La crisis frutícola de Río Negro y Neuquén

En los últimos 12 años, la superficie destinada a peras y manzanas cayó a menos de la mitad, al igual que el empleo y la exportación del sector

frutícola
Un trabajador en la cosecha de manzanas en la zona de Guerricó, Río Negro. / ANDRES MARIPE (rionegro.com.ar)

Las estadísticas del sector frutícola de Río Negro y Neuquén son alarmantes. En los últimos 12 años, la superficie destinada a la producción de peras y manzanas cayó de 46.000 hectáreas a 20.000 hectáreas. Menos de la mitad. En el mismo periodo, el sector pasó de ocupar a 100.000 trabajadores en forma directa o indirecta, a dar empleo a solo 40.000. Las exportacionces de esta economía regional se desplomaron de 1.000 millones de dólares a 350 millones. Estamos ante la desaparición de gran parte de los actores y capitales invertidos en el sector. Los que quedan enfrentan una gran incertidumbre en la coyuntura y no saben cómo van a llegar a la próxima cosecha.

El productor frutícola independiente casi ha desaparecido. El sector formado por aquellos productores que venden fruta directa desde su chacra en bins [cajones] fue alguna vez el principal actor de esta economía regional, pero hace 35 años que viene en decadencia. Solo quedan unos 600 productores, en situación grave, de los casi 8.000 que éramos. Y si estos pocos no reciben ayuda urgente para encontrar una forma de integración vertical, ya sea por agrupación o agricultura por contrato de las estructuras existentes, corren un serio riesgo de desaparición.

Los productores semiintegrados también atraviesan una crisis de 15 años. Este sector está formado por aquellos que no completan el ciclo desde la producción hasta los canales de venta final y entregan la fruta ya embalada a otras estructuras para que la comercialicen. Estos productores necesitan imperiosamente de un apoyo para completar este ciclo y mejorar la rentabilidad.

Como consecuencia de esta crisis, los productores integrados han quedado casi solos en el mercado. Y muy concentrados. Son los que completan el ciclo desde la producción hasta al comercialización y venden la fruta empacada y con sus marcas en los mercados nacionales e internacionales. Actualmente también están con dificultades, por la incertidumbre y la falta de rentabilidad temporaria, pero lo que necesitan para desarrollarse son reglas juego claras, estables y favorables para una economía con alto valor agregado.

La cadena de valor frutícola había llegado a exportar el 70% de su producción, antes de caer en esta situación de deseconomía que atraviesa en las últimas décadas y que afectó en modo diferente a los tres sectores que la conforman.

Si los productores integrados tienen, por periodos, dificultades serias para sostenerse, ¿qué esperanzas quedan para el resto de los productores? En muy poco tiempo, si no se emprenden cambios profundos, encontraremos una agricultura mucho más chica y concentrada.

Propuestas para el cambio estructural

La falta de integración, competitividad y rentabilidad del sector está ocasionada, principalmente, por la falta de estabilidad económica del país y la provincia. Pero también por de la ausencia de políticas estatales estructurales dirigidas a la producción y al acondicionamiento e industrialización de esta economía regional. La consecuencia de la desaparición de productores y capitales es un atraso tecnológico que hacía años no se veía.

Ante esta complicada situación hacen falta cambios estructurales. En el futuro inmediato y en el mediano plazo aparecerán oportunidades para el sector frutícola que no deberían perderse. Para ello hacen falta políticas que impulsen el desarrollo productivo sostenido y deben evitarse los errores del pasado.

En primer lugar, la economía regional no debe depender de un solo cultivo, como fueron los frutales de pepita [pera y manzana]. Por eso, el Estado debe fomentar la diversificación productiva de sectores como la horticultura, la ganadería, los frutos secos o la forestación. Y la máxima industrialización, para el agragado de valor en el lugar.

En segundo lugar, debe respetarse la caracterización de los suelos en las parcelas a considerar en su implantación. Es necesario un mapa de suelos, que indique cuáles son aptos para cada tipo de cultivo y, así, incentivarlos en algunas zonas y desalentarlos en otras. Muchas plantaciones de frutales de pepita y carozo fracasaron por no estar en suelos acordes a sus requerimientos.

El desarrollo de la economía regional debe basarse en los avances científicos y tecnológicos que ya están disponibles, tanto en la región como en el país, y se debe capacitar a los dirigentes sectoriales para transferir este conocimiento y difundir una visión global del negocio.

El sector frutícola existente no debe dejarse de lado. Aunque la tendencia es hacia la desaparición, con los cambios necesarios puede recuperar la competitividad. No es fácil disminuir los costos de la producción primaria sin la incorporación masiva de tecnología, como sistemas de riego presurizados, sistemas contra heladas, mallas antigranizo, maquinas Darwin para raleo, entre otras. En el acondicionamiento hay mucho para mejorar, igual que en la comercialización, que debe abrirse y fortalecer mercados.

El rol del Estado y las economías regionales

Para que todo lo anterior se materialice,  debe existir una fuerte presencia del Estado nacional y provincial. Este último con el doble papel: diseñar y aplicar  políticas activas a los distintos sectores y ser un fuerte esclarecedor y controlador de lo que debe obtenerse del gobierno nacional, que no es poco, coordinando con los ejidos municipales las políticas a desarrollar in situ. Esto no significa restar importancia al sector privado, que es el único emprendedor del desarrollo productivo e industrial, destinatario final de estas políticas.

Una economía regional es tenida en cuenta a nivel nacional cuando, por cuando la magnitud de su influencia (positiva o negativa), es relevante para el país. Por eso se debe apuntar a la unión de todas las economías regionales productivas del país para reclamar  políticas estables y permanentes.

Para dejar de caer, el país debe sentar sus bases en la producción, el agregado de valor y las exportaciones. Elemenos donde las economías regionales pueden hacer un aporte fundamental. A mi juicio, se avecina una nueva etapa que será muy promisoria para las economías regionales. Claro, los gobiernos deben estar a la altura de las circunstancias.

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