Invertir en primera infancia nos hace más nación

La inversión pública en primera infancia fue en 2017 de 7,7% del PBI, mientras que el pago de jubilaciones fue 4% superior. ¿Se debe definanciar a uno para sostener al otro?

infancia
La sala de un jardín de infantes en Argentina.

La infancia, al igual que la adolescencia, es una etapa crucial en el desarrollo de las personas. Durante los primeros 1.000 días de vida se desarrollan el 40% de las capacidades cognitivas, motrices y emocionales de una persona. ¿Se refleja esta importancia en las políticas públicas?

La inversión pública en políticas de primera infancia fue en 2017 de 7,7% del PBI, mientras que el pago de jubilaciones y pensiones fue cuatro puntos porcentuales superior, según un informe de CIPPEC publicado en 2019. ¿Se debe desfinanciar a uno para financiar otro? Sinceramente no lo sé, pero es un debate que vale la pena dar.

El mismo estudio de CIPPEC da cuenta de que actualmente hay más gente independiente que dependiente —más personas en edad de trabajar que niños y adultos mayores—, una situación ventajosa que abre una importante oportunidad demográfica. Sin embargo, es preciso actuar ya: se calcula que la situación se va a revertir en 20 años, como consecuencia del aumento de la expectativa de vida y la baja de fertilidad en las clases más pudientes. Los especialistas dicen que veinte son los años que se necesitan para educar a una persona. Y que cada peso invertido en primera infancia tiene mayores retornos que los que se invierten en etapas posteriores de la vida.

Leí hace ya unos días una pregunta simple pero profunda, que me quedó resonando: ¿Qué nos hace más nación? A Frondizi y a Frigerio les gustaba hacer esa pregunta ante cada dilema. Y estamos ante un dilema. El objetivo principal, señalaban los padres del desarrollismo, era construir la nación. Con esa pregunta en la cabeza, llegué a la conclusión de que invertir en primera infancia es un objetivo primordial para construir la nación. Por todo lo anterior, considero que invertir en primera infancia nos hace más nación.

Desigualdad educativa

El sistema educativo argentino refuerza la desigualdad, explicó Alieto Guadagni en su exposición en la Usina Desarrollista. Menor educación es mayor desocupación, destacó el especialista. A finales de 2019, el 41% de los desocupados no había terminado el colegio, según el INDEC.

El economista Luciano Pizarro se quejó, y con razón, que no se puede apostar realmente por las economías del conocimiento sin educación. En Argentina, por cada ingeniero hay diez estudiantes de ciencias blandas, subrayó Pizarro en la Usina Desarrollista.

La pobreza no sólo genera desigualdad en la educación, sino que también tiene como principal víctima a la primera infancia, como muestra un informe de Argentinos por la Educación. La asistencia a nivel inicial está vinculada a un mejor desempeño de los estudiantes en lengua y matemática, según los datos de la prueba Aprender 2016. Los resultados de la prueba Aprender 2016 muestran el punto: el 46,9% de los chicos que obtuviero un nivel bajo o menor en las pruebas de lengua para alumnos de sexto grado del primario corresponde a los que no fueron al jardín. El número baja al 32,2% entre los que fueron al jardín antes de los cuatro años. En matemáticas, los chicos que no fueron al jardín y obtuvieron un desempeño bajo o menor, equivale al 50,3%. Los resultados no mejoran en el segundario. Los que no fueron al jardín siguen siendo los más perjudicados: son el 64,9% de los alumnos que obtuvieron un desempeño bajo o menor, y el 84,5% de los que tuvieron el peror desempeño en matemáticas.

Bangladesh, ¿un ejemplo?

Uno puede hacer la comparación que quiera. Sobre este tema, elijo comparar a Argentina con Bangladesh. Me encantaría tomar otro país como referencia, pero Bangladesh es un buen espejo, mal que nos pese. ¿En que nos podemos comparar con el país que durante años fue catalogado por la ONU como el menos desarrollado del mundo? O, mejor dicho: ¿qué podemos aprender de ellos?

Bangladesh estuvo agobiado durante años por la inestabilidad política, la corrupción, la hambruna y la pobreza. Pero algo cambió en la última década. Antes de que el COVID-19 irrumpiera en nuestras vidas, según el Banco de Desarrollo Asiatico, Bangladesh iba a crecer a tasas del 8% anual. Como referencia, la proyección para China era una tasa de crecimiento del 5,9%. Bangladesh tenia en 2010 una pobreza del 73,5%. El país asiático cerró en 2018 con una pobreza del 10,4%. ¿Cómo hizo? Apostó por la educación y por la salud del bien más valioso que tenían: las personas.

Junto con inversionistas extranjeros que confiaron en un país con ganas de crecer y la ayuda de las ONG para llegar a todos, bajaron los índices de mortalidad infantil y garantizaron el acceso a la educación primaria. Si Bangladesh pudo,  ¿por qué nosotros no? La respuesta, quizás la más fácil pero real, es la falta de voluntad de los gobiernos.


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