La integración argentina en clave 2020

La debilidad institucionalidad, la inexistencia de una moneda nacional y la incapacidad de generar acuerdos fundamentales son síntomas de la desintegración nacional

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Cartoneros en Plaza de Mayo, Ciudad de Buenos Aires. / REUTERS

Del pensamiento que inauguraron Arturo Frondizi y Rogelio Frigerio en la década del 50, el concepto de desarrollo cobró un significado comprendido y aceptado por todos los argentinos. Hoy es una bandera que casi todas las corrientes políticas abrazan y levantan como propias, a veces sin reparar siquiera si sus dirigentes tienen las manos limpias para hacerlo. Es que a medida que el estancamiento económico, el deterioro de los indicadores sociales y educativos se hacían escandaloso, ¿cómo no intentar adueñarse del ansiado desarrollo nacional y hacerlo propio? Es así como, al decir de Félix Luna, el desarrollo “devino canción”. Un pensamiento que, como el de justicia social, penetró en la cultura popular que es repetida, aceptada y entonada por todos, sin reparo alguno.

Vale la pena, sin embargo, preguntarse por qué los hombres que rodearon a Frondizi en la década del 50 denominaron a su partido Movimiento de Integración y Desarrollo. Es la intención de estas líneas resignificar el concepto de integración a la luz de un  momento histórico como el actual, que  lo potencia hasta el punto de transformarlo en condición necesaria del  siempre pregonado, y hasta hoy no conseguido, desarrollo nacional.

Es que sin integración no habrá desarrollo.

El espejo de las señales de desintegración

Hay señales de la desintegración nacional que se vienen revelando de manera creciente desde ya hace demasiado tiempo. Son tan comunes y corrientes que acaban por hacerse costumbre: son habituales, imperceptibles, casi cotidianas. Tan normales que pasan desapercibidas y se acumulan en la mochila de la decepción de todos los argentinos, en el separador del “esto no tiene arreglo” o el “estamos condenados”.

¿Ejemplos? Doy solo cinco.

Respeto por la institucionalidad: la división republicana de poderes es una valla invisible y o respetada. Las reformas propuestas, jamás basadas en consensos, persiguen objetivos diferentes a los explicitados. La impunidad crece a la misma velocidad que el descreimiento en la palabra de los dirigentes. Los vericuetos de los juzgados y los recursos ante la Justicia tejen una telaraña sobre el estante donde duerme la Constitución Nacional.

Ejemplaridad de los dirigentes: desde San Martin y Belgrano los argentinos evocan un estilo de liderazgo basado en el ejemplo. El caso de hombres que supieron encarnar los valores y dar testimonio de ellos. Este ejemplo, que Malvinas resucitó, parece hoy olvidado. Lo que hoy se afirma, mañana se niega. Los sacrificios son para los otros. Para los nuestros los resultados y la comodidad. Las leyes se sancionan para eximir a los propios, concediendo beneficios insólitos. Moraleja: se abren los casinos y se cierran las escuelas. Es que el poder debe ejercerse para servir y no para ser servido. ¿Qué parte de la historia nacional no fue comprendida aún?

La existencia de una moneda nacional: detrás de la supuesta preocupación por la baja del índice de inflación se esconde sin disimulo y sin vergüenza alguna, la triste evidencia de que desde hace décadas Argentina carece de moneda. El supuesto carácter bimonetario atribuido a su economía es, en realidad, la aceptación lisa y llana de la incapacidad por encarar, en un programa de largo plazo, una recomposición del valor y respeto de los ciudadanos por la moneda del país en el que viven y trabajan. Mientras países como Israel pudieron en menos de una generación encarar un proyecto exitoso de valorización de su moneda naciona, Argentina continúa empantanada en una realidad donde gasta exageradamente y cobrar impuestos que, además de insuficientes, son impagables. Eso sí, en pesos para pagar deudas  en dólares. Otra moraleja: los ciudadanos corren a salvaguardar sus ahorros en activos en el exterior.  

Imposibilidad de acuerdos fundamentales: las opiniones de los economistas de las diferentes líneas aceptan la necesidad de establecer políticas de largo plazo para contener los efectos calamitosos de las marchas y contramarchas que Argentina sufre periódicamente. A la hora de preguntarse acerca de la posibilidad de ocurrencia de tales acuerdos, sin embargo, los hombros se encogen y las miradas hacia el costado abundan. Los que prometieron consensos, practican autoritarismos. Vociferan el valor de las mayorías, como si ignoraran que los peores poderes hegemónicos de la historia se montaron en su nombre. Los que deberían ser convocados, callan, admitiendo con su silencio el temor a perder los beneficios conquistados o concedidos por el poder de turno.  ¿Imaginan a San Martin en Mendoza diciendo: “mejor dejemos las cosas como están, no sea cosa que pierda mi gobernación”?

La protección de los derechos fundamentales: la usurpación de tierras públicas o privadas, la ocupación de propiedades urbanas, la destrucción de silos, cuando no la aparición de actos de violencia basados en reclamaciones en nombre de supuestas nacionalidades aborígenes, niegan la existencia misma y la razón de ser del Estado nacional. La violencia ejercida sobre la vida y los bienes de los ciudadanos, la indiferencia, cuando no la complicidad de sectores de las fuerzas de seguridad y de la Justicia termina por definir un cuadro de situación cuyas tendencias deben preocupar y reclaman solución inmediata. Si esto no es un síntoma de desintegración, ¿qué es?

El significado de la integración en Argentina 2020

En los años que se viven, la suma de errores forzados y no forzados de los Gobiernos, sumados a las pretensiones hegemónicas indisimuladas de algunos dirigentes, los puntos anteriores la aproximan a la aterradora evidencia  de la desintegración nacional. Dejo atrás el mero concepto territorial que una minoría intelectual le atribuyó inicialmente: frente a esta imagen es donde cobra su real sentido hoy el concepto de integración.

Desde lo abismal y abominable del precipicio al que parece correr la sociedad argentina con los ojos cerrados, cobra sentido aquella apelación de los años 50. Esta es hoy el orden de los factores: es integración para el desarrollo.

Solo podrá haber desarrollo si los argentinos logran emprender juntos el camino hacia su integración definitiva.


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