la brecha e inequidad social es peligrosa e inadmisible, más cuando encontramos hermanos y pueblos sin un desarrollo suficiente y justo que garantice esa dignidad innegociable que tiene cada ser humano.

Francisco propugna un desarrollo integral donde no cabe justificación para un salvaje capitalismo financiero que maximiza las ganancias como un fin en sí mismo ni un estatismo demagógico que ahoga los derechos humanos fundamentales. Ambos opciones dan la espalda y hunden a los pueblos.

Así como no puede servirse a Dios y al dinero, la disyuntiva es el servicio al pueblo o al poder concentrado y elitista. Por ello es importante que quien se involucre en la conducción sociopolítica esté libre de compromisos y ataduras materiales, dispuesto a buscar un estilo de vida austero, sincero y honesto. Un sistema o una dirigencia basada en acaparar los recursos, indiferente a las desigualdades, indolente frente al marginal y que desprecia lo popular requiere la postulación e implantación de otro esquema de ordenamiento y convivencia, llevado adelante por quienes provengan de los sectores postergados y vulnerados o se encuentren identificados o cercanos a su cultura.

No podemos ceder ante superestructuras de poder desacopladas de vinculación y sentido popular, incluso cuando se escuden tras pantallas institucionales respetables pero alejadas de un ethos impregnado de servicio al pueblo. La política vivida como amor imperado define una nobilísima vocación y labor. La misma debe evitar encorsetamientos ideológicos y el ser funcional a la concupiscencia del poder: de aquí las prevenciones frente a liberalismos individualistas y falsos progresismos desarraigados que promueven un mezquino sálvese quien pueda y acompañan al capitalismo financiero, y ante populismos demagógicos que traicionan el sentir popular y no se fundan en los valores y el crecimiento del pueblo. La buena política construye comunidades y la generación del tejido social requiere de trabajo digno para todos.

El cambio que se requiere no se promueve desde la violencia, por la violación a las dignidades humanas y las escaladas destructivas que la misma implica, pero descartar el camino del odio no puede derivar en justificación y mantenimiento de un inicuo statu quo. La justicia respeta a las víctimas y previene nuevos crímenes, y por eso el perdón no prescinde de ella ni es sinónimo de olvido —en el válido intento de evitar que las iniquidades o tragedias vuelvan a repetirse—, pero excluye el odio y el círculo vicioso de la venganza.

En ese servir a la comunidad se valora el terruño: la apertura al mundo se realiza sin negar ni borrar la singular historia y tradiciones. Bien fundada, aprecia y parte de las identidades propias pero se abre a los demás: lo local, vía la región, puede enriquecerse con la pluralidad universal.

La preocupación de un político no debe ser su imagen sino su legado, que incluye siembras que otros cosecharán. 


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