Frondizi
Arturo Frondizi vota en las elecciones legislativas de 1960. / Archivo General de la Nación

Este miércoles se cumple un nuevo aniversario del triunfo electoral de la Unión Cívica Radical Intransigente (UCRI) en 1958, que llevó a Arturo Frondizi a la Presidencia de la  Nación. Una fecha en la que se conformó una gran alianza política para enfrentar los problemas más agudos y crónicos de Argentina. No hablaré del gobierno, que se defiende solo y cuyas  grandes realizaciones recordamos cada vez que es posible y necesario. Voy a enfocarme en la idea misma del frente porque considero que echa luz sobre el proceso político actual.

El frente nacional era la expresión de una alianza de clases y sectores que —a pesar de las grandes diferencias entre sí— se correspondía con la necesidad de asegurar el basamento político, social y cultural de la nación. El objetivo del frente era promover inversiones en áreas claves y multiplicadoras, que impulsaran la expansión y la transformación productiva a todas las regiones del país. Era la ecuación política que permitía aplicar aquella política revolucionaria mediante la creación de un bloque de fuerzas concurrentes que la sostuviera e impulsara.

La coalición, efectivizada en el acuerdo Perón-Frondizi que resultó de las gestiones de Rogelio Frigerio en Caracas, tenía un contenido programático sólido, pero al mismo tiempo prestaba atención a los componentes sociales que serían los protagonistas: los trabajadores, que verían ampliadas sus oportunidades y encontrarían allí la perspectiva de un incremento sustancial y constante de sus salarios reales, tanto por el aumento de la productividad como por la tendencia al pleno empleo; los empresarios, que podrían ampliar sus iniciativas a terrenos que hasta entonces no existían o funcionaban raquíticamente, condicionados por los insumos importados y limitados por la dieta eléctrica; a los profesionales, docentes, intelectuales, que encontrarían un fecundo terreno de acción y creatividad. En fin, a toda la sociedad, sin exclusiones avanzando para realizar sus más legítimas aspiraciones. Sin olvidar a los militares, atravesados por duros conflictos internos.

Las Fuerzas Armadas estaban corroídas por la simultánea y sistemática prédica anticomunista y antiperonista, que se unificaban —sin advertir su profunda contradicción— en la agitación golpista de acoso al Gobierno de Frondizi y el apoyo por debajo de la mesa de los servicios de información a los deslices terroristas en que incurrían algunos trasnochados de una pertinaz resistencia. Es decir, sectores afines al peronismo que, en su sectarismo, no entendieron que la unidad de la clase obrera estaba asegurada por el cese de las intervenciones a los gremios y la ley que establecía una sola central obrera y un sindicato por rama de producción.

Un párrafo merece también la actitud expectante de la jerarquía católica que, afectada también por el veneno antiperonista, miraba distante los conflictos sin contribuir decididamente a la paz social. Esta actitud recién cambió cuando se dictó la ley que autorizaba a las universidades privadas otorgar títulos oficiales, la tan denostada y finalmente admitida enseñanza libre. A pesar de la insidiosa interpretación de que este paso necesario para modernizar la educación universitaria y técnica era una mera concesión a la Iglesia, fueron muchas más las iniciativas laicas de creación de universidades privadas que las confesionales.

 Del contrafrente a la bicoalición conservadora

La instantánea pero no espontánea coalición que se armó en contra del emprendimiento integracionista encabezad por Frondizi, para impedir que se llevara a cabo el más nítido proyecto de desarrollo nacional que se formulara durante el siglo XX en la Argentina —»acelerado y prioritario», como hemos repetido como loros durante décadas— merece un agudo análisis histórico crítico y pormenorizado, porque tiene una especificidad acorde con la importancia del programa en marcha pero desde luego en sentido contrario. Ante la perspectiva del cambio estructural, no quedó nadie comprometido con el statu quo que no se sumara entusiasta o cínicamente para impedirlo.

No todos los radicales, no todos los socialistas, democristianos o comunistas, no todos los conservadores y desde luego no todos los peronistas se sumaron a ese contrafrente, pero la mayoría de las expresiones políticas con sus dirigencias enmohecidas expresaron claramente —con los argumentos más diversos y hasta disparatados— que no estaban de acuerdo en emprender esos cambios que amenazaban su hegemonía y que recurrirían a cualquier procedimiento para impedirlo, usando la fuerza más fácilmente como primer que como último recurso.

Esto sigue siendo un extraordinario enigma histórico que no es ocioso repensar hoy, en 2022, cuando es evidente que la disputa política no está centrada en las opciones de expansión e inclusión sino que se ejerce en un espacio ajeno a los reclamos y aspiraciones sociales más legítimas y profundas de la sociedad argentina.

Unidos por la grieta, los personeros de la bicoalición conservadora que nos mantiene políticamente estancados, buscan a diario una forma nueva de eludir sus responsabilidades. Lo que hoy se expresa como desinterés y antipolítica en la comunidad nacional espera un cauce más constructivo para consolidarse.


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